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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MISA DE LA PAZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Estadio Korakuen
Martes 24 de febrero de 1981

 

1. "La paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27). Estas son las palabras de Cristo a los Apóstoles, y nosotros repetimos estas palabras cada día en la Misa, antes de la comunión.

De este modo, el mismo Cristo pronuncia cada día estas palabras, y comparte con nosotros cada día su paz, lo mismo que comparte con nosotros su Cuerpo y su Sangre en las especies eucarísticas.

Cada día, por tanto, recibimos de Cristo su paz, para dársela a los demás. Para transmitirla.

Esto mismo sucede ya durante la liturgia, cuando, al pronunciar las palabras "la paz sea contigo", extendemos nuestras manos al que está a nuestro lado y le expresamos nuestra cercanía fraterna, nuestro deseo de paz y amor.

Desde este lugar, en que se celebra la liturgia eucarística, el signo de la paz se esparce en grandes olas hacia los hombres, las familias, los barrios, las naciones y hacia toda la humanidad.

Cristo, nuestro Señor, es el incansable donador de paz, esa paz que el mundo no puede dar, porque el mundo no la conoce (cf. Jn 14, 27).

2. ¡Queridos hermanos y hermanas!

Vengo a vosotros en el nombre de Cristo. En el nombre de Cristo puse pie ayer en esta alejada isla, en esta vasta ciudad, capital de vuestra nación y del Imperio, ciudad que es también una de las sedes de la Iglesia en Japón.

Vengo a vosotros como un peregrino, siguiendo los senderos de la Buena Noticia, que llegó aquí hace siglos y fue recibida como el mensaje del amor de Dios a los hombres, como el mensaje de la paz. "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). Precisamente en nombre de este Cristo, el Hijo del Dios Eterno, y al mismo tiempo nuestro hermano, el Hijo de María de Nazaret, estoy aquí en medio de vosotros y os digo: "La paz sea con vosotros”.

3. Os lo digo a todos y a cada uno de vosotros. La paz es una posesión preciosa del corazón humano. Por eso me dirijo de esta manera a vuestros corazones y os deseo a cada uno de vosotros la paz del corazón.

La paz de la buena conciencia.

Esta es la paz interior, el don de la gracia y el fruto de las buenas obras, que llena nuestras vidas de alegría y felicidad. Por amor a esta paz quiero orar junto con vosotros por cada hermano y hermana de vuestra Iglesia japonesa y de todas las islas de Japón. Paz de corazón.

4. Al celebrar entre vosotros y con vosotros la Eucaristía de nuestro Señor Jesucristo, deseo que todos nosotros hallemos en ella paz con nuestro prójimo. Paz: el fruto de la justicia. Paz: el fruto del amor. ¡Qué fácilmente se rompe esta paz!

i Con cuánta frecuencia los hombres están divididos entre sí, a pesar de estar cercanos físicamente, incluso dentro de la misma familia!

Que Cristo nos conceda la capacidad de estar en paz con los demás. Que se realicen en nosotros las palabras de su sermón de la montaña: "Bienaventurados los pacíficos" (Mt 5, 9).

¡Aprendamos a construir la paz: y a edificar en paz la sociedad de nuestras familias, nuestros barrios, nuestros lugares de trabajo, escuelas, oficinas y fábricas!

Cristo, el constructor de la paz, ofrece a los hombres de esta tierra la bendición de la paz. Que ellos cooperen con ella, realizando la justicia y el amor en todas las circunstancias de la vida.

5. Y ahora he puesto pie en el país que ha conocido el horror singular de la destrucción durante la última guerra.

El nombre de la ciudad japonesa de Hiroshima se ha convertido en un símbolo de las amenazas hacia las que se dirige toda la humanidad, si ésta no logra vencer la terrible tentación de dominar a los demás por medio de la total destrucción nuclear.

Aquí, donde el recuerdo y los signos de la explosión de la primera bomba atómica están vivos y patentes, las palabras de Cristo no pueden dejar de adquirir una particular intensidad: ¡La paz sea con vosotros!

Estas palabras han de convertirse en un reto. Deben hacerse eco de todo el horror de la advertencia final. Deben convertirse en una llamada, una llamada categórica a toda posible cooperación de los hombres en favor de la paz en el mundo.

A la colaboración de hombres de todas las lenguas, de todas las naciones, de todas las razas y de todas las religiones. Cristo dice: "Mi paz os doy".

Cuánto nos queda aún por hacer para que este don de la paz venga a nosotros, para que no sea destruida por nuestra cobardía o nuestra maldad, para que podamos evitar una nueva Hiroshima sobre la humanidad.

6. En medio de esta inmensa ciudad, en Japón, Cristo se dirige cada día a nosotros y nos dice: ¡La paz sea con vosotros! Se lo dice a los que son mansos, cariñosos y bondadosos, a los hijos e hijas de este país, que poseen una sensibilidad particularmente profunda para apreciar la belleza del mundo y el orden que rige la naturaleza.

El hombre es llamado por Dios a recrearse en esta belleza, a entrar en comunión con este orden.

El corazón humano debe latir con calma al ritmo de toda la creación, a través de la que el Creador le habla.

Pero el corazón humano está inquieto, y no puede descansar (como escribió el gran Agustín) hasta que no descanse en Dios.

7. Quiero repetir hoy a los corazones de los hijos e hijas de Japón las palabras de Cristo sobre la paz y, al repetirlas en la gran plegaria eucarística, expreso esta esperanza: ¡Que estos corazones encuentren, a través de Cristo, paz en Dios! Esa paz que el mundo no puede dar. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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