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MISA EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
XIV JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Jueves 1 de enero de 1981

 

1. "...al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer...". Son palabras de San Pablo, tomadas de la liturgia de hoy (Gál 4, 4).

"La plenitud de los tiempos...".

Estas palabras tienen hoy una particular elocuencia, puesto que nos es dado pronunciar por primera vez la nueva fecha, esto es, el nombre del nuevo año solar: 1981. Así sucede cada año el primer día de enero. Pasan los años, cambian las fechas, transcurre el tiempo. Con el tiempo pasa también toda la naturaleza, naciendo, desarrollándose, muriendo. Y pasa también el hombre; pero él pasa conscientemente. Tiene la conciencia de su pasar, la conciencia del tiempo. Con el metro del tiempo mide la historia del mundo y, sobre todo, la propia historia. No sólo los años, los decenios, los siglos, los milenios, sino también los días, las horas, los minutos, los segundos.

La liturgia de hoy nos dice con las palabras de San Pablo que el tiempo, que es el metro del pasar de los seres humanos en el mundo, está sometido también a otra medida, es decir, a la medida de la plenitud, que proviene de Dios: la plenitud del tiempo. Efectivamente, en el tiempo —en el tiempo humano, terreno—, Dios lleva a cumplimiento su proyecto eterno de amor. Mediante el amor de Dios, el tiempo está sometido a la eternidad y al Verbo.

El Verbo se hizo carne... en el tiempo.

Los años que pasan, que terminan el 31 de diciembre y comienzan de nuevo el 1 de enero, pasan en realidad confrontándose con esa plenitud, que proviene de Dios. Pasan frente a la eternidad y al Verbo. Cada año del calendario humano lleva, juntamente con el tiempo, una pequeña parte del "Kairós" divino. Cada uno comienza, dura y transcurre en relación a esa plenitud del tiempo que viene de Dios.

Es preciso darse cuenta de esto, de modo particular hoy, que es el primer día del año nuevo.

2. Qué fuerte y espléndidamente se capta esta realidad, cuando nos damos cuenta de que este primer día del año nuevo es, al mismo tiempo, el día de la octava de Navidad. El año nuevo nace en el esplendor del misterio en el que se ha revelado la "plenitud del tiempo".

"Dios envió a su Hijo, nacido de mujer".

Y precisamente hacia esa Mujer, hacia la Madre del Hijo de Dios, hacia la Theotokos se dirigen hoy, al comienzo del año nuevo, de modo especial, el pensamiento y el corazón de la Iglesia. María está presente durante toda la octava; sin embargo, la Iglesia desea venerarla particularmente hoy, con un día dedicado totalmente a Ella: la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.

A ella, pues, a la Maternidad admirable de la Virgen de Nazaret, ligada a la "plenitud de los tiempos", nos dirigimos mediante este comienzo del año, que coincide con el día de hoy.

Y recordamos que es el comienzo del año del Señor 1981, durante el cual resonarán con eco lejano en los siglos las fechas conmemorativas de los dos importantes Concilios de los primeros tiempos de la Iglesia, que permaneció una y única, a pesar de las primeras grandes herejías que surgieron. Efectivamente, en el año 381 tuvo lugar el primer Concilio de Constantinopla, que, después del Concilio de Nicea, fue el segundo Concilio Ecuménico de la Iglesia y al cual debemos el "Credo" que se recita constantemente en la liturgia. Una herencia particular de aquel Concilio es la doctrina sobre el Espíritu Santo proclamada así en la liturgia latina: Credo in Spiritum Sanctum Dominum et vivificantem, qui ex Patre Filioque procedit -—(la formulación de la teología oriental, en cambio, dice: qui a Patre per Filium procedit)—. Qui cum Patre et Filio simul adoratur et conglorificatur qui locutus est per prophetas.

Y, luego, el año 431 (hace 1550 años), se celebró el Concilio de Efeso, que confirmó, con inmensa alegría de los participantes, la fe de la Iglesia en la Maternidad Divina de María. Aquel que "nació de María Virgen", como hombre, es, al mismo tiempo, el verdadero Hijo de Dios, "de la misma naturaleza que el Padre". Aquella, de la cual "fue concebido por obra del Espíritu Santo" y que lo trajo al mundo la noche de Belén, es verdadera Madre de Dios: Theotokos.

Basta recitar con atención las palabras de nuestro Credo, para darse cuenta de cuán profundamente estos dos Concilios, que recordaremos en el curso del año 1981, están orgánicamente ligados el uno al otro con la profundidad del misterio divino y humano. Sobre este misterio se construye la fe de la Iglesia.

3. El primer día del año deseamos leer de nuevo en la profundidad de ese misterio el mensaje de la paz, que, de una vez para siempre, se reveló en la noche de Belén: ¡Paz a los hombres de buena voluntad! ¡Paz en la tierra!, he aquí lo que el misterio del nacimiento de Dios quiere decirnos cada año y lo que la Iglesia pone de relieve también hoy, primer día del año nuevo.

"Dios envió a su Hijo, nacido de mujer..." para que nosotros podamos recibir la filiación adoptiva.

"Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo..." (Gál 4, 6-7).

Toda la humanidad desea ardientemente la paz y ve la guerra como el peligro más grande en su existencia terrena. La Iglesia se halla totalmente presente en estos deseos y, al mismo tiempo, en los miedos y en las preocupaciones que agobian a todos los hombres, manifestando estos sentimientos, de modo particular, el primer día del año nuevo.

¿Qué es la paz? ¿Qué puede ser la paz en la tierra, la paz entre los hombres y los pueblos, sino el fruto de la fraternidad, que se manifieste más fuerte que lo que divide y contrapone recíprocamente a los hombres? De esta fraternidad habla precisamente San Pablo, cuando escribe a los Gálatas: "Vosotros sois hijos". Y si hijos —los hijos de Dios en Cristo— entonces, también hermanos.

Y a continuación escribe: "Así que ya no eres esclavo, sino hijo". En este contexto se inserta el tema del mensaje elegido para la Jornada de la Paz del primero de enero de 1981. Dice: "Para servir a la paz, respeta la libertad".

4. ¡Sí! Debemos apelar a la fraternidad, queridos hermanos y hermanas, si queremos superar los monstruosos mecanismos que, en la vida y en el desarrollo de las potencias del mundo contemporáneo, trabajan en favor de la guerra.

Es necesario que nosotros consideremos a la humanidad como una única gran familia, en la cual todas las clases de personas deben ser reconocidas y acogidas como hermanos. En los umbrales de un nuevo año, dirijamos de modo especial maestro pensamiento y nuestra solicitud a aquellos, entre estos hermanos, que se hallan en particulares situaciones de necesidad y esperan que los ingentes recursos, destinados a construir instrumentos de recíproca destrucción, sean empleados, en cambio, para las urgentes obras de socorro y de mejoramiento de las condiciones de vida.

5. Como es sabido, el 1981 ha sido proclamado por la ONU "Año Internacional de los minusválidos". Se trata de millones de personas que tienen enfermedades congénitas, enfermedades crónicas, o que están afectadas por varias formas de deficiencia mental o debilidades sensoriales; estas personas en el curso del año interpelarán de manera más aguda a nuestra conciencia humana y cristiana. Según recientes estadísticas, su número asciende a más de 400 millones. También ellos son hermanos nuestros. Es necesario que su dignidad humana y sus derechos inalienables reciban pleno y efectivo reconocimiento durante todo el arco de su existencia.

En el pasado noviembre, durante la reunión de un grupo de trabajo, la Pontificia Academia de las Ciencias, en su constante obra al servicio de la humanidad mediante la investigación científica, ha profundizado en el estudio de una clase especial de minusválidos, los mentales. La debilidad mental, que afecta a casi al tres por ciento de la población mundial, debe ser tenida en consideración especial, porque constituye el más grave obstáculo para la realización del hombre. La relación del mencionado grupo de trabajo ha puesto de relieve la posibilidad de cuidados preventivos de las causas de la debilidad mental, mediante oportunas terapias. La ciencia y la medicina ofrecen, pues, un mensaje de esperanza y, al mismo tiempo, de empeño para toda la humanidad. Si sólo una parte del "budget" para la carrera de armamentos fuese destinado a este objetivo, se podrían conseguir éxitos importantes y aliviar la suerte de numerosas personas que sufren.

Al comienzo de este año deseo confiar todas las personas minusválidas a la materna protección de María. En la Pascua de 1971, 4.000 minusválidos mentales, divididos en pequeños grupos acompañados por familiares y educadores, fueron en peregrinación a Lourdes y vivieron días de paz y de serenidad juntamente con los otros peregrinos. Deseo de corazón que, bajo la mirada materna de María, se multipliquen las experiencias de solidaridad humana y cristiana, en una fraternidad renovada que una a los débiles y a los fuertes en el camino común de la vocación divina de la persona humana.

6. Al pensar, en los umbrales de este nuevo año, sobre las más graves necesidades de la humanidad, quisiera llamar también la atención sobre esa parte de la familia humana que se encuentra en extrema necesidad a causa de la situación alimentaria. El hambre y la mal nutrición constituyen hoy, efectivamente, un problema dramático de supervivencia para millones de seres humanos, especialmente de niños en amplias zonas de nuestro globo. Mi pensamiento se dirige particularmente a algunas extensas regiones de África afectadas por la sequía, como el Sahel, y de Asia, damnificadas por calamidades naturales o que deben afrontar una considerable afluencia de refugiados.

Según una relación de la FAO, al menos 26 países africanos han tenido últimamente cosechas inferiores a las del pasado. En algunas partes de ese continente persiste el hambre y se registran carestías periódicas, que causan no pocas víctimas. Según los cálculos de expertos, las reservas mundiales de cereales disminuirán por tercer año consecutivo si continua la tendencia actual. Hago votos de corazón a fin de que todos los responsables, todas las organizaciones y todos los hombres de buena voluntad den su aportación para la realización de medidas que permitan un socorro más efectivo a los hermanos que se encuentran en la indigencia y, a la vez, se cree un sistema más eficaz de seguridad alimentaria. La palabra de Cristo "Tuve hambre y me disteis de comer", es una llamada, urgente y particularmente actual, a nuestras responsabilidades.

Son penetrantes las palabras de San Pablo de la liturgia de hoy. Es necesario qué la vida de la gran familia humana en todo el mundo se transforme bajo el signo de la fraternidad universal de los hombres. Efectivamente, somos hijos de Dios: Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre. Por lo tanto: ¡ninguno es esclavo, sino hijo!

7. Durante el año que acaba de terminar se ha recordado de modo particular la figura de San Benito, como Patrono de Europa, en relación con el 1.500 aniversario de su nacimiento.

Al meditar sobre el desarrollo de los acontecimientos más antiguos y sobre los contemporáneos, ha parecido justo proclamar Copatronos de Europa, al final del año, a los Santos Cirilo y Metodio, que representan otro gran componente en la misión cristiana y en la obra de la economía de la salvación en nuestro continente. Es la parte ligada a la heredad de la Grecia antigua y del Patriarcado de Constantinopla, desde donde estos dos hermanos fueron enviados en misión a los pueblos de Europa Meridional y Oriental, precisamente a los eslavos. En efecto, Europa se hizo cristiana bajo la acción de estos dos componentes.

Nos ha parecido, pues, que, particularmente al final del año en el que se ha entablado el diálogo teológico definitivo entre la Iglesia católica y toda la ortodoxia, tiene una gran elocuencia el haber puesto de relieve la misión de los Santos Cirilo y Metodio. Es la elocuencia de la reconciliación y de la paz, que en todos los caminos de la humanidad debe demostrarse más potente que las fuerzas de la división y de la amenaza recíproca.

8. Termino citando una vez más las palabras de la liturgia de hoy:

"El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. El Señor tenga piedad y nos bendiga" (Salmo responsorial).


 

Al final de la Misa

Antes de impartir la bendición, quiero expresar mi vivo aprecio y agradecimiento a los "Pueri cantores" procedentes de numerosos países, que han puesto una nota particular de alegría y entusiasmo en esta celebración eucarística a través de sus voces Cándidas.

A todos los miembros de la Federación internacional de los "Pueri cantores" y a sus responsables y acompañantes, expreso mi gozo, afecto y gratitud por su bellísima participación en esta Misa del 1 de enero, celebrada por la paz.

Queridos pequeños cantores y todos los que educáis sus bonitas voces y su amor al Señor: Proseguid con ardor la obra magnífica que desarrolláis en las catedrales e iglesias de las ciudades y el campo. Ayudad cada vez mejor al Pueblo de Dios a crecer en la fe, abrirse a la esperanza y avanzar por los caminos de la caridad y la paz. ¡También vosotros construís la Iglesia!

Al manifestar mi agradecimiento especial a los jóvenes cantores aquí presentes hoy, envío por medio de ellos un saludo a sus padres, hermanos y hermanas y a todos sus amigos. Que la paz y el gozo de Jesucristo Nuestro Señor y Salvador esté siempre en vuestros corazones.

Agradezco vivamente a los niños cantores su participación en este acto, en el que nos han alegrado con sus bonitas melodías.

Que el Señor os bendiga, queridos niños, y os aliente en vuestra vida cristiana y en la hermosa tarea de alabanza al Creador. Muchas gracias.

Mis queridos jóvenes cantores: Os doy las gracias por vuestros cantos en esta basílica de San Pedro, por los de ahora, y también por vuestros cantos de años pasados y, como esperamos, también de los futuros. Que vuestro servicio para gloria de Dios y elevación del hombre se convierta en oración también por vuestra parte.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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