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VIAJE APOSTÓLICO A VENEZUELA,
ECUADOR, PERÚ Y TRINIDAD Y TOBAGO 

LITURGIA EUCARÍSTICA CON LOS TRABAJADORES
EN CIUDAD GUAYANA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Martes 29 de enero de 1985

 

1. Someted la tierra (Gen. 1, 28). Con esta palabra de la liturgia de hoy, tomada del libro del Génesis, doy la bienvenida y saludο cordialmente en el Señor a toda la Asamblea eucarística del Pueblo de Dios de Venezuela reunido en esta Ciudad Guayana que crece impetuosamente.

Saludo con afecto al Pastor de esta diócesis, a los hermanos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles llegados incluso desde otras diócesis y zonas del país. Sed todos bienvenidos.

Saludo especialmente a todo el mundo del trabajo venido no sólo de Venezuela, sino también de otros países de América Latina, debido al desarrollo de la industria del hierro y del acero, del aluminio y de la hidroenergía, que ha hecho de esta ciudad uno de los núcleos industriales más importantes de Venezuela. Por tal motivo, el problema del trabajo, del trabajo humano ocupa el centro de esta liturgia eucarística.

2. Hablar de ese problema obliga a ir hasta el origen de la creación del hombre, tal como lo escuchamos en el libro del Génesis. Dios es el Creador de todas las cosas y del hombre. He aquí el fundamento para llamar persona al hombre: porque es imagen y semejanza de Dios, creado con inteligencia, voluntad y poder de dominar la tierra. Ello le distingue del resto de la creación, ya que además está llamado a la comunión con Dios mediante la gracia de Jesucristo.

El hombre trabaja porque es semejante a Dios. Entre todas las criaturas del mundo sólo el hombre trabaja conscientemente. Los animales son muy activos, pero ninguno trabaja en sentido de trabajo humano. En efecto, trabajar significa someter o dominar la tierra, tal como lo leemos en el libro del Génesis. Todo trabajo, independientemente de su característica, tiene esta finalidad. Se puede decir que en el plan divino el trabajo es un dominio con poder y autoridad recibida de Dios, aunque en su aspecto humano tenga el carácter más servil. El trabajo, todo trabajo, también cuando el hombre administra y dirige el trabajo de los otros; en una palabra, toda actividad del hombre tiene tal carácter: la actividad física como la vuestra en la industria, en el campo y en los servicios, la intelectual, la artística, la de investigación pura y aplicada, etc.

3. El libro del Génesis dice que el Creador ha dado toda la tierra, en cierto sentido todo el mundo visible, al hombre y lo ha puesto bajo su dominio. Como imagen y semejanza de Dios el hombre domestica la tierra, la hace suya humanizándola de modo responsable. Al mismo tiempo, ha dado este mundo al hombre como tarea para su trabajo. Las criaturas inferiores han sido sometidas al hombre, y al mismo tiempo le han sido dados los recursos contenidos en el mundo creado, comenzando por las riquezas visibles que se encuentran, por así decirlo, en la superficie, hasta las escondidas profundamente en la estructura de la materia que el genio humano descubre gradualmente.

El libro del Génesis nos habla del dominio sobre toda la tierra, es decir, de sus riquezas visibles y de las que esconde: «Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y mande en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en toda la tierra» (Gen. 1, 26).

El hombre somete o domina la tierra mediante el trabajo, vocación que Dios le ha dado para colaborar en la obra de la creación. Por esto, para lograr la realización personal en el trabajo, el hombre se sirve de la técnica. Hoy somos testigos de las transformaciones causadas por las ciencias y las tecnologías aplicadas por la inteligencia del hombre. Pero, a la par que el instrumento técnico tiene un valor positivo, porque ayuda a ejercer el dominio inteligente y responsable del hombre sobre la tierra, también surgen serías dudas e interrogantes; porque la técnica puede llegar - y ha llegado a ser - alienante y manipuladora; hasta el punto de deber rechazar moralmente la presencia de una cierta ideología de la técnica, porque ha impuesto la primacía de la materia sobre el espíritu, de las cosas sobre la persona, de la técnica sobre la moral.

Esta tendencia deshumanizante y despersonalizante explica por qué la Iglesia no se cansa de pedir una revisión radical de las nociones de progreso y desarrollo: lo hizo el Papa Pablo VI en su Encíclica «Populorum Progressio» hace que ya casi veinte años; y lo he hecho yo en la Sede de Pedro y en mis peregrinaciones pastorales. ¿Hasta cuándo tendrá que soportar injustamente el hombre, y los hombres del Tercer Mundo, la primacía de los procesos economicistas sobre los inviolables derechos humanos y, en particular, de los derechos de los trabajadores y de sus familias? Es aquí, en los valores y derechos humanos inviolables y sagrados de la persona, donde hay que pensar y definir de nuevo las nociones de desarrollo y de progreso.

4. El libro del Génesis dice que el Creador ha unido el trabajo humano con la necesidad del descanso y de la fiesta. «En el séptimo día Dios dio por concluida la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó (Gen. 2, 2-3). En la intención de Dios se ve claramente que el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo; que el trabajo es para la realización de su humanidad, de su vocación de persona e hijo de Dios.

Este principio de la dignidad de la persona del trabajador es el que tiene que determinar las estructuras posibles de los sistemas industriales de producción y de todo proceso económico, político y social; si no se quiere continuar en el espantoso desequilibrio del mínimo porcentaje que goza de los bienes, frente a un alto porcentaje que carece de ellos; sobre todo en los países del Tercer Mundo. Son desproporcionadas las grandes diferencias de posición social y de privilegio salarial entre unos y otros. El trabajo es un bien del hombre, pero un bien para todos, a pesar de la fatiga que conlleva, y no para unos pocos.

Esto se vuelve aún más claro cuando consideramos el hecho de que «Dios creó al hombre . . . macho y hembra los creó» (Gen. 1, 27), dando así comienzo a la familia. «Sed fecundos y multiplicaos» (Ibid. 1, 28). El trabajo está subordinado a los fines propios del hombre y de la humanidad, estando en primer plano la familia como comunidad ínter-personal de un hombre y de una mujer, llamados a transmitir la vida a los hijos: a las personas nuevas, creadas también ellas a imagen y semejanza de Dios. Por esto la Iglesia no se cansa de afirmar: el trabajo es para la familia, y no la familia para el trabajo.

5. Deseo imprimir esta imagen fundamental y eterna del trabajo humano en la conciencia de todos los que en esta región de Venezuela forman o crean un ambiente nuevo, creciente y próspero del trabajo.

En las condiciones actuales de Ciudad Guayana, desarrollada fundamentalmente alrededor y en función del trabajo industrial, con gentes procedentes de todas las categorías sociales: obreros, técnicos y profesionales, permitidme recordar algunas ideas centrales de mi Encíclica «Laborem Exercens» sobre el trabajo humano.

6. La idea clave de toda la Encíclica es la «problemática fundamental del trabajo» (IOANNIS PAULΙ PP. II Laborem Exercens, 11), la cual conduce a la afirmación de que «en el comienzo mismo del trabajo humano se encuentra el misterio de la creación» (Ibid. 12). En esta perspectiva, y teniendo en cuenta «las diversas experiencias de la historia», el problema del trabajo aparece como «una gran realidad . . . estrechamente ligada al hombre como al propio sujeto y a su obrar racional» (IOANNIS PAULI PP. II Laborem Exercens, 11).

A pesar de la fatiga y del esfuerzo que requiere, «el trabajo no deja de ser un bien». «Este carácter del trabajo humano, totalmente positivo y creativo, educativo y meritorio, debe constituir el fundamento de las valoraciones y de las decisiones, que hoy se toman al respecto, incluso referidas a los derechos subjetivos del hombre» (Ibíd.). Por lo tanto, es necesario colocar constantemente en primer plano «el principio de la prioridad del trabajo frente al capital» (Ibíd. 12).

A la luz de este principio hay que estudiar el «gran conflicto» que se ha manifestado, y continúa manifestándose entre el «mundo del capital» y el «mundo del trabajo» (Ibíd. 11). Aceptando que el trabajo y el capital son componentes inseparables del proceso de producción, para superar el antagonismo entre uno y otro se impone la necesidad de una permanente concertación de legítimos intereses y aspiraciones; concertación entre aquellos que disponen de los medíos de producción y los trabajadores. Pero, «los justos esfuerzos por asegurar los derechos de los trabajadores, . . . deben tener siempre en cuenta las limitaciones que impone la situación económica general del país. Las exigencias sindicales no pueden transformarse en una especie de "egoísmo" de grupo o de clase, por más que puedan y deban tender también a corregir - con miras al bien común de toda la sociedad - incluso todo lo que es defectuoso en el sistema de propiedad de los medios de producción o en el modo de administrarlos o de disponer de ellos» (Ibíd. 20).

En la época del trabajo mecanizado, el que se hace en esta Ciudad Guayana, el hombre no puede perder su puesto de privilegio dado por el Creador: ser el sujeto del trabajo y nο el esclavo de la máquina, de la técnica. Entendida ésta «como un conjunto de instrumentos de los que el hombre se vale en su trabajo», es «indudablemente una aliada del hombre», porque «le facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica». Pero la técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como cuando la mecanización del trabajo, ‘suplanta’ al hombre, quitándole toda satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad: cuando quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce al hombre a ser su esclavo» (IOANNIS PAULI PP. II Laborem Exercens, 5).

Por esto el «evangelio del trabajo» debe ser llevado a la labor concreta de cada día, viviendo el mensaje de Jesús dentro del trabajo y sabiendo que Cristo está cercano al trabajador en su vida concreta, que El pertenece al mundo del trabajo y que éste lleva también el signo de su Cruz: sufrimiento, fatiga, frustración y dolor. Ese es también el camino de la Iglesia: estar muy cerca del mundo del trabajo hoy.

7. Esta imagen del trabajo que la doctrina social de la Iglesia recibe en herencia en la Palabra del Dios vivo, contando con las experiencias siempre vivas del mundo del trabajo humano, tiene todavía otro punto central de referencia. En el Evangelio de hoy escuchamos las palabras sobre «el hijo del carpintero» (Matth. 13, 55). Jesucristo, Hijo del Dios Vivo, de la misma substancia del Padre, se hizo hombre como Verbo Eterno. Y como hombre, durante muchos años de su vida oculta en Nazaret, ha trabajado junto a San José, que para los hombres era su «padre». Por esto fue llamado «el hijo del carpintero», pues José era artesano, carpintero. Jesús de Nazaret durante tantos años de su vida, que fue toda misión mesiánica, realizó el trabajo manual.

De este modo ha unido el trabajo humano con la obra de la Redención del mundo, a la vez que ha confirmado la dignidad del mismo, que tiene su comienzo en Dios. Por lo tanto los hombres del trabajo, y en particular los del trabajo manual, justamente miran a San José y al «hijo del carpintero», buscando en ellos la confirmación de los valores esenciales del trabajos y de esta dignidad que corresponde al hombre que trabaja.

Hablando a los hombres del trabajo industrial en esta región de Venezuela, deseo también abrazar con nuestra comunidad eucarística, y con esta homilía, las vastas multitudes de hombres que trabajan de cualquier modo, pero sobre todo a los que trabajan en los campos: a los campesinos.

Sí, a los campesinos, porque: «Vosotros sois fuerza dinamizadora en la construcción de una sociedad más participada» (Puebla, 1245); y sin embargo no tenéis, muchos de vosotros, «la facultad de participar en las opciones decisorias correspondientes a las prestaciones sociales», o no disponéis de las ventajas prácticas «del derecho a la libre asociación en vista de la justa promoción social, cultural y económica» (IOANNES PAULI PP. II Laborem Exercens, 21); no obstante, seguís ofreciendo «a la sociedad los bienes necesarios para su sustento diario» (Ibíd.).

Por ello quiero reafirmar la gran dignidad de vuestra misión y de vuestras personas, no inferior a la de cualquier otra categoría social. Vivid, pues, vuestra condición de campesinos con dignidad, con deseo de superación, con sentido solidario entre vosotros mismos, y no dejéis de elevar, desde vuestros campos, la mirada y el corazón hacía Dios. Elevadlo con una plegaría.

He aquí lo que proclama el Salmo de la liturgia de este día: «Antes que naciesen los montes, / o fuera engendrado el orbe de la tierra, / desde siempre y por siempre tú eres Dios. / Tú reduces al hombre a polvo, / diciendo: «retornad, hijos de Adán». / Mil años en tu presencia / son un ayer, que pasó, / una vela nocturna» (Ps. 89 (90), 2-4).

¡Hermosas palabras! ¡Profundas palabras! Encierran la alabanza al Creador que es eterno y omnipotente. Encierran la verdad sobre el hombre que pasa por esta tierra: están contados sus años y días.

Por esto la oración ferviente del Salmista:

Enséñanos a calcular nuestros años, / para que adquiramos un corazón sensato» (Ps. 89 (90), 12).

Es la primera cosa.

Y la segunda:

Por la mañana sácianos de tu misericordia, / y toda nuestra vida será alegría y júbilo» (Ibid. 14).

Y finalmente lo que es más importante:

Que tus siervos vean tu acción / y tus hijos tu gloria» (Ibíd. 16).

Junto con todos los hombres del trabajo, de esta Ciudad Guayana y de toda Venezuela, pido a Dios, como Pastor de la Iglesia, lo mismo que hace siglos pedía el Salmista:

que el trabajo llegue a ser para vosotros, amados hermanos y hermanas, una participación en la obra divina de la Creación y Redención; que llegue a ser para vosotros y para vuestros hijos la garantía de la gloria de Dios.

¡Dios bendiga a vosotros y vuestro trabajo!

¡Y que la Virgen Santa, Nuestra Señora del Valle, os acompañe siempre!

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 

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