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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MISA EN EL AEROPUERTO DE DAVAO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Isla de Mindanao
Viernes 20 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo:

1. El vibrante sonido de nuestras voces que llena el aire de esta próspera ciudad de Davao, situada en esta isla de Mindanao en creciente desarrollo, cuando cantamos las alabanzas de nuestro Dios por y en nuestro Señor Jesús, nos recuerda la voz de nuestro Señor dirigida a los primeros Apóstoles: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 18-20). Jesús, que había sido enviado por el Padre, a su vez enviaba a sus Apóstoles: "Como me envió mi Padre, así os envío yo" (Jn 20, 21). Desde entonces no ha habido interrupción en el enviar y en el partir: "Ellos se fueron, predicando por todas partes" (Mc 16, 20). Desde entonces también, ha habido una incesante respuesta eclesial o comunitaria de los que creen y son bautizados. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen: "Ellos recibieron la gracia y se bautizaron... Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones" (Act 2, 41-42). En lo anterior podemos ya percibir la naturaleza comunitaria de la Iglesia que ha de estar formada por todas las naciones reunidas en unidad. Los creyentes han de estar ligados mutuamente por la fe y la comunión, por la fracción del pan y por la oración común. Los que creen forman una Iglesia, una comunidad.

Queridísimos hermanos y hermanas: No puedo describiros cuán grande es mi alegría por estar con vosotros hoy en esta celebración eucarística. Como elegido por la providencia de Dios para ser el Vicario de Cristo en la tierra y el Sucesor de San Pedro en la Sede Apostólica de Roma, estoy celebrando con vosotros, a miles de millas de Roma, el Sacrificio de la Misa, el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. Estamos proclamando juntos el misterio de la fe: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!".

Este es, en verdad, un momento único de profunda plenitud. Pues estamos aquí reunidos como Pastor y rebaño, como Iglesia, como Cuerpo de Cristo, donde hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; donde hay diversidad de tareas, pero es el mismo Dios quien las inspira todas en cada uno; donde a cada uno le es dada la misma manifestación del Espíritu para el bien común (cf. 1 Cor 12, 4-7). Veo en vuestros característicos rostros filipinos, llenos de admiración, los rostros de los hijos de nuestro Padre común, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. Pero también veo en vuestros rostros el dolor ligado a la memoria de los que han sufrido y muerto durante las recientes inundaciones que asolaron seis provincias de esta isla. A todos manifiesto la expresión de mi sentimiento por la pérdida de vuestros seres queridos, mis oraciones por los muertos, por los heridos y por los que han perdido el hogar, y mi aliento para que afrontéis la gravosa tarea futura de reconstruir, con la ayuda de Dios, vuestros hogares y vuestras vidas. Veo en todos nosotros, reunidos aquí en el nombre de nuestro Señor, la única familia de Dios, el nuevo Pueblo de Dios, construyendo juntos —cada uno según su respectiva misión, pero siempre en solidaridad eclesial— el Cuerpo de Cristo en la alegría y en el dolor.

2. Esta asamblea eucarística formada por nosotros, procedentes del Oeste, y por vosotros, de Davao y Mindanao, representantes del único país católico del Este, es una síntesis del deseo de nuestro Señor, del mandamiento de nuestro Señor, y de nuestra propia respuesta. Nuestro Señor quiso reunir a todas las naciones en un único rebaño bajo un único Pastor. Su mandamiento fue hacer discípulos de todas las naciones, del Este y del Oeste, y nuestra respuesta es esta vasta multitud de personas de diversas lenguas y colores, de diversas culturas y condición, unidos en comunión eclesial para compartir la Palabra de Dios y el Pan de la vida eterna. Aquí, alrededor de vuestro arzobispo y de la mesa de la Palabra de Dios y del Sacrificio eucarístico, formáis vuestra Iglesia local, vuestra comunidad  eclesial local. Estáis ensamblados en la unidad de una sola fe y de un solo culto, y en esos lazos de amor que es el signo distintivo de los verdaderos discípulos de Cristo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros" (Jn 13, 35).

Esta comunidad eclesial a nivel diocesano, con el obispo, como signo y centro de unidad, se nutre constantemente de la fiel observancia de la Palabra de Dios y de un auténtico culto siguiendo las relaciones básicas entre la fe y el culto: "Lex orandi, lex credendi". Ella se fortalece también por los lazos de amor entre sus miembros, y por la participación consciente de todos según los dones que cada uno ha recibido para la construcción de la Iglesia local.

3. La misma vida eclesial a nivel diocesano se refleja a nivel parroquial. La misma variedad de dones y ministerios contribuye a la única misión de construir el Cuerpo de Cristo. Prevalece la misma conciencia de ser un miembro de una comunidad eclesial. A nivel parroquial se experimenta día tras día un verdadero sentido de comunión y participación eclesiales. Es en las pequeñas comunidades eclesiales donde los miembros se conocen entre si más personalmente, donde se practica con más facilidad el verdadero amor y el interés fraterno. La aflicción y la necesidad de un hermano o una hermana que uno conoce y ve diariamente, mueve el corazón humano al amor y a la compasión. Por el contrario, estamos menos inclinados a amar y compadecer a quien no conocemos o no vemos. "Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4, 20).

Por otra parte, la dimensión comunitaria de nuestra vocación cristiana ha sido marcadamente acentuada por la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II. Toda acción litúrgica es en si misma un acto de todo el Cuerpo de Cristo, de la Cabeza y de los miembros. Todo sacramento y toda Misa celebrada es un acto de Cristo y de su Cuerpo. Toda buena obra realizada por un miembro beneficia a la totalidad de los miembros, y el pecado es no sólo una ofensa contra Dios, sino una herida infligida al Cuerpo de Cristo. En esta perspectiva, nuestro primer acto comunitario al inicio de esta celebración eucarística es una confesión de nuestros pecados contra Dios y contra él Cuerpo de Cristo: "Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos"; y en la última parte de este acto penitencial comunitario decir mos: "Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos, que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor". De todo esto resulta bastante claro que no hay algo así como un cristiano aislado. Somos cristianos porque pertenecemos a Cristo y a su Cuerpo. Un cristiano que no haya aprendido a ver y amar a Cristo en su prójimo no es plenamente cristiano. Un cristiano no puede ser como Caín, que rehusó ser el guardián de su hermano. Nosotros somos guardianes de nuestros hermanos, estamos unidos mutuamente por lazos de amor. Este amor es el mandamiento de Dios para todos los que creen en El. Para un cristiano vivir es amar y amar es vivir "Magmahalan tayo tulad ng pagmahal sa atin nang Diyos!" (¡Amémonos unos a otros como Dios nos ha amado!)/

4. Esta naturaleza eclesial o comunitaria de nuestra vocación cristiana, que es más fácilmente practicada en los niveles diocesano y parroquial, debe, sin embargo, estar orientada hacia la Iglesia universal. Somos una Iglesia local sólo en la medida en que formamos parte de la Iglesia universal establecida por Cristo, nuestro Señor. Somos una parte legítima sólo porque pertenecemos a la totalidad. Y nuestro Señor quiso y estableció verdaderamente una Iglesia que se extendiera de un confín al otro de la tierra, para ser el nuevo Pueblo de Dios, el nuevo Israel. Cristo nuestro Señor quiso que su Iglesia fuese universal y además que fuese una y la misma en todo el mundo. El quiso que todas las naciones fuesen una comunidad eclesial pastoreada por un único Pastor más allá de fronteras y barreras. El quiso que su Iglesia o comunidad eclesial predicase la misma doctrina, practicase el mismo culto, observase la misma ley de amor y Fuese pastoreada por un único guardián de las llaves, asistido por el Espíritu Santo. Es esta misma Iglesia la fuente de la verdad y del poder espiritual que asimila todas las culturas de todos los tiempos y lugares. Esta asimilación no produce la destrucción de las culturas humanas y locales, sino su sublimación. La verdad cristiana, en cambio, se encarna en cada cultura local purificando, elevando y dando solidez a sus valores.

La unidad de doctrina y culto proclamada y salvaguardada de la adulteración por la Iglesia universal, está perfectamente complementada por la ley del amor que une a todos los cristianos a Dios y entre sí, a todas las Iglesias locales con la Iglesia universal y entre ellas. Así, la Iglesia universal, a través de las Iglesias locales y bajo el impulso del Espíritu que mora en ella, transforma gradualmente a todo el mundo en el Reino de Dios en la tierra, e incesantemente promueve una civilización del amor.

5. Amadísimos hermanos y hermanas: Nuestro Señor Jesucristo quiere que vivamos nuestra fe en la construcción de la comunidad eclesial, para que su redención pueda ser aplicada a los miembros individuales a través del ministerio de la Iglesia. Al mismo tiempo nunca debemos cesar de resaltar que cada miembro debe constantemente convertirse a Dios y conformarse con Cristo por el amor, en orden a participar en esta tarea común de construir el Cuerpo de Cristo.

Que no nos sea difícil permanecer fieles a la doctrina de la fe tal y como es propuesta por la Iglesia universal y fieles al auténtico culto; que incluso podamos hablar en lenguas e interpretarlas y tener el don de profecía. Pero si dejamos de seguir el mandamiento de amar a Dios y al prójimo, no seremos considerados dignos de su recompensa eterna. Deliberadamente nuestro Señor resumió todos los mandamientos de la antigua ley en un mandamiento de amor a Dios y al prójimo. No hacer mal u ofender a los demás es mucho menos y verdaderamente menor que amar a los demás. En nuestra comunidad de cristianos, la comprensión del amor de San Pablo es la verdadera comprensión del mandamiento del Señor de amarnos mutuamente. "Si hablando lenguas de hombres y de ángeles no tengo caridad, soy como bronce o címbalo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha" (1 Cor 13, 1-3).

Amadísimos hermanos y hermanas: Si mi visita os hiciera amaros un poco más, si mi visita os orientase un poco más eclesial o comunitariamente y pensaseis en los demás con mayor amor; si mi visita os hiciera desear más servir que ser servidos, entonces mí visita, por la gracia de Dios, sería fructífera y valiosa.

Finalmente, permitidme, amadísimos en nuestro Señor, recordar y proponer como regla de nuestra vida en las relaciones eclesiales la incomparable oración del Doctor Seráfico, San Francisco de Asís: "Hazme, Señor, un instrumento de tu paz. Donde haya odio ponga yo amor, donde haya ofensa ponga, Señor, tu perdón, y donde haya duda la verdadera fe en ti. ¡Oh, Maestro!, que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido cuanto comprender, ser amado sino amar con toda mi alma. Hazme un instrumento de tu paz. Pues es perdonando como se es perdonado, dando a todos como se recibe, y muriendo como nacemos a la vida eterna. Hazme un instrumento de tu paz. Donde haya desesperación en la vida que yo traiga la esperanza; donde haya oscuridad sólo luz, y donde haya tristeza siempre alegría".

Maraming salamat at Pagpalain nawa kayo nang Diyos!

 

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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