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VIAJE APOSTÓLICO A COLOMBIA

MISA EN EL SANTUARIO MARIANO DE CHIQUINQUIRÁ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 3 de julio de 1986

 

1. ¡Dichosa Tú que has creído! (cf. Lc 1, 45)

Como peregrino a tu santuario de Chiquinquirá, me postro ante Ti, oh Madre de Jesús, pronunciando las palabras con las que te saludó Isabel, la esposa de Zacarías, en el umbral de su casa.

¡Dichosa Tú, que has creído!

Dichosa, porque a impulsos de tu fe, en respuesta al anuncio del Angel, acogiste en tu seno la Palabra del Dios vivo.

Dichosa Tú por haber pronunciando aquel bienaventurado “fiat” que te convirtió, por virtud inefable, de Sierva del Señor en la Madre del Verbo Eterno: Dios de Dios, Luz de Luz, hecho hombre en tus entrañas virginales. ¡El Verbo se hizo hombre!(cf. Jn 1, 14).

¡Dichosa Tú, porque gracias a tu acatamiento de la Palabra de Dios, se cumplió, ya en la plenitud de los tiempos, el acontecimiento más señalado por los profetas para la vida y para historia de la humanidad: “El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz grande” (Is 9, 2):  tu Hijo Jesucristo, el Hijo del Dios vivo, el Redentor del hombre, el Redentor del mundo!

2. ¡Dichosa Tú, que has creído!

Son muchos los lugares en la tierra desde los cuales los hijos del Pueblo de Dios, nacidos de la Nueva Alianza, te repiten a porfía las palabras de esta bienaventuranza: “Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mi?” (Lc 1, 42-43) 

Y uno de esos lugares, que Tú has querido visitar, como la casa de Isabel, es éste: el santuario mariano del Pueblo de Dios en tierra colombiana.

Aquí en Chiquinquirá quisiste, oh Madre, disponer para siempre tu morada. Durante cuatro siglos, tu presencia vigilante y valerosa ha acompañado ininterrumpidamente a los mensajeros del Evangelio en estas tierras para hacer brotar en ellas, con la luz y la gracia de tu Hijo, la inmensa riqueza de la vida cristiana. Bien podemos repetir hoy, recordando las palabras de mi venerado predecesor el Papa Pío XII, que “Colombia es jardín mariano, entre cuyos santuarios domina, como sol entre las estrellas, Nuestra Señora de Chiquinquirá”.

Amadísimos hermanos y hermanas: Al cumplirse el cuarto centenario de la Renovación de esta venerada imagen, me sumo gozosamente a vosotros en esta peregrinación de fe y de amor. He venido a este lugar a postrarme a los pies de la Virgen, deseoso de confortaros en la fe, esto es, en la verdad de Jesucristo, de la cual forma parte la verdad de María y la verdadera devoción hacia Ella. Quiero también orar con vosotros por la paz y la prosperidad de esta amada nación, ante Aquella que proclamáis Reina de la Paz y que con afecto filial invocáis como Reina de Colombia.

3. En mi peregrinación a este santuario, quiero abrazar en mi saludo de fe y de amor a la Virgen, a todos cuantos están viviendo con vuestra presencia o en espíritu estos momentos de gracia: en primer lugar a mis hermanos en el Episcopado, en particular, a los Pastores de la provincia eclesiástica de Tunja: los obispos de Chiquinquirá, Duitama, Garagoa y Casanare. Asimismo a las autoridades, encabezadas por el Señor Presidente de la República; a los Pueblo de Dios que en este santuario de María se encuentra como en su propia casa, por ser casa de la Madre común. Mis manos se alargan, en aras de fervor mariano, para estrechar de modo singular en el mismo abrazo a todos vosotros, los campesinos, quienes a base de esfuerzo y de sudor cultiváis esta tierra, participando en el misterio de Dios, creador y providente: Dios que da la lluvia para que la tierra dé sus frutos (cf. Sal 85 [84], 13). 

Este, queridos amigos campesinos de Boyacá, es vuestro santuario. También a vosotros os ha querido visitar la Virgen María: más aún, quiso quedarse entre vosotros y con todo el pueblo colombiano, como Madre llena de ternura, decidida a compartir sin desmayo vuestros sufrimientos y alegrías, dificultades y esperanzas. ¡Cuántas veces Ella, invocada con urgente necesidad ante esta imagen, ha dejado su santuario para ir a remediar calamidades y penas de sus hijos, llevada por la misma solícita caridad con que fue a visitar a Isabel!

Y es así como de generación en generación y desde este santuario, tan esmeradamente custodiado por la Orden Dominicana, sube a diario hasta el cielo su voz, haciéndose eco fiel de la vuestra: “Engrandece mi alma al Señor... porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso” (Lc 1, 46-49) .

4. “Yo te bendigo, Padre... porque has revelado estas cosas a los pequeños” (Mt 11, 25).  Estas palabras de Jesús brotan hoy espontáneamente de mi corazón al escuchar la tradición de la Renovación de esta imagen de Chiquinquirá que, a través de una devoción firme y sencilla, habéis conservado a lo largo de vuestra historia. Vuestra querida imagen, coronada el año 1919, fue proclamada Patrona de Colombia; y el pueblo colombiano quiso consagrarse a María para afianzar los lazos de afecto que lo unen a la Madre de Dios.

5. La devoción mariana, característica de toda la historia de Colombia, forma ya parte de vuestra alma nacional, es tesoro preciado de vuestra cultura. El amor a la Virgen María es a la vez garantía de unidad y de fe católica: “el pueblo sabe que encuentra a María en la Iglesia católica” (Puebla, 283).  Sí, Ella nos lleva a Jesús. Nos lo muestra como Maestro y Salvador; nos invita a meditar sus misterios y a vivirlos en nuestra propia experiencia.

Mostrándonos el Rosario, nos está anunciando a Cristo, nos descubre los misterios de su humanidad, la gracia de la Redención, la victoria sobre la muerte y su gloriosa resurrección, el misterio de la Iglesia que hace en Pentecostés, la esperanza de la vida eterna y de la futura resurrección en el misterio de su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. ¡Qué fuente inagotable de inspiración para la piedad cristiana, la contenida en el santo rosario! No dejéis de alimentar vuestra vida espiritual queridos hermanos, con el rezo de esta oración mariana por excelencia.

María sigue siendo la Madre del Señor, la que leva por los caminos del mundo, irradiando la salvación, a Aquel que es el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Dios cercano que ha venido a habitar en medio de los hombres (cf. Jn 1, 14). 

6. Por eso María es la “Estrella de la evangelización”; la que, con su bondad maternal, acerca a todos y en especial a los humildes— a los más sublimes misterios de nuestra religión.

Bien lo sabéis vosotros, mis queridos campesinos, para quienes María es como la síntesis del Evangelio, la que ilumina vuestras vidas, da sentido al gozo y al dolor, os infunde esperanza y os alienta en vuestras dificultades, mostrándoos a Cristo, el Salvador.

La sentís cercana porque es Madre, pero también porque Ella “sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación” (Lumen gentium, 55). 

Pero además, con una intuición profunda, sabéis que en Ella se cifran también las esperanzas de los pobres porque el canto de la Virgen es el anuncio profético del misterio de la salvación integral del hombre. “Ella nos muestra que es por la fe y en la fe, según su ejemplo, como el Pueblo de Dios llega a ser capaz de expresar en palabras y de traducir en su vida el misterio del deseo de salvación y sus dimensiones liberadoras en el plano de la existencia individual y social” (cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Libertatis Conscientia, 97). 

El Señor derriba a los potentados de sus tronos y enaltece a los humildes” (cf. Lc 1, 52). 

7. Guiados por esa fe sencilla y por esa esperanza sin límites, con amor filial, vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, visitáis con frecuencia el santuario de vuestra Madre.

Y hoy estáis aquí reunidos conmigo, Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, en esta común peregrinación jubilar.

Sí Estamos. Y juntos gritamos a María: “Bienaventurada Tú, que has creído”.

Tu fe es incesantemente la guía de nuestra fe. El Espíritu Santo se vale de Ti oh Sierva del Señor, para derramar sobre nosotros la gracia de la que fuiste llena con el anuncio del Ángel.

Participamos en tu fe, María.

En el horizonte de nuestra vida —de esta vida nuestra, a veces difícil y llena de oscuridad—aparece una gran luz: Jesucristo tu Hijo, al que nos entregas con amor de madre. El profeta Isaías nos dice del Mesías en la primera lectura de esta celebración litúrgica: “Se llamará su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la Paz”(Is 9, 5). 

8. “Príncipe de la Paz... para dilatar el principado, con una paz sin límites... para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho”(Is 9, 5-6).

Con qué ardor deseamos que este poder salvador de Cristo penetre también los problemas de nuestro mundo, que penetre las acciones del hombre, las conciencias y los corazones, toda la vida moral de las personas, de las familias, de los ambientes, de la sociedad entera.

Con cuánto ardor anhelamos que el “derecbo y la justicia” de que Cristo es portador, se conviertan en piedra angular, en sólido principio para afrontar y resolver en paz y concordia las diferencias y los problemas que hoy contraponen a los pueblos, a los grupos, a los individuos.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, / la justicia y la paz se besan” (Sal 85 [86], 11). 

El reinado de Cristo, al que ha abierto el camino el “fiat” de María, es la actuación del plan salvífico del Padre en la justicia y la paz; la paz nace dela justicia, esa justicia que tiene en Dios su principio firme y supremo. En Dios creador, que ha encomendado al hombre el dominio de la tierra y le ha fijado las leyes del respeto a sus hermanos, para que sean valorizados sus esfuerzos y retribuidos sus trabajos.

A este respecto, particular atención debe dispensarse al campesinado. Con su trabajo, hoy como ayer, los agricultores ofrecen a la sociedad unos bienes que son necesarios para su sustento. Por su dignidad como personas y por la labor que desarrollan ellos merecen que sus legítimos derechos sean tutelados, y que sean garantizadas las formas legales de acceso a la propiedad de la tierra, revisando aquellas situaciones objetivamente injustas a las que a veces muchos de ellos son sometidos, sobre todo en el caso de trabajadores agrícolas que “se ven obligados a cultivar la tierra de otros y son explotados por los latifundistas, sin la esperanza de llegar un día a la posesión ni siquiera de un pedazo mínimo de la tierra en propiedad” (Laborem excerns, 21). 

9. Sed vosotros, queridos campesinos, por vuestra fe en Dios y por vuestra honradez, por vuestro trabajo y apoyados en adecuadas formas de asociación para defender vuestros derechos, los artífices incansables de un desarrollo integral que tenga el sello de vuestra propia humanidad y de vuestra concepción cristiana de la vida.

La devoción a la Virgen María, tan firmemente arraigada en vuestra genuina religiosidad, tan popular, no puede y no debe ser instrumentalizada, por nadie; ni como freno a las exigencias de justicia y prosperidad que son propias de la dignidad de los hijos de Dios; ni como recurso para un proyecto puramente humano de liberación que muy pronto se revelaría ilusorio. La fe que los pobres ponen en Cristo y la esperanza de su reino tienen como modelo y protectora a la Virgen María.

María, aceptando la voluntad del Padre, abre el camino de la salvación y hace posible que con la presencia del reino de Dios se haga su voluntad en esta tierra así como ya se hace en el cielo. María, proclamando la fidelidad de Dios por todas las generaciones, asegura la victoria de los pobres y de los humildes; esa victoria que ya se refleja en su vida y por la cual todas las generaciones la llamarán bienaventurada (cf. Lc 1, 46-53). 

10. Te damos gracias, Santa Madre de Dios, por tu visitación. Hoy te damos gracias por la visitación que desde hace cuatro siglos sigues haciendo a esta tierra colombiana en tu santuario de Chiquinquirá.

Contigo, oh María, cantamos el “Magníficat” con ocasión de este jubileo: “Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador” (Ibid., 1, 46-47). 

Te damos gracias por todas las generaciones que han pasado por este santuario y han experimentado el fortalecimiento de su fe, encontrando en él la reconciliación con Dios y el perdón de los pecados.

A Ti, Virgen María, confiamos los anhelos de renovación de nuestra humanidad, porque Tú eres la mujer nueva, la imagen de la nueva creación y de la nueva humanidad.

Al celebrar el cuarto centenario de la renovación milagrosa de la imagen de la Virgen de Chiquinquirá, la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia nos invita, queridos hermanos, a una profunda renovación espiritual, a un esfuerzo por vivir con toda integridad los compromisos de fidelidad del bautismo recibido, ahora va a hacer cinco siglos, por esta nación que con razón se precia de llamarse católica.

Es una invitación, con palabras del Apóstol San Pablo, “a renovar el espíritu de vuestra mente y a revestiros del hombre nuevo creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 23-24). En la justicia de Dios que renueva con su perdón los corazones para que de un corazón nuevo se irradien las obras nuevas de los hijos de la luz; en la santidad que tiene que ser distintivo de la comunidad eclesial y que se traduce en una vida moral y en un compromiso de servicio fraterno en plena coherencia con la voluntad del Señor; una renovación en la verdad de la conciencia, en la sinceridad de las relaciones sociales, en la transparencia evangélica del modo de ser y de comprometerse.

La Virgen María invita hoy a todos sus hijos de Colombia, como en otro tiempo en Caná de Galilea, a escuchar a su Hijo: “Haced lo que él os diga”(Jn 2, 5).  En el Evangelio de Jesús está el programa de una renovación personal, comunitaria, social que asegura la justicia y la paz entre todos los hermanos de esta noble nación.

11. ¡Renovaos en la verdad de Cristo! ¡Renovaos en el Espíritu de Cristo! ¡Para que podáis reflejar esa imagen de la nueva humanidad que os promete María al ofreceros a Cristo, el Hombre nuevo, el Salvador y Redentor del hombre, el Príncipe de la Paz! Así, el canto de María será también vuestro canto de acción de gracia porque el Poderoso ha hecho maravillas en la Iglesia de Colombia, en toda vuestra patria, proyectándola hacia un nuevo compromiso de evangelización y de testimonio misionero en América Latina y en el mundo entero.

Junto a Ti, oh María, nuestra alma engrandece al Señor que ha hecho grandes cosas en Ti y también en nosotros, por tu mediación, por tu intercesión ante tu Hijo, por tu maternal protección.

Glorifiquemos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo: Su salvación está ya cerca de sus fieles / y su gloria habita ya en nuestra tierra (cf. Sal 85 [84], 10) . 

 

© Copyright 1986 - Libreria Editrice Vaticana

 

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