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TE DEUM DE ACCIÓN DE GRACIAS AL
FINAL DEL AÑO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Iglesia "del Gesù" , Roma
Miércoles 31 de diciembre de 1980
1. "Hijos míos, es la última hora" (1 Jn 2, 18).
Escuchamos estas palabras al comienzo de la primera lectura, tomada de la Carta
de San Juan, y pensamos: ¡Qué actuales son! ¡Cómo convergen con lo que todos
nosotros vivimos hoy, 31 de diciembre! El último día del año, la última hora, y
aunque esta hora en que nos encontramos, de acuerdo con la tradición romana, en
la iglesia "del Gesü" no es todavía literalmente la última, en todo caso está
muy cercana a la hora que, como realmente "última", cerrará el año 1980.
Y aun cuando se trate solamente de un cambio de fecha en el calendario,
del hecho de que después de la media noche el año 1980 dejará el puesto al año
1981, sin embargo, no podemos separar este acontecimiento de todo lo que hay
en nosotros y en torno a nosotros. El último día del año, que está para
terminar, nos sitúa de modo particular ante la evidencia del "pasar": "pasa la
apariencia de este mundo" (1 Cor 7, 31) y pasa, en este mundo, el hombre.
Pensamos ahora en todos los hombres, para los que el año 1980 ha sido la
última fecha en la historia de su vida sobre la tierra, es decir, ha sido la
fecha de su muerte. Al mismo tiempo, pensamos en los diversos acontecimientos
que han pasado, en este período, a través de Italia, de los otros países del
continente europeo, de mi patria, Polonia, a través de todos los continentes del
globo. Los acontecimientos que han impresionado profundamente a la opinión
pública, que han suscitado el desaliento y tal vez otras veces la esperanza. Los
acontecimientos que han tenido su fin, o bien perduran en sus consecuencias,
constituyendo un desafío, poniendo ante los hombres nuevas tareas.
Aparte de todo lo demás, baste recordar ese terrible acto de violencia que fue
la destrucción de la estación de Bolonia, o el terremoto que ha devastado a
Italia Meridional...
Serta difícil recordar todo.
Es, pues, "la última hora". Sabemos que todos esos acontecimientos pasarán a la
historia con la fecha de 1980. Sabemos que, juntamente con esta fecha, ellos
quedarán encerrados en los límites del pasado del hombre y del mundo.
El día de hoy constituye ciertamente un término. Es el día de una cierta
conclusión. Y todos nosotros lo vivimos de este modo.
2. Y deseamos vivirlo así nosotros los que estamos reunidos aquí, en la iglesia
"del Gesù", para participar en la liturgia eucarística, en el Sacrificio de
Cristo, que es, al mismo tiempo, "nuestro" sacrificio y nos permite expresar
ante Dios del modo más pleno lo que, en este día, nuestro corazón y nuestra
conciencia tienen necesidad de manifestar.
En la liturgia eucarística podemos expresar a Dios, del modo más pleno,
nuestra acción de gracias y pedir perdón. Efectivamente, tenemos en realidad de
qué dar gracias, pero tenemos también de qué pedir perdón.
Y por esto, que se conviertan en contenido particularmente vivo de nuestra
participación de hoy en la Santa Misa las palabras del prefacio: "En verdad es
justo y necesario, es nuestro deber... ¡darte gracias"! A Ti,
precisamente a Ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Darte gracias por toda la
riqueza del misterio del nacimiento de Dios, en cuya luz está pasando el año
viejo y nace el nuevo. Qué elocuente es que el día que humanamente habla, sobre
todo, del "pasar", con el contenido preciso de la liturgia de la Iglesia dé
testimonio del Nacimiento: del nacimiento de Dios en un cuerpo humano, y a
la vez, del hombre que nace de Dios: "A cuantos le recibieron dioles poder de
venir a ser hijos de Dios" (Jn I, 12).
Y juntamente con esta acción de gracias se conviertan en contenido particular de
nuestra participación en la Santa Misa de hoy todas las palabras de
propiciación, comenzando desde el "Confíteor" inicial, a través del "Kyrie
eleison", hasta el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" y hasta
nuestro "Señor, no soy digno...". Pongamos en estas palabras todo lo que viven
nuestras conciencias, lo que grava sobre ellas, lo que sólo Dios mismo puede
juzgar y perdonar. Y no rehuyamos de estar aquí hoy ante Dios con
conciencia de culpa, en la actitud del publicano del Evangelio.
Adoptemos esta actitud. Es precisamente la que corresponde a la verdad interior
del hombre. Ella trae la liberación. Ella, precisamente ella, se une con la
esperanza.
Sí. La esperanza del hombre y la esperanza del mundo contemporáneo, la
perspectiva del futuro realmente "mejor", más humano, dependen del "Confíteor" y
del "Kyrie eleison". Dependen de la conversión: de las muchas, muchas
conversiones humanas, que son capaces de transformar no sólo la vida personal
del hombre, sino la vida de los ambientes y de la sociedad entera: desde los
ambientes más pequeños, hasta los cada vez más grandes, abarcando incluso a toda
la familia humana.
3. Una cosa significativa: el día en que pensamos, ante todo, en el término, en
el fin —porque termina el año 1980—, la liturgia se orienta hacia las
expresiones que hablan del principio: "En el principio ya existía la Palabra, y
la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el
principio estaba junto a Dios" (Jn 1, 1-2).
El fin manda remontarse con el pensamiento al Principio. El final del año a su
comienzo. El término de la vida a su inicio. Sin embargo, el prólogo del
Evangelio de San Juan nos manda retornar a ese Principio, que es antes del
tiempo, antes del mundo, antes que todo lo que vive en este mundo y muere y
tiene un principio y un fin... Nos manda retornar al Principio de todo, que está
en Dios. En Dios mismo.
Precisamente, el Verbo: "Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se
hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz
de los hombres" (Jn 1, 3-4).
Y he aquí que ese Principio absoluto e incondicionado (no relativo y temporal)
de todo —proclama a continuación el Evangelista— se ha unido con el tiempo
del hombre. Con el pasar. Con su vida y con su muerte. "Y la Palabra se hizo
carne y acampó entre nosotros" (Jn 1, 14).
Desde ese momento tenemos que medir nuestro tiempo de otra manera. Comprender
y valorar de otro modo nuestra vida. Vivir de otro modo nuestro pasar: el
nacimiento y la muerte del hombre y de todo lo que es humano.
Nuestra existencia está arraigada no sólo en el mundo, que pasa, sino también en
el Verbo, que no pasa.
Y por esto, al final de este año, cuando escuchamos las palabras: "Estaba en el
mundo... y el mundo no la conoció" (Jn 1, 10), debemos preguntar: ¿Qué
hemos hecho para conocer mejor, en el año que está pasando, a este Verbo
que se hizo carne? ¿Qué hemos hecho para que, por medio de nosotros, los otros
le conocieran mejor? ¿Qué hemos hecho para que la vida humana encontrase su
forma plena y madura, la que le confiere el Verbo?
Escuchemos además: "Vino a su casa y los suyos no la recibieron" (Jn 1, 11).
Y nuevamente debemos preguntar: ¿La hemos recibido?, o más bien, ¿la hemos
apartado y rechazado? ¿Hemos introducido en la vida a esta Palabra que se hizo
carne por nosotros y por la salvación de todos los hombres? ¿Qué hemos hecho
para que los demás la acogiesen?
4. Terminemos aquí. Sí. Terminemos con esta pregunta. Con estas
pocas preguntas que cada uno de nosotros puede multiplicar en su corazón y en su
propia conciencia.
Terminemos de este modo el año 1980, que está pasando. Porque así le
abriremos de mejor manera hacia el futuro: hacia el futuro inmediato,
que comenzará dentro de pocas horas, y hacia el definitivo que está en Dios, en
Dios mismo.
El Verbo es el futuro definitivo del hombre y del mundo. Es este Verbo que en la
noche de Belén se hizo carne.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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