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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE

MISA CONMEMORATIVA DE LOS MÁRTIRES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Estadio Matsuyama, Nagasaki
Jueves 26 de febrero de 1981

 

Amadísimos todos, especialmente los que acabáis de recibir el sacramento del bautismo y de la confirmación.

1. Después de haber escuchado el pasaje del Evangelio de San Mateo, es fácil para nosotros subir con Jesús a la cima del cercano Nishizaka, a la que los primeros cristianos de Japón llamaron "Colina Santa" o "Colina de los Mártires". Nosotros podríamos llamarle el monte de las bienaventuranzas de Nagasaki. Contemplamos la figura del Maestro que atrae hacia Sí muchos discípulos de esta ciudad, la sede de la Iglesia Madre de Japón. Jesús habla con amor especialmente a los muchos discípulos que allí se habían reunido alrededor de su cruz: los veintiséis santos protomártires, y los doscientos cinco mártires beatificados por Pío IX, y los más de cuatro mil compañeros suyos, cuyo martirio está bien documentado (cf. J. Laures, The Catholic Church in Japan, Tokio, 1954, págs. 178-179). Esta gloriosa muchedumbre, como la de los primeros siglos de la Iglesia, ha recibido un reciente reconocimiento por parte de la Iglesia hace pocos días, en la ceremonia de beatificación de otros dieciséis mártires realizada en Manila. Estos mártires sufrieron en Nishizaka los años 10, 11 y 14 de la Era Kwanei, correspondiente a los años 1633, 1634 y 1637 del calendario cristiano, que fue el período marcado por el Edicto Sakoku promulgado por el Shogun Tokugawa Iyemitsu.

Los nuevos Beatos, como todos los que han sufrido el martirio, son proclamados "bienaventurados" por Jesús, pues han sufrido por amor de la justicia (cf. Mt 5, l0), una justicia que perfecciona la justicia meramente humana. Es la justicia que Cristo predicó en su sermón de la montaña, que es un modelo de vida para los que desean imitar al Padre que está en el cielo (cf. Mt 5, 7). Antes de que muriesen como personas justas a los ojos de Dios, estos mártires fueron pobres de espíritu, mansos, pacientes; tuvieron sed de justicia; fueron misericordiosos y puros de corazón, fueron constructores de la paz.

2. En una palabra, estos mártires fueron portadores y heraldos del doble mandamiento de! amor, tal como fue declarado ppr Giordano Ansalone en su proceso: "Yo vengo principalmente por esta razón, y es lo mismo que Cristo, mi Rey, desea; nuestro motivo es el amor que El y yo os tenemos, en conformidad con la ley de los cristianos, que está totalmente basada en el amor" (Positio super Martyrio, Roma, 1979, pág. 334).

Es precisamente en esta perspectiva y con estos sentimientos de amor como los dieciséis nuevos Beatos se sintieron japoneses con los japoneses, cristianos con los cristianos, hermanos con sus hermanos. El amor y la misión evangélica que motivaron sus martirios les convocaron desde cinco nacionalidades: su grupo estaba compuesto no sólo de los nueve japoneses de la Isla de Kiusiu y de la antigua capital Kioto, sino también de cuatro españoles, un francés, un italiano y un filipino. Guillaume Courtet y Lorenzo Ruiz fueron, en efecto, los primeros y los únicos que vinieron desde Francia y Filipinas a morir como mártires. El mismo impulso de amor unía la humildad y la grandeza, tanto en los treinta miembros de la familia de Santo Domingo, como en los otros tres laicos devotos.

Escuchemos uno de sus testimonios: "El don de Dios que más aprecio es el haberme enviado a este país acompañado con tantos de sus grandes siervos" (Positio, pág. 216). Asi escribía Lucas Alonso del Espíritu Santo, quien con Domingo Ibáñez de Erquicia predicó el Evangelio durante diez años, en una gran parte de la Isla de Hondo. Igualmente admirable era Jacobo Kyuhei Tomonaga y Tomás Hioji Rokuzayemon, misioneros de Formosa y de la Isla de Kiusiu. Admiramos también a Vicente Shiwozuka y a Lázaro de Kyoto, quienes, aunque exiliados como consecuencia del Edicto de 1614, en 1636 decidieron retornar a su país natal para vivir hasta las últimas consecuencias, hasta la consumación final, el bautismo que allí habían recibido. Pensamos en Magdalena de Nagasaki, la magnífica colaboradora de los frailes agustinos y dominicos, y en Marina de Omura, que es venerada por las mujeres de Japón como abogada de la fortaleza con el título bíblico de "mujer fuerte" (Positio, pág. 331).

3. El amor generoso y las celosas actividades de los mártires se explican todas por el poder del Espíritu Santo que obraba en ellos, impulsándoles a la obediencia de los mandamientos del sagrado libro del Sirácida (cf. 2, 1-18), que oímos en la primera lectura de esta Misa. Así podemos entender plenamente la respuesta que los intérpretes de la corte de Nagasaki dieron a los dos bugyo (jueces): "Señores, decirles a estas personas que renieguen de su fe es como dar medicina a un moribundo para reanimarle; en efecto, cobran nueva vida y responden con gran vigor" (Positio, pág. 414).

4. La actitud que adoptaron como hijos de la Iglesia trabajando en una nación con una religión diferente, estaba inspirada por las palabras de San Pedro que leemos en la segunda lectura de esta Misa: desearon que sus hermanos pudieran atestiguar sus buenas obras "y así glorificar a Dios en el día de la visitación" (2 Pe 2, 12). Este precepto apostólico fue la actitud clásica de los antiguos mártires durante el Imperio Romano. No menos significativa fue la clase de vida que llevaron en el marco social y político de su tiempo, abrazando el Evangelio "no sólo en palabras, sino en poder y en el Espíritu Santo y muy persuasivamente" (1 Tes 1, 5). Así llegaron a ser para todos un ejemplo de fidelidad a Cristo, cuya venida aguardaban en la esperanza y el amor.

Por otro lado, debemos tener presente que el Edicto promulgado por el Shogun Tokigawa Iyeyasu en 1614, año 17 de la Era Keicho, establecía: "El Japón es una isla de origen divino" (cf. Positio, pág. 49). Los cristianos de entonces y de ahora pueden interpretar mejor esta afirmación en la escuela de la Palabra encarnada, a través de la cual fueron hechas todas las cosas; y que vino al mundo, como verdadera luz nacida del Padre, para iluminar a todos los hombres con la plenitud de la gracia y la verdad (cf. Jn 1, 1-18).

5. Con qué gran esperanza he deseado visitar Japón a causa de la reciente beatificación: es un país que durante más de un siglo ha disfrutado de la libertad religiosa concedida por el Emperador Meiji. He venido aquí como Obispo de Roma, un siglo después de la reapertura de las fronteras de Japón al mensaje cristiano. He venido a Nagasaki como un peregrino. Aquí los fieles de hace cien años, cuyos antepasados de los dos siglos previos habían mantenido secretamente la fe de los mártires, perseveraron gracias al poder conferido por el Evangelio. Por la gracia de Dios los cristianos habían meditado el Evangelio por medio de los misterios del Rosario, y conocían vagamente a un hombre llamado el Papa. Hoy él viene a rendir homenaje a la tradición de los cristianos de Nagasaki y decir a sus descendientes personalmente que él les ama en el corazón de Cristo Jesús.

En la catedral de Urakami, dedicada a María Inmaculada, el sublime modelo de la Iglesia, he contemplado la nueva Iglesia japonesa, que se alza ante el mundo como un signo de la nueva Jerusalén adornada con galas festivas (cf. Ap 21, 2-4), una Iglesia cuyos miembros llegan al número de cuatrocientos mil, casi el mismo número de cristianos de su primer siglo (1549-1640). Y con inmensa alegría doy la bienvenida, a la comunión de la Iglesia, a los nuevos cristianos a quienes Cristo mismo ha llamado en este día "a su luz admirable" (1 Pe 2, 9).

Este vínculo entre el pasado y el presente es el fruto de la bendición de Dios, de la asistencia maternal de la Bienaventurada Virgen y de la intercesión de incontables testigos del Evangelio. Es la garantía de un futuro aún más glorioso, que podría compararse al sol el cual, en su diaria salida, ilumina y reanima el primero a este hermoso país, a menudo blanco por la nieve o rojizo por el fruto del cerezo y el loto. La antigua religión de Shinto significa senda hacia la divinidad. Para nosotros los cristianos, ha sido ya trazado un sendero por Cristo mismo, que es "Dios de Dios, luz de luz. Dios verdadero de Dios verdadero".

Es El, Jesucristo, y su gracia la que bendecimos y glorificamos en estos nuevos mártires gloriosos de Nagasaki.

* * *

Terminada la Misa, el Santo Padre se acercó al micrófono y refiriéndose a la temperatura de seis grados bajo cero dijo:

Habéis sido valientes, heroicos. Ha sido una celebración digna de Nagasaki; por este poco que hemos sufrido nos sentimos unidos a lo que padecieron los mártires de Nagasaki, hombres dignos de la fe de la Iglesia de los Apóstoles.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

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