“Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn
4, 16).
1. “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21, 9).
La Iglesia repite hoy en toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret.
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!” (Ibíd.).
Jesús, rodeado por sus discípulos, entra en la Ciudad Santa montado sobre un
asno. También en esta ocasión, como subraya el Evangelista, se cumple en
Jesús lo anunciado por el Profeta:
“Decid a la hija de Sión: he aquí que viene a ti tu Rey con mansedumbre, sentado
sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga” (Mt 21, 5).
La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos, en recuerdo de los ramos que
extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús,
saludado con todo entusiasmo por la multitud.
Los cantos litúrgicos de este domingo nos recuerdan que la juventud
participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los “pueri Hebraeorum”
–los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como protagonistas de la
aclamación popular al Hijo de David.
Parece como si los jóvenes, presentes en aquella primera entrada jubilosa de
Cristo en Jerusalén, quisieran acompañarlo para siempre de manera especial, cada
vez que la Iglesia celebra esta fiesta, singularmente vuestra.
2. En el Año Santo de la Redención 1983-1984, multitud de jóvenes de distintos
países y continentes acudieron en peregrinación a Roma, el Domingo de Ramos,
para celebrar aquel Jubileo conmigo. Fue una jornada maravillosa e inolvidable,
que volvimos a revivir el año siguiente, con ocasión del Año Internacional de la
Juventud. Desde entonces el Domingo de Ramos ha sido proclamado como
Jornada de la Juventud para la Iglesia, en todo el mundo. Este año la
vivimos juntos aquí, en Buenos Aires. Con vosotros, jóvenes de toda la
Argentina, están los que han venido de los diversos países de América y de otras
partes del mundo, entre los que se cuentan delegaciones de jóvenes de Roma, que
es la diócesis del Papa, y de diversas asociaciones y movimientos
internacionales.
Saludo afectuosamente a todos los que formáis parte de la gran comunidad
juvenil de todo el mundo. Al mismo tiempo, mi saludo se dirige a los
Pastores de la Iglesia aquí presentes: al cardenal Juan Carlos Aramburu,
arzobispo de Buenos Aires; al cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de
Córdoba y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina; al cardenal Eduardo
Francisco Pironio, Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, organismo
que prepara estas Jornadas mundiales. Saludo especialmente a los obispos,
venidos de países próximos y lejanos para acompañar a los jóvenes de sus
diócesis y celebrar junto al Papa esta Jornada de particular significado
eclesial. Saludo también a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a
todos aquellos que han acompañado a los jóvenes en esta peregrinación. Gracias
por vuestra presencia.
Desde la capital de la República Argentina, nos unimos en espíritu con la
basílica de San Pedro y con Roma, centro de la Iglesia universal, donde el Señor
ha querido que naciera esta fiesta de la juventud: y también nos sentimos muy
unidos a los jóvenes de todos los lugares de la tierra que celebran,
junto a sus Pastores, esta fiesta anual, ya sea el Domingo de Ramos, o bien
cualquier otro día del año, adecuado a la situación y a las circunstancias
locales.
3. Al unir la Jornada de la Juventud al Domingo de Ramos, señalando la presencia
de los jóvenes en el Hosanna gozoso que saludó a Cristo cuando entraba a la
Ciudad Santa, la Iglesia no se fija solamente en el entusiasmo de la juventud de
todos los tiempos; se fija, sobre todo, en el significado que aquella entrada
tuvo en la vida de Cristo y. a través de El, en la vida de cada hombre, de cada
joven.
Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que la entrada solemne de Jesucristo en
Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos de la Semana Santa.
Aquellos que al ver a Jesús preguntaban: “¿Quién es éste?”, sólo
hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos durante los días decisivos
de su muerte y resurrección. También vosotros, jóvenes, alcanzaréis la
comprensión plena del significado de vuestra vida, de vuestra vocación, mirando
a Cristo muerto y resucitado. Añadid, pues, al natural atractivo que Cristo
despierta en vuestros corazones –y que aquellos jóvenes de Jerusalén expresaron
con el entusiasmo de su Hosanna– la consideración atenta y reposada de los
acontecimientos de la Semana Santa.
Hoy hemos escuchado la narración, que de esos hechos hace San Mateo en su
Evangelio. Y, aunque sus palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un
hondo sentimiento en nosotros. Cuando del texto emerge la figura del hijo del
hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta
propuestas por la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de
que los hechos se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.
Isaías escribía del futuro Mesías: “Di mi cuerpo a los que me herían, y mis
mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me
injuriaban y me escupían” (Is 50, 6).
Comparando sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la
mañana del viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como si
fuera testigo de aquellas escenas.
Con igual precisión, el Salmo de la liturgia de hoy preanuncia los
sufrimientos de Cristo:
“ Todos los que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la
cabeza: / Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama ” (Sal
22 [21], 8-9).
Son palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los
menores detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Entonces se
cumplirán también las palabras del Salmista que describen las llagas de Cristo –“Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis huesos”(Ibíd.,
17-18)– y la
división de sus vestiduras –“ Se repartieron mis vestiduras y sobre mi
túnica echaron suertes” (Ibíd., 19)–.
4. El relato de la pasión del Señor nos acompaña hoy hasta el momento en que el
cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, queda puesto en un sepulcro de piedra. Y,
sin embargo, la liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el
misterio pascual de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda
lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para
descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la
plena dimensión del misterio divino.
¿Quién es Jesucristo? podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que
lo vieron entrar en Jerusalén.
Jesucristo, “siendo de naturaleza divina, no consideró como presa
codiciada el ser igual a Dios. Por el contrario, se anonadó a Sí mismo tomando
la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2, 6-7).
Jesucristo es por tanto verdadero Dios, Hijo de Dios, el cual, habiendo
asumido la naturaleza humana, se hizo hombre. Vivió sobre esta tierra
como Hijo del hombre. Y en El, precisamente en cuanto Hijo del hombre, tuvo
cumplimiento la figura del Siervo de Yavé, anunciado por Isaías.
5. Mientras Jesús hace su entrada en Jerusalén montado sobre un borrico,
nosotros nos seguimos preguntando, como lo haría seguramente aquella muchedumbre
que le rodeaba: ¿Qué ha hecho Jesucristo en su vida?
Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera,
densas en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: “Hacía y enseñaba”
(cf. Hch 1, 1); “Pasó haciendo el bien... a todos...” (cf. Ibíd.,
10, 38); “¡Jamás un hombre ha hablado como
habla este hombre!” (Jn 7, 46). Y no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús
serían incompletas, si no habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida
de Cristo cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la
vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien a la pregunta antes
formulada:
“Mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).
El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto
fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple
“su hora” (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para
morir por nosotros.
Es importante subrayar la afirmación paulina: Cristo “se humilló a Sí mismo
haciéndose obediente hasta la muerte”. No es lícito medir la muerte de Cristo
con la medida corriente de la debilidad y limitación humanas. Debe mirarse con
la verdadera medida de la obediencia salvífica. Su muerte no es sólo
el término de la vida. Cristo se hace libremente obediente hasta la muerte
de cruz, para dar con su muerte un nuevo inicio a la vida: “Ya que así
como la muerte vino por un hombre, también por un hombre debe venir la
resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así también todos
serán vivificados en Cristo” (1Co 15, 21-22).
6. Junto al infinito anonadamiento de Cristo, Hijo consubstancial del
Padre –como hombre, como Siervo de Yavé, como Varón de dolores–, el Apóstol
proclama al mismo tiempo su exaltación. Al misterio pascual pertenecen
tanto la muerte como la resurrección gloriosa de Cristo, su exaltación. Y su
exaltación comienza ya en la cruz, que es no sólo el patíbulo, sino también el
trono glorioso de Dios hecho hombre; en la cruz, Cristo muerto nos obtiene la
verdadera vida: en la cruz, Cristo vence el pecado y la muerte.
Por eso Dios exalta a Cristo, que se ha entregado a Sí mismo por nosotros
en la cruz. Lo exalta en el horizonte de toda la historia del hombre sometido a
la muerte, y esta exaltación es de dimensión cósmica.
San Pablo escribe: “Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que
está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en
los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo
es el Señor!, para la gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).
Sí, Jesucristo es el Señor.
Creemos en Jesucristo nuestro Señor.
7. Queridos jóvenes amigos: ¿Por qué este día, Domingo de Ramos, se ha
convertido en vuestra Jornada?
Esto ha ocurrido poco a poco: desde hace tiempo, este día atraía y reunía, sobre
todo en Roma, a muchos jóvenes peregrinos.
Quizá de este modo habéis querido sumaros a los jóvenes y a las jóvenes de
Jerusalén, “pueri hebraeorum”, que asistieron a la llegada de Jesús para las
fiestas. Habéis querido asumir su entusiasmo, que se expresaba en las
palabras ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Sin embargo, el entusiasmo dura poco. Puede acabarse en un solo día. En cambio,
el Domingo de Ramos nos introduce en todos los sucesos de la Semana Santa, en el
misterio total de Jesucristo: en su entrega hasta la muerte en la cruz por
obediencia al Padre, en el anonadamiento del Hijo que, siendo igual al Padre, ha
asumido la condición de siervo hasta sus últimas consecuencias.
Se podría decir que los jóvenes habéis sido atraídos por la cruz de Cristo; que
vuestro entusiasmo, precedido por los “pueri hebraeorum” y expresado también
con el “¡Hosanna... Bendito el que viene en nombre del Señor!”,
adquiere ante el misterio pascual todo su significado. Alabando al Profeta de
Galilea, Jesús de Nazaret, proclamáis a la vez vuestra fe en Jesucristo Dios y
Hombre, Redentor del hombre y del mundo.
8. Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo,
es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su
culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de
las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué
punto “Dios es amor” (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera
dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y
destinado a vivir eternamente con El en su amor.
“Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (Ibíd.,
4, 16). Así
se expresa San Juan en el texto que meditaremos como lema de esta Jornada
mundial de la Juventud. Queridos jóvenes: Celebrad siempre en vuestra vida el
misterio pascual de Jesús, acogiendo en vuestros corazones el don del amor de
Dios: “Me ha amado y se ha entregado por mi” (Ga 2, 20). Empapados por la fuerza
divina del amor, comprometed vuestras energías juveniles en la construcción de
la civilización del amor.
Guiados por el “sentido de la fe” seguid, al mismo tiempo, la voz de aquello
que en el corazón humano y en la conciencia es lo más profundo y lo más noble,
de aquello que corresponde a la verdad interior del hombre y de su
dignidad. Así seréis capaces de entender la lógica divina, capaces de superar
las pobres razones humanas, y penetraréis en la dimensión nueva del amor que
Cristo nos ha manifestado.
Esta es la verdadera razón por la que venís a celebrar este día.
¡Venid, jóvenes! ¡Acercaos a Cristo, Redentor del hombre! Ese es el sentido que
tiene vuestra presencia en la plaza de San Pedro en Roma, y hoy en esta gran
avenida de la capital argentina. Es Cristo quien os atrae, es El quien os llama.
Y junto a Jesucristo, nuestra Madre Santa María, que ha venido desde su
santuario de Luján para estar con nosotros. A Ella os encomiendo al final de
esta celebración. Sé muy bien todo lo que Nuestra Señora de Luján significa para
vosotros, jóvenes argentinos, como meta de vuestras peregrinaciones anuales, a
las que concurrís en gran número, llenos de devoción a la Madre de Dios, con
manifiesta generosidad y esperanza.
Veo en vosotros a todos vuestros coetáneos: a los jóvenes y a las jóvenes con
los que he tenido la dicha de reunirme en tantas partes del mundo, y también a
aquellos otros con los que nunca he podido estar. A todos ellos nos unimos en
espíritu, para invitarles a acercarse a Cristo en este día santo.
9. A todos me dirijo y a todos os digo: Dejaos abrazar por el misterio del
Hijo del hombre, por el misterio de Cristo muerto y resucitado. ¡Dejaos
abrazar por el misterio pascual!
Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en
vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo
que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta.
El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de
Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y
resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino
último y definitivo.
Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y
especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su
valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida,
saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia
vida.
10. Sólo acogiendo el misterio pascual en vuestras vidas podréis “responder a
cualquiera que os pida razón de la esperanza que está en vosotros” (1P 3,
15). Sólo
acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y
nobles anhelos de vuestro corazón.
¡Jóvenes: Cristo, la Iglesia, el mundo esperan el testimonio de vuestras
vidas, fundadas en la verdad que Cristo nos ha revelado!
¡Jóvenes: El Papa os agradece vuestro testimonio, y os anima a que seáis siempre
testigos del amor de Dios, sembradores de esperanza y constructores de paz!
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, El
solo tiene palabras de vida eterna.
Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre
presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo
mismo, identificados con El en todo.
©
Copyright 1987 - Libreria Editrice Vaticana