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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MISA PARA LAS TRIBUS INDÍGENAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Parque Burnham, Baguio
Domingo 22 de febrero de 1981

 

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Es para mí una gran alegría celebrar la Santa Eucaristía con vosotros, acudir a vosotros atravesando vuestras hermosas montañas con la Palabra de Dios y el Pan de vida, y unirme a vosotros para dar gloría y alabanza, honor y acción de gracias a la Santísima Trinidad.

La Liturgia de la Palabra de hoy habla de la dignidad especial otorgada a todo el que es "de Cristo" (1 Cor 3, 23). Se nos invita a meditar el profundo misterio que se nos ha otorgado por el bautismo, el misterio de cómo, por el agua y el Espíritu Santo, nos hemos convertido en el lugar de la presencia de Dios. "Sois templo de Dios", escribe San Pablo, "el Espíritu de Dios habita en vosotros" (1 Cor 3, 16). Se trata, ciertamente, de un misterio de fe. Pues, permaneciendo miembros de un determinado pueblo y nación, herederos de una única cultura y teniendo un único linaje, por la abundante misericordia de Dios nos hemos convertido, al mismo tiempo, en "conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien bien trabada se alza toda la edificación par formar un templo santo en el Señor" (Ef 2, 19-21).

2. He deseado, de modo especial, que llegara esta oportunidad de encontrarme con la gente de las Provincias Montañosas, de encontrarme con vosotros, miembros de las tribus de isneg, kalinga, bontoc, ifugao, kankanay e ibaloy. Vosotros, los pueblos indígenas de esta hermosa región norteña de Luzón, así como los otros filipinos que viven en tribus, representáis una rica diversidad de culturas que os han sido transmitidas por vuestros padres y abuelos, y que se remontan hasta generaciones antiquísimas. Tened siempre un profundo aprecio por estos tesoros culturales para los que la divina Providencia os ha destinado como herederos. Que estos tesoros, que son vuestra herencia, sean siempre respetados también por los otros: que vuestra tierra, vuestras dignas tradiciones familiares y estructuras sociales sean protegidas, preservadas y enriquecidas.

Hermanos y hermanas míos en Cristo: Habéis descubierto cómo el Evangelio no constituye una amenaza para la supervivencia de vuestras culturas ni destruye vuestras auténticas tradiciones. Puesto que todo esto es algo verdaderamente humano, y contribuye al bienestar y la mejora de la persona humana, todo ello es reforzado por el Evangelio, realzado por la fe en Cristo. No podía ser de otro modo, puesto que Cristo es el modelo y origen de la nueva humanidad, el "primogénito de toda criatura" (Col 1, 15). Puedo aseguraros que, cuando hacéis frente a los problemas actuales que el crecimiento social y económico comporta en vuestro país, la Iglesia está a vuestro lado en el deseo de preservar vuestras propias culturas y de participar en las decisiones que afectan a vuestras vidas y las de vuestros hijos. Pues la Iglesia no se disocia nunca de los problemas temporales de sus miembros. Está cerca del pobre y del que sufre; ansia la justicia y la paz y se preocupa de las necesidades concretas de sus fieles. Pero en todo esto, la Iglesia no olvida la supremacía de su misión espiritual recordando que su objetivo es el de guiar a todos los hombres y mujeres a la salvación eterna en Cristo.

3. Permitidme que, en esta ocasión, os hable de la actividad misionera de la Iglesia y reflexione sobre sus fructíferos resultados aquí, en vuestra propia tierra. Cuando contemplo esta inmensa multitud, no puedo dejar de recordar a los animosos misioneros, hombres y mujeres, que han abandonado su propia tierra de origen para proclamar el Evangelio entre vosotros. Han aceptado muchos sacrificios personales y asumido muchas cargas para llevar adelante esta tarea, para traeros el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. ¡Y sus esfuerzos no han sido vanos! Cuando el mensaje de Cristo os fue predicado, "vosotros lo aceptasteis", como escribe San Pablo, "no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es y que obra eficazmente en vosotros, que creéis" (1 Tes 2, 13). ¡Por esta obra maravillosa de gracia me alegro con vosotros! Y, en nombre del Señor Jesucristo y de su Iglesia, doy las gracias, a los misioneros por su fe y por sus esfuerzos continuados y labor perseverante.

¡Cuánto nos alienta ver la vitalidad de la Iglesia de Filipinas: ver, por ejemplo, la participación activa de los laicos, la contribución de los catequistas, asistentes sociales y tantos otros, el papel indispensable que desempeñan las familias cristianas, promoviendo cada cual, según su propia capacidad, el Reino de Dios. Se han establecido, además, numerosas escuelas y universidades católicas, instituciones para la asistencia sanitaria para la atención de otras necesidades y la fundación de seminarios como los existentes aquí en Baguio. Todo esto testifica la fertilidad de la Palabra de Dios y la profundidad de vuestra fe en el Señor. Me siento complacido, de una manera especial, por el modo en que muchos filipinos han respondido a la llamada de Cristo para servir a la Iglesia como sacerdotes y religiosos, no sólo en su país, sino también en otras naciones. Es evidente que la actividad misionera de la Iglesia ha dado fruto abundante en vuestra tierra.

4. Hermanos y hermanas míos, atento al modo incondicional con que habéis respondido al Evangelio desde que comenzó a ser proclamado entre vosotros y urgido por el mandato misionero que nos ha sido dado por Cristo, quiero expresaros mi especial deseo de que los filipinos lleguen a ser los adelantados en la obra misionera de la Iglesia en Asia. En este sentido deseo hacer mías las palabras que el Papa Pablo VI os dirigió con ocasión de su visita pastoral a Filipinas:

"En este momento no se puede menos de tener en cuenta la importante llamada del pueblo de las Islas Filipinas. Esta tiene una especial vocación para ser la ciudad colocada sobre el monte, la lámpara puesta en lo alto (cf. Mt 5, 14-16) que da su testimonio luminoso entre las antiguas y nobles culturas de Asia. Como individuos y como nación vosotros debéis manifestar la luz de Cristo con el ejemplo de vuestras vidas" (29 de noviembre de 1970; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 13 de diciembre de 1970, pág. 5).

Los ciudadanos de Filipinas son un caso único entre sus vecinos de esta parte del mundo. Sólo vuestra nación tiene mayoría cristiana. Es más, constituís más de la mitad de todos los católicos de Asia. En vista de lo cual, yo os pregunto: ¿No os ha destinado el Señor de la historia a desempeñar un papel preeminente en el esfuerzo misionero de la Iglesia en esta región? ¿No os ha preparado El para dar un refulgente testimonio en medio de las antiguas y nobles culturas de Asia? Las últimas palabras que Jesús dijo a sus discípulos, ¿no tienen para vosotros una relevancia especial en este preciso momento de la historia: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15)? Mi sincero deseo y mi ferviente plegaría es ésta: que vosotros, hermanos y hermanas míos de las Filipinas, asumáis el papel que os corresponde en la vanguardia del esfuerzo misionero de la Iglesia, de un modo especial aquí, en Asia. Por esta razón expreso mi satisfacción más profunda por la creación, hace pocos años, de la Sociedad misionera de Filipinas. Aplaudo asimismo la tarea evangelizadora desarrollada por Radio Véritas. Que Dios derrame bendiciones abundantes sobre estas iniciativas. Y que cada uno de vosotros, convertido en morada de Dios por el bautismo, contribuya, según el carácter que le es propio, a la proclamación del Evangelio. ¡Proclamad de palabra y de obra que Jesucristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6), que Jesucristo es Señor!

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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