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LITURGIA EUCARÍSTICA EN LA PLAZA DE SAN JUAN DE LETRÁN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo Jueves
6 de junio de 1985
1. «...Esto es mi cuerpo».
«Esta es mi sangre, sangre de la alianza» (Mc 14, 22. 24).
Estas son las palabras que marcaron con un
nuevo sello el plan divino de la salvación del hombre. Son las palabras que
instituyeron la Nueva Alianza.
Para pronunciarlas —para instituir el
Sacramento de su Cuerpo y Sangre— Cristo mandó a los discípulos que
encontraran un lugar adecuado: «¿Dónde está la habitación en que voy a comer
la Pascua con mis discípulos?» (Mc 14, 14).
Esa habitación, el lugar de la última
Cena, se llama Cenáculo. Cada año la Iglesia que está en Roma se reúne en su
catedral, la basílica de Letrán, para celebrar en ella el memorial de la
última Cena: el Jueves Santo. Este lugar ha venido a ser el cenáculo de la
Iglesia de Roma.
2. También hoy estamos en este lugar.
Venimos aquí todos, para renovar la memoria del Sacramento, por medio del cual
Jesús ha dado a la humanidad su Cuerpo y su Sangre como comida y bebida.
Este año renovamos el recuerdo de la
institución de la Eucaristía, leyendo el Evangelio según San Marcos.
«Mientras comían, tomó un pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: "Tomad, esto es mi Cuerpo".
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.
Y les dijo: "Esta es mi Sangre, sangre de la alianza, derramada por todos"» (Mc
14, 22-24).
3. «Sangre de la alianza».
Jesús pronuncia estas palabras ante los
Apóstoles, cuyo número de doce corresponde a las doce tribus de Israel.
Ante estas doce tribus, como leemos
hoy en el libro del Éxodo, Moisés «bajó y contó al pueblo todo lo que
había dicho el Señor y todos sus mandatos... Tomó el documento de la alianza y
se lo leyó en alta voz al pueblo» (Ex 24, 3. 7).
Las tribus de Israel contestaron: «Haremos
todo lo que dice el Señor». Entonces «Moisés tomó la sangre y roció al pueblo,
diciendo: "Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros,
sobre todos estos mandatos"» (Ex 24, 7-8).
La sangre de la alianza.
La antigua alianza, sellada con la sangre
de los animales que habían de ser inmolados.
4. En el Cenáculo de Jerusalén Cristo se
manifiesta mediador de la Nueva Alianza, El que «con su propia sangre» debe
entrar «una vez para siempre en el santuario..., consiguiendo la liberación
eterna» (Heb 9, 12).
El mediador de la Nueva Alianza.
El Sumo Sacerdote de los bienes futuros.
Cristo, «que, en virtud del Espíritu
eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar... la
conciencia de las obras muertas, llevádonos al culto del Dios vivo» (Heb
9, 14).
El Sumo Sacerdote de los bienes futuros: «y
así,.. los que son llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna» (Heb
9, 15).
Cristo, mediador de la Nueva y Eterna
Alianza con su propia Sangre.
5. Esta Sangre es la sangre de su Cuerpo. Y
el Cuerpo es el templo de su Sangre. Cuando inmole su Cuerpo en la cruz,
derramará la Sangre, convirtiéndose en holocausto total del Sacrificio
perfecto.
«Os aseguro que no volveré a beber del
fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios» (Mc
14, 25).
Por medio del Sacrificio instituido en
el Cenáculo, bajo las especies del pan y del vino,
Cristo —Sumo Sacerdote de los bienes futuros— «entra una vez para siempre en el
santuario».
Y nos introduce en este lugar.
El Sacramento del Cuerpo y de la Sangre es
el Sacramento del camino. De ese camino a lo largo del cual el hombre
avanza hacia sus destinos eternos en Dios mismo. Del camino que desde la vida
inmersa en la temporalidad, desde la vida que pasa, nos lleva a la
vida eterna.
6. Hoy nos hemos reunido de nuevo aquí
en Letrán. Como el Jueves Santo. Pero esta vez no dentro de la basílica, que
recuerda el lugar cerrado del Cenáculo, sino en el exterior.
Dispuestos para partir.
Efectivamente, debemos ir en procesión por
las calles de Roma, para dar testimonio de que el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, de que la Eucaristía es el Sacramento del camino: de ese camino a lo
largo del cual nos guía el Dios de la Alianza.
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del
cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).
Queremos dar testimonio precisamente en
medio de nuestra comunidad. Y queremos decir a todos los hombres: el
camino del hombre es el camino de la vida eterna.
En medio de esta ciudad, en medio de estas
calles, de estos edificios, de estos lugares de la multiforme actividad del
hombre, dirigida hacia la temporalidad, queremos hablar del Sacramento
de la vida eterna en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
7. Queremos dar testimonio de la Alianza.
Dios, que ha creado al hombre a su imagen y
semejanza, es desde el principio el Dios de la Alianza.
El Dios de Abrahán. El Dios de Moisés. El
Dios de Jesucristo.
La Eucaristía: el Sacramento de la Alianza
del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, de la Alianza que es eterna.
Esta es la Alianza que abarca a todos. Esta
Sangre llega a todos y salva a todos.
En medio de aquellos que han olvidado, / de
aquellos, que no ven, / de aquellos, que son indiferentes, / de aquellos, que
son contrarios, / gritamos:
¿Qué daré al Señor yo, hombre, / por
todo la que me ha dado?
Por encima de todas las complicaciones de
la historia, por encima de las amenazas de nuestro tiempo, por encima de las
peripecias de los corazones humanos, de las mentes y de las conciencias, la
Iglesia «alza el cáliz de la salvación» (cfr. Sal 115/116, 131; alza
la Eucaristía.
© Copyright 1985 - Libreria Editrice
Vaticana
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