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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y ORDENACIONES SACERDOTALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Florida (Uruguay)
Domingo 8 de mayo de 1988

 

“No me habéis elegido vosotros,
sino que yo os he elegido a vosotros”
(Jn 15, 16)

1. Jesús pronunció estas palabras mientras cenaba con sus Apóstoles reunidos en el cenáculo antes de la pasión. Eran “los suyos” (Ibíd. 13, 1),  aquellos a quienes había llamado uno a uno (Mc 3, 13-19),  y cuyos nombres hemos escuchado en la primera lectura de la liturgia que ahora estamos celebrando.

“No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido a vosotros”.

Son palabras que llegan al corazón, porque Jesús las pronuncia hoy y aquí, en medio de nosotros, queridos hijos y hermanos. Se dirigen, en primer lugar, a los que vais a recibir la ordenación sacerdotal; por la imposición de manos y la oración recibiréis el don del Espíritu Santo que os consagrará a Dios para siempre, configurándoos con Cristo Sacerdote, ministros suyos “para que podáis obrar como en persona de Cristo Cabeza” (Presbyterorum Ordinis, 2). 

Estas palabras van dirigidas también en este día a cuantos por el sacerdocio ministerial, obispos y presbíteros, participamos jerárquicamente del sacerdocio del mismo Cristo y estamos al servicio de la Iglesia, especialmente de la Iglesia en Uruguay.

Saludo al obispo de esta diócesis y a todos los hermanos en el Episcopado, en particular al Pastor y fieles de la vecina diócesis de Canelones, que acaba de cumplir su XXV aniversario de fundación.

Quiero saludar con sincero afecto a todas las personas aquí presentes, a todo el Pueblo de Dios, a la Iglesia que peregrina en vuestras tierras y que estoy visitando estos días como Pastor de la Iglesia universal.

2. Mis queridos hermanos: En nombre y en presencia de Cristo Resucitado nos reunimos hoy para celebrar la Eucaristía. Esta es una ocasión particularmente solemne, pues en ella tiene lugar una ordenación sacerdotal. Nos acompaña además como testigo de excepción, la Purísima Virgen de los Treinta y Tres, Patrona de vuestra nación, Madre cariñosa de cada uno de los uruguayos. También yo he querido hacerme peregrino, junto con vuestro pueblo, para postrarme a sus pies aquí en Florida.

Hoy nos reunimos en cenáculo con María para celebrar una ordenación sacerdotal. Es para mí motivo de particular alegría saber que todos los aquí presentes estáis espiritualmente unidos al Papa en la oración y ofreciendo también a Dios estas primicias de juventud que serán prenda de futuras vocaciones sacerdotales y de fidelidad generosa por parte de quienes se preparan para el sacerdocio.

Cristo se dirigió en el cenáculo a los que había escogido para que fueran ministros de la Eucaristía y les dijo aquellas palabras que después de tantos siglos todavía conmueven nuestros corazones: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 14).

¿Qué es lo que Jesús manda hacer a sus discípulos? ¿Qué es lo que el Señor nos dice a todos nosotros y especialmente a vosotros, que os preparáis para recibir la ordenación sacerdotal?

Pues bien, Jesús nos transmite su mandamiento de amor, para que nosotros, sus ministros, sirvamos a los hermanos como el Buen Pastor, incluso dando la vida por ellos si fuera necesario: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Ibíd. 15, 12).  Es un mandato que nos da a modo de herencia en la víspera de su inmolación en la cruz. Nuestro sacerdocio es participación y ejercicio de esta amistad profunda de Cristo Sacerdote, que ofrece su vida de acuerdo con los designios salvíficos del Padre sobre la humanidad. Por el sacramento del orden sagrado, Cristo os hará “partícipes de su propia consagración y misión”, que es “unción del Espíritu Santo” (Presbyterorum Ordinis, 2).  Cristo os va a comunicar su amistad, una unión con El tan singular, que sus palabras serán vuestras y vuestras palabras serán suyas, su Cuerpo será vuestro y vuestro cuerpo será suyo. En vuestras manos encontraréis todos los días el signo más fuerte de la eficacia de vuestro ministerio: el pan y el vino transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Seréis así instrumentos principales de su victoria sobre el pecado y la muerte, para manifestar su justicia en medio de esta nación y hasta los confines de la tierra.

3. Cristo nos llama a ser servidores y dispensadores de la Eucaristía como un día llamó a los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Nos llama a ser portadores de la amistad divina a todos los hermanos y, ¿cómo no recordar que esta amistad es una llamada a entrar en la intimidad de Cristo para vivir personalmente del misterio de su encarnación y redención?

Debemos adentrarnos más y más en el misterio eucarístico de Cristo, esto es, de entrega al sacrificio, llevados sólo de su amor. Y, como sacerdotes de la Nueva Alianza, hemos de celebrar este misterio como pacto y sacrificio de amor bajo signos sacramentales, es decir, bajo las especies de pan y vino, conforme a la institución del Señor durante la última Cena.

Si celebramos este sacrificio de Cristo, que es el sacrificio del Hijo de Dios hecho hombre, es que somos amigos suyos de un modo particular, pues sólo a los amigos íntimos se confía aquello que constituye la expresión y el fruto del propio amor, lo más querido. En efecto, Jesús deja en nuestras débiles manos su inmolación de Buen Pastor, el precio de las almas, la garantía de la gloria de Dios y de la salvación del mundo. ¿No vale, pues, la pena, aceptar cualquier sacrificio y renuncia a cambio de ser consecuentes con este amor que lo da todo y que por ello puede exigirlo todo?

4. “No os llamo siervos... A vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15). 

Precisamente porque somos amigos del Señor y Redentor del mundo, hemos de ser los servidores del Pueblo de Dios. Por esto nuestro sacerdocio, sin dejar de ser jerárquico, es sacerdocio ministerial, es decir, de servicio. Nuestra misión es la de “servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey” (Presbyterorum Ordinis, 1),  que se prolonga en la Iglesia y nos espera en los hermanos, particularmente en los más necesitados.

Nosotros, queridos ordenandos, no somos ministros de la Iglesia para servirnos de ella, sino para servirla sin esperar premios ni ventajas temporales. Somos ministros y heraldos del Evangelio, que debemos predicar “a tiempo y a destiempo” (2Tm 4, 2)  –como recomienda San Pablo– con toda fidelidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia. Se os encomienda la fe del pueblo cristiano, para que lo instruyáis en la verdad del Evangelio y en el camino de la salvación. Para santificar de veras al pueblo –especialmente por la celebración de los santos sacramentos, la vida litúrgica, la oración– debéis presidir los divinos misterios según las normas de la Iglesia, uniéndoos con la ofrenda de Cristo por la salvación del mundo. Vuestra alegría más profunda, por ser “gozo pascual” (Presbyterorum Ordinis, 11),  es y será siempre la de pertenecer totalmente a Cristo que os ha llamado, que os envía, que os acompaña y que os espera en los hermanos. “Os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15).  Como cristianos, y especialmente como sacerdotes, somos fiduciarios y transmisores de la Palabra que viene de Dios vivo. Es la Palabra del Padre, pronunciada eternamente en el amor del Espíritu Santo. Es el Verbo Encarnado, hecho hombre en las entrañas de la Virgen María, presente en los signos pobres de la Iglesia. Es la Palabra del amor más grande que existe: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El” (1Jn 4, 9). 

¡Vivir por El y para El! Ese es nuestro ideal y nuestra razón de ser como sacerdotes, según sus palabras en la última Cena: “Vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 27).  Dios nos ha enviado a su Hijo para que tuviéramos vida abundante, gracias al sacrificio de la cruz, gracias a la Eucaristía que nos alimenta y santifica.

5. ¡Queridos hermanos y hermanas, todos los que me escucháis, todos los que vivís en esta tierra uruguaya! “¡Dios es Amor!”. Vuestra vida será verdaderamente humana y cristiana si se hace donación a imitación de Dios Amor.

¡Queridos hermanos en el sacerdocio ministerial! Vosotros los que hoy recibís la ordenación sacerdotal y también vosotros, los que con abnegación y sacrificio trabajáis en la viña del Señor: Habéis de ser testigos de este Dios que es Amor y que en Cristo su Hijo se manifiesta como el Buen Pastor que da la vida por amor. Debéis ser servidores del amor que Dios infunde en nuestros corazones por el “sello” indeleble del Espíritu de amor, en nombre de esta amistad con la que Cristo os ha marcado, no declinéis esta hermosa incumbencia de ser servidores del Amor.

Cuidad la unidad de la familia cristiana en la caridad, buscad la oveja perdida, alentad al débil, con paciencia, sabiendo que también vosotros estáis expuestos a la debilidad, aunque seáis sacerdotes (cf Hb 5, 2). Vuestra tarea es inmensa. Estáis en el centro del diálogo de la salvación, entre Dios y los hombres. Por eso, la fidelidad del sacerdote es signo de la fidelidad de Dios que ofrece su gracia en la Iglesia, Esposa de Cristo. Poned en El toda vuestra confianza, porque El os ha elegido y os ha destinado para que vayáis y deis mucho fruto y vuestro fruto permanezca (cf. Jn 15, 16). 

Os encomiendo a Jesús, Buen Pastor, por mediación de su Madre, que es también nuestra Madre. Que Ella os acompañe en todo momento. Recurrid a María, confiaos a su protección, pues el Señor desde la cruz nos la entregó como Madre en la persona del discípulo amado. «Que cada uno de nosotros permita a María que ocupe un lugar “en la casa” del propio sacerdocio ministerial, como madre y mediadora de aquel “gran misterio” (cf. Ef 5, 32),  que todos deseamos servir con nuestra vida» (Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, 25 de marzo de 1988). 

6. Y después de este mensaje sacerdotal, me dirijo ahora a todos los aquí presentes, para compartir la alegría de sentirnos Pueblo de Dios bajo la mirada maternal de María y ante la imagen santa de la Purísima Virgen de los Treinta y Tres.

En este domingo memorable, lleno de gozo pascual, yo, Sucesor del Apóstol Pedro en la sede de Roma y huésped vuestro, lanzo mi llamada a esta tierra uruguaya gritando con las palabras del salmista a todos los aquí presentes y a cuantos en el Uruguay están unidos espiritualmente a nosotros: “Cantad al Señor un cántico nuevo” (Sal 98 [97], 1).  En Cristo Resucitado, “el Señor ha dado a conocer su salvación” (Ibíd. 2),  anunciando la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Tal como acabamos de proclamar, asociando nuestras voces al canto del Salmo, “el Señor ha revelado a los pueblos su justicia” (Ibíd.).  La justicia del Padre no es otra cosa que su misericordia y su fidelidad en todo tiempo y en favor de todos los pueblos; es la salvación que nos ha dado en su Hijo Jesucristo y que nosotros ya hemos recibido. Nosotros ya hemos conocido que esta salvación y justicia de Dios se expresan en el amor, porque Dios es Amor.

7. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98 [97], 3).  También a esta tierra uruguaya, desde hace siglos, se ha revelado la justicia salvadora de Dios, por medio de la predicación de la Iglesia. En medio de vosotros se ha proclamado el perdón que viene de Dios el cual comunica su amor, su misma vida y a todos llama a participar de su propia santidad. Los hijos y hijas de esta tierra ya caminan desde hace siglos en la luz de Cristo.

“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Ibíd.).  Esa victoria de Cristo Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, brilla en la Purísima Virgen María. Ella misma lo proclamó en las palabras del Magníficat: “Dios mi Salvador... ha puesto los ojos en la humildad de su esclava... ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1, 47-49). 

Con vosotros contemplo esta imagen de María Inmaculada, que es vuestra Patrona, y veo en Ella la victoria de nuestro Dios. María es para nosotros “el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios” (Redemptoris Mater, 11).  De esta forma, también en nosotros se cumplen las palabras proféticas que brotaron de sus labios: “Desde ahora todas las generaciones me llamerán bienaventurada” (Lc 1, 48). 

Sí, esta imagen nos pone en ininterrumpida conexión con las generaciones de vuestro pueblo que han ensalzado a María, que han acudido a su protección, que se han dejado guiar por su ejemplo. Esta imagen de la Virgen es una llamada y a la vez un signo de la presencia de la Madre de Dios desde los origines de vuestra nación. Gracias a Ella, ¡cuántas familias han mantenido la unión y el amor!, ¡cuántos jóvenes han encontrado su camino vocacional!, ¡cuántas personas han recuperado la paz y la serenidad!

Su talla en madera de vuestros montes es fruto de esta tierra uruguaya. Manos indias la labraron y trajeron por estos parajes. Amor de indios, blancos y mestizos, le hicieron una pequeña hornacina y le ofrecieron sus tierras. Ahora es ya como un memorial de la historia de cada uno de vosotros, de cada familia, de todo el Uruguay.

Esta imagen nos trae a la memoria la devoción de vuestros mayores a la Madre de Dios, así como su fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. Recordamos a vuestro prócer nacional, José Artigas, que puso bajo la protección de María a las poblaciones de Carmelo y Purificación, y que en los últimos años de su vida os dejó el testimonio humilde del rezo cotidiano del santo rosario.

Vosotros bien sabéis que la historia de vuestra patria está ligada a esta santa imagen. Con su mismo nombre, “La Virgen de los Treinta y Tres”, el pueblo ha querido recordar a los héroes que se pusieron bajo su amparo. Por esto, con toda razón, los uruguayos la ensalzan como Estrella del alba y la proclaman Capitana y Guía por las sendas de la paz y el amor.

8. María Santísima, que llevó en su seno a Cristo, Sacerdote y Redentor, nos invita a apreciar este gran don que nos dejó Jesús: el ministerio sacerdotal. Por esto, amad a vuestros sacerdotes, orad por ellos y encomendadlos a la Virgen. Escuchad sus enseñanzas, acercaos a recibir la vida de Cristo en los sacramentos, especialmente en los de la reconciliación y de la Eucaristía.

Vuestro pueblo, lo sabéis bien, necesita más sacerdotes. Esta preocupación por el fomento de las vocaciones sacerdotales espera la solidaridad de los laicos, ya que ha de ser tarea de todos los bautizados. Pedid pues a María que el Señor os envíe santos sacerdotes: que vuestras familias y comunidades eclesiales sean el ambiente adecuado en que se escuche el llamado de Dios y vuestros hijos se sientan alentados a seguirlo.

Vosotros, jóvenes, pedidle al Señor que os haga oír su voz, que escuchéis el llamado que os tiene quizá reservado a vosotros. Haced de vuestra vida un seguimiento del Maestro y sed generosos en darle vuestro corazón. Y si os llamara al sacerdocio o a la vida consagrada no temáis, confiad en El, que es el amigo que nunca defrauda.

Jesucristo es el Maestro que nos enseña la verdad sin engaño y el amor auténtico. El Señor no quiere comunicarnos menos de lo que El tiene: “Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15, 11).  No tengáis miedo. El os llama al gozo y felicidad verdadera, y os señala el camino seguro. El os da la fuerza. Acudid a El en la oración. Escuchad su palabra. Recibid el perdón de Cristo y la gracia de la conversión por medio de la confesión frecuente. Alimentaos con la Eucaristía.

Uníos, queridos jóvenes uruguayos, para renovar vuestra patria en un esfuerzo común de solidaridad, de honestidad, de verdad y de amor. Poneos al servicio de los demás, especialmente de los pobres y de los que sufren.

A todos los que moráis en estas benditas tierras os invito a hacer de vuestras vidas un testimonio de la victoria de Cristo Redentor que, desde la Cruz, nos entregó a su Santísima Madre para que fuera también Madre nuestra.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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