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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MISA DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DE 15 DIÁCONOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Catedral de Nagasaki, Japón
Miércoles 25 de febrero de 1981

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Doy gracias a Dios que me ha permitido venir a Nagasaki, ciudad que cuenta con una historia marcada al mismo tiempo por la gloria y la tragedia, y dirigirme a vosotros, que sois los descendientes y sucesores de aquellos que alcanzaron la gloria y superaron la tragedia. Os saludo con gran afecto, sintiendo a la vez un profundo respeto por la admirable tradición católica de esta Iglesia local.

Es éste ciertamente un momento cumbre de mi viaje apostólico a Japón, en el que el Sucesor de Pedro se dispone a la ordenación de sacerdotes en uno de los puntos más alejados de su sede de Roma, dando así vivo testimonio de la universalidad de su misión.

Este es un momento solemne y conmovedor para el Papa. Pero lo es aún más para vosotros, queridos hijos, que vais a ser consagrados sacramentalmente como "ministros de Jesucristo entre los gentiles, encargados de un ministerio sagrado en el Evangelio de Dios" (Rom 15, 16) y "administradores de los misterios de Dios" (1 Cor 4, 1).

Únicamente a través de largos años de fidelidad al don que vais a recibir hoy es como llegaréis poco a poco a comprender cada vez mejor este acontecimiento y la maravilla que encierra. En efecto, toda una vida no es suficiente para comprender en su plenitud lo que significa ser sacerdote de Jesucristo. Y ahora sólo podemos presentar algunos aspectos de este misterio, sirviéndonos de las lecturas de esta solemnidad.

1. Las primeras palabras que se refieren a vosotros son las que emplea el Profeta Isaías para describir su vocación: "El espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha ungido" (Is 61, 1).

Estas palabras son aplicables a cualquier sacerdote. Se aplican, pues, a vosotros. Quieren decir que en la raíz de toda vocación sacerdotal no se da una iniciativa humana y personal, con sus inevitables limitaciones humanas, sino una iniciativa misteriosa por parte de Dios. La Carta a los Hebreos nos dice sobre el sacerdocio de Cristo: "Cristo no se exaltó a Sí mismo, haciéndose Pontífice, sino el que le dijo: Hijo mío eres Tú" (Heb 5, 5). Esto es verdad no sólo de Cristo, sino también de cuantos participan en su sacerdocio.

Todo sacerdote puede decir: "El Señor me ha ungido". El Señor me ha ungido, ante todo, desde la eternidad, aun antes de que yo existiera, cuando El dijo mi nombre. "Yavé me llamó desde el seno materno", dice Isaías, "desde las entrañas de mi madre me llamó por mi nombre" (Is 49, 1). Una comprensión completa de lo que es la vocación sacerdotal requiere necesariamente hacer referencia a esta unción por parte del amor singular de Dios para con una persona determinada, incluso antes de su existencia, y a la llamada que Dios dirige a dicha persona a causa de ese mismo amor.

Un sacerdote puede decir también que el Señor le ha ungido cuando, en la infancia o en la juventud, su corazón respondió a la llamada del Señor: "Sígueme". No siempre es fácil precisar este momento e identificar el acontecimiento que dio origen a la llamada: ¿el ejemplo de un sacerdote o de un amigo?, ¿la experiencia de un vacío que únicamente puede llenarse mediante un total servicio de Dios?, ¿un deseo de responder de manera perfecta y eficaz al sufrimiento material, moral o espiritual? Pero, en cualquier circunstancia, es Dios quien ha llamado. Le sea posible o no al sacerdote fijar el día en que señaló rumbo a su vida, respondiendo a la sugerencia del Señor —lo que el Profeta Jeremías llama la seducción del Señor (cf. Jer 20, 7)—, lo cierto es que será consciente de que Dios le ha llamado.

En tercer lugar, un sacerdote puede decir que el Señor le ha ungido el día de su ordenación, el día en que finalmente y para siempre se convierte en sacerdote de Jesucristo. Es el día de la unción propiamente dicha por manos de un obispo. Los sacerdotes debemos recordar siempre este día. Pablo exhorta encarecidamente a Timoteo, diciéndole: "Haz revivir la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos" (2 Tim 1, 6). Debemos recordar siempre nuestra ordenación con el propósito de reavivar constantemente el fervor que tuvimos al principio y de sacar fuerzas de ese recuerdo, a fin de vivir una vida que sea conforme con su profundo significado. La unción que va a tener lugar hoy es para vosotros, queridos hijos, el signo visible y actual de un sello permanente en vuestras personas. Es el signo sacramental de una gracia, por la que Cristo Sacerdote os consagra para una misión especial al servicio de su Reino, haciendo de vosotros sacerdotes de Jesucristo para siempre.

2. ¿Qué estáis llamados a hacer como sacerdotes? La respuesta nos la da otro pasaje de la liturgia de hoy: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 14).

Nos desconcierta, conscientes como somos de nuestra pequeñez y miseria, ver que estas palabras concretas están dirigidas nosotros: "Vosotros sois la luz del mundo". Los Apóstoles debieron quedarse asustados al oírlas. Lo mismo les ha ocurrido a miles de personas desde entonces. Y el Señor sabe que dice estas palabras a personas humanas, limitadas y pecadoras. Pero sabe también que deben ser luz, no por sus propias fuerzas, sino reflejando y comunicando la luz recibida de El, pues El mismo nos dice de Sí: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12; 9, 5; cf. 1, 5. 9; 3, 19; 12, 46).

Todo sacerdote advierte que puede iluminar a los que están en tinieblas únicamente en la medida que él mismo ha aceptado la luz del Maestro, Jesucristo. Sin embargo, se halla rodeado de peligrosa oscuridad y ya no es capaz de iluminar a otros cuando se aparta del único manantial de toda luz verdadera. Por tanto, queridos hijos, tenéis que permanecer siempre unidos a Cristo Sacerdote, escuchando asiduamente su palabra, celebrando sus misterios en la Eucaristía y mediante una profunda y constante amistad con El. La gente reconocerá vuestra comunión con Cristo en vuestra ¿capacidad de ser luz verdadera para un mundo que con demasiada frecuencia se siente todo él en tinieblas.

Pero en último término, no le basta al sacerdote con reflejar, más o menos imperfectamente, la luz de Cristo: tiene que ocultarse y dejar brillar directamente a Cristo. «Pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor... Porque Dios, que dijo: "Brille la luz del seno de las tinieblas", es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro de Cristo» (2 Cor 4, 5-6).

Vais a ser, como sacerdotes, ministros de la luz que brilla en el rostro de Cristo mediante la fe. Por consiguiente, vuestra misión consiste, primera y principalmente, en dedicaros a esa predicación, de la que nace la fe en quien la oye (cf. Rom 10, 17). El Concilio Vaticano II define a los sacerdotes como "educadores en la fe" (Presbyterorum ordinis, 6). Vuestro servicio fundamental es proclamar en medio de todos a Cristo como la Verdad y las verdades de fe, alentar constantemente la fe, fortalecerla donde sea débil y defenderla frente a toda amenaza.

No es necesario afirmar que seréis mejores educadores en la fe en la medida que vosotros mismos poseáis una fe profundamente arraigada, madura, valiente y contagiosa. Los evangelistas describen los años que Jesús pasó en compañía de los Doce como un proceso de maduración de la fe de los Apóstoles: "Jesús... manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos" (Jn 2, 11; cf. 11, 15). Vosotros, al igual que los Doce, habéis pasado unos años con Jesús antes de llegar a este momento. Tenéis que ser discípulos con una fe probada y madura, firmemente anclados en la palabra del Maestro y dispuestos para la lucha. Nunca dejéis de uniros a la oración humilde y fervorosa de los Apóstoles: "Acrecienta nuestra fe" (Lc 17, 5), y ojalá escuchéis siempre como respuesta lo que Jesús dijo a Pedro: "Yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe" (Lc 22, 32). De esta manera estaréis preparados para conducir a muchos otros a la fe.

Existe una especial obligación por parte de cada sacerdote y del presbyterium como tal en promover vocaciones al sacerdocio. A este propósito es esencial la oración; pero es también esencial para los jóvenes sentirse apoyados por el ejemplo de santidad y de alegría que ven en sus sacerdotes. Por esta razón Jesucristo ha confiado en verdad esta mañana a estos jóvenes sacerdotes una importante misión que cumplir: llegar con el ejemplo a los corazones de los jóvenes.

4. Quisiera decir ahora unas palabras a las familias de los nuevos sacerdotes y también a todas las familias cristianas de Japón.

Recuerdo con profunda emoción el encuentro que tuvo lugar aquí en Nagasaki entre un misionero que acababa de llegar y un grupo de personas que, una vez convencidas de que era un sacerdote católico, le dijeron: "Hemos estado esperándote durante siglos". Habían estado sin sacerdote, sin iglesias y sin culto durante más de doscientos años. Y, sin embargo, a pesar de las circunstancias adversas, la fe cristiana no había desaparecido; se había transmitido dentro de la familia de generación en generación. De esta manera la familia cristiana demuestra la inmensa importancia que ella tiene en lo que se refiere a la vocación a ser cristiano.

La familia cristiana es también, en grado supremo, algo vital para las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. La mayoría de estas vocaciones brotan y se desarrollan en familias profundamente cristianas. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia el primer seminario (cf. Optatam totius, 2). Estoy convencido de que numerosas vocaciones del "pequeño rebaño" de la comunidad católica en Japón han nacido y han crecido en el seno de familias animadas por un espíritu de fe, de caridad y de piedad.

En el momento en que me dispongo, como Sucesor de Pedro, a ordenar nuevos sacerdotes para vuestra nación, quiero exhortar a cada familia cristiana de Japón a ser verdaderamente una "iglesia domestica": un lugar donde se dé gracias y alabanza a Dios, un lugar donde su palabra sea escuchada y su ley obedecida, un lugar donde se eduque para la fe y donde la fe se alimente y se fortalezca. un lugar de caridad fraterna y de mutuo servicio, un lugar de apertura a los demás, especialmente a los pobres y necesitados.

Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o a más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad.

Prosigamos ahora con fe y devoción cuantos estamos aquí reunidos esta celebración eucarística del Sacrificio de Cristo Sacerdote. Recordando a los sacerdotes, religiosos y seglares japoneses que en este mismo lugar dieron el supremo testimonio de sus vidas por amor a Jesucristo, oremos por las familias cristianas de esta tierra, para que sepan vivir con intensidad su vocación cristiana. Pidamos al Señor se digne conceder que surjan de entre ellas muchos sacerdotes, como éstos que van a comenzar hoy su vida sacerdotal y su ministerio, y que surjan también muchos religiosos, para gloria de Jesucristo y para la salvación del mundo. Amén.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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