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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

MISA EN EL 450 ANIVERSARIO DEL INICIO
DE LA EVANGELIZACIÓN DE BOLIVIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sucre, Bolivia
Jueves 12 de mayo de 1988

 

Queridos hermanos en el Episcopado,
queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, almas consagradas,
amadísimos hermanos y hermanas:

1. ¡Qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe y la misma vida en Cristo! Estamos aquí, porque hemos sido convocados en Jesús resucitado, vivo y presente, que, hoy como ayer, sigue hablando al corazón de los hombres, de las familias y de los pueblos. Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras del mismo Hijo de Dios sobre la misión: “Id y haced discípulos a todas las gentes” Mt 28, 19). 

Mi saludo quiere estar en sintonía con vuestro gozo por la fe recibida, germen de una nueva vida que transforma toda la existencia según los designios providenciales de Dios. Por esto mis palabras van a ser un eco del canto al Señor, que brota conjuntamente de vuestros corazones y del mío:

“¡Oh Dios, que te den gracias los pueblos, que todos los pueblos te den gracias!... La tierra ha dado su cosecha, nos bendice el Señor, nuestro Dios” (Sal 67 [66], 4. 7). 

Este es el saludo del Papa, que con gran gozo y esperanza viene a visitar esta hermosa tierra favorecida por Dios. Mi saludo va dirigido a todos y cada uno de los presentes y a cuantos están unidos espiritualmente a nosotros a lo largo y ancho de todo el país.

De modo especial saludo con todo cariño y afecto a este noble pueblo de Sucre, ciudad que en sus hombres –en vosotros, hermanos queridos–, en sus templos y demás monumentos evoca para Bolivia y para la Iglesia entera, toda una etapa histórica de evangelización. Aquí, en la antigua arquidiócesis de Charcas, que cumple ahora 450 años de existencia, tuvo origen la evangelización de Bolivia. Aquí se prepararon espiritualmente evangelizadores de muchas órdenes religiosas, entre los cuales destaca la figura de Fray Vicente Bernedo, como símbolo de tantos otros que, a millares, gastaron sus vidas para dejar sembrada en el corazón de los fieles, de las familias y de los pueblos, una catequesis cristiana capaz de animar a los hombres y a la sociedad entera.

A los Pastores que nos acompañan doy el abrazo de paz: al señor cardenal José Clemente Maurer, arzobispo emérito de Sucre, encomiable por su larga y fecunda labor en favor de la Iglesia y del pueblo de Bolivia; al Pastor de la arquidiócesis y a sus obispos auxiliares, a todos los hermanos en el Episcopado aquí presentes y, en modo particular, a monseñor Edmundo Abastoflor, a sus obispos auxiliares, así como al noble pueblo fiel de Potosí, quien con enorme sacrificio ha venido a estar con el Papa y a participar en esta Eucaristía, como aportando a ella el fruto de su trabajo y de su misma vida personal, familiar y social. ¡Gracias por estar aquí querido pueblo de Potosí!

2. Escuchemos nuevamente todos juntos, conscientes de profesar la misma fe y celebrándola con gozo, las palabras de Jesús que son fundamento de la misión de la Iglesia:

“Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 18-19). 

Estas palabras fueron dichas por Cristo a sus discípulos, después de resucitar. Jesús da a conocer con ellas que el Padre le había comunicado ya desde el principio, como Hijo de Dios hecho hombre, “todo poder en el cielo y en la tierra”. Este poder dado a Jesús se despliega en toda su eficacia después de haber sufrido la muerte de cruz y mediante la fuerza de la resurrección, indicando de este modo el camino de salvación para todo el género humano.

A Jesús le ha sido dado el poder de salvar a todos, porque “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).  Jesús “se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo” (Ibíd.).  Esta obediencia pone un sello peculiar a su vida escondida en Nazaret, a sus años de ministerio público, que culminará con el acatamiento de la voluntad del Padre cuando le llegó la hora de aceptar su muerte sacrificial en el Calvario. Jesús, haciendo de su vida una oblación, vence el mal en todas sus consecuencias de sufrimiento, de injusticia, de muerte.

3. Ahora ya podemos entender mejor por qué Jesús, antes de su partida de este mundo hacia el Padre, reúne por última vez a los Apóstoles para encomendarles la misión de evangelizar: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19),  es decir, a todos los hombres, culturas y pueblos. Quien acepta la fe en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado y decide injertarse en su vida por el bautismo y los demás sacramentos, queda perdonado de sus pecados y recibe la vida nueva en el Espíritu Santo.

Cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, como estamos haciendo ahora, proclamamos esta fe en Jesús, “pan de vida” (Jn 6, 35. 48).  Pero hay millones de hombres que todavía no conocen este misterio de amor del Hijo de Dios, hecho hombre e inmolado por nosotros. Nos acercamos ya a una fecha que marcará un hito para toda América Latina, para Bolivia: los 500 años de evangelización, de fe cristiana, de celebración eucarística, de oración confiada a María Madre de Dios y Madre nuestra; 500 años de ser Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo místico. ¿Cómo no recordar este acontecimiento con gratitud y también con la decisión y la disponibilidad de compartir esta misma fe con todos nuestros hermanos?

4. Con las naves españolas, que descubrieron el “Nuevo Mundo” en 1492, el Evangelio llegó a “la otra orilla” del océano o de la “grande agua”, que separaba estas tierras de las del viejo continente. La Iglesia del Nuevo Mundo, y especialmente América Latina, se está preparando con una novena de años, para celebrar esta fecha providencial. Yo mismo tuve el gozo de inaugurar las celebraciones de esta novena en Santo Domingo, queriendo testimoniar así que “esta fecha – una de las más importantes de la historia de la humanidad – marca también la del comienzo de la fe y de la Iglesia en este continente” (Homilía en la misa para la evangelización de los pueblos, Santo Domingo, 11 de octubre de 1984). 

Todos los Episcopados con sus Iglesias particulares, como ha hecho también Bolivia, han comenzado los preparativos de esa gran celebración, que debe dejar una huella y un estímulo para la evangelización en el futuro. La Iglesia en Bolivia, unida al Pueblo de Dios que peregrina en todo el continente, desea entonar un Magníficat misionero que brote espontáneo de todos los santuarios marianos y de todos los corazones. Ya desde ahora nuestro agradecimiento por la fe y por el bautismo se expresa cantando a Dios en unión con todos los pueblos de la tierra: “¡Oh Dios, que te den gracias los pueblos, que todos los pueblos te den gracias!... La tierra ha dado su cosecha, nos bendice el Señor, nuestro Dios!” (Sal 67 [66] 4. 7). 

En este día singular alabamos a Dios que se manifestó a vuestros antepasados como Señor de la vida. Lo alabamos también porque se fue revelado poco a poco a la humanidad, tal como leemos en las Escrituras Sagradas, Señor de la vida y de la historia, Salvador de todos los pueblos, rico en misericordia, fiel a su Alianza de amor con el pueblo elegido, de cuyo seno había de nacer en la plenitud de los tiempos el Mesías prometido. Pero alabamos a Dios sobre todo porque se nos ha revelado definitivamente en su Hijo Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación. Nuestra salvación nos viene, pues, de la fe en Jesús, que fecunda nuestras obras y que supera con creces las esperanzas humanas de liberación.

5. Dios nuestro Señor dispuso en sus designios la llegada del Evangelio a vuestras tierras preparando con anterioridad el corazón de los hombres, de las culturas y de los pueblos, con la semilla de unos valores religiosos y humanos que bien pueden calificarse de “preparación evangélica” (Eusebio de Cesarea, Preparatio evangelica, I, 1: PG 21, 28 AB; cf. Lumen gentium, 16; Ad gentes, 11). 

Dios nuestro Padre, a través de la historia, ha dejado sentir su presencia siempre bondadosa en numerosas manifestaciones de vuestra vida y costumbres. Vosotros, queridos hermanos, sois herederos de idiomas milenarios, de tradiciones llenas de valor humano, como el ayllu y el ayni. Y he sabido que cultiváis aún con entusiasmo ejemplar expresiones artísticas muy ricas, como las leyendas, el folklore y las artesanías de las diferentes provincias. Podríamos seguir enumerando otros ejemplos de la riqueza cultural de esta tierra. Dios, Señor de la vida, ha velado cuidadosamente sobre este pueblo a través de tantos y tantos siglos, preparándolo para recibir el Evangelio con un corazón abierto a todas sus exigencias personales y sociales. En vuestras costumbres y sabias tradiciones se manifiesta la grandeza y la presencia de Dios para servir a la vida y al bienestar de todos los habitantes de esta querida y bendita tierra boliviana.

Los misioneros que, desde hace cinco siglos, colaboraron con grandes sacrificios en la evangelización de Bolivia, llegaron al corazón del pueblo por medio de la catequesis, de los sacramentos, de la piedad popular y de los servicios de caridad. En esta actuación no dudaron en adoptar elementos culturales locales. Ellos, pues, sentaron firmemente las bases de vuestra identidad cultural orientada hacia la madurez en Cristo. Fue un proceso de “inculturación” en vuestra realidad social e histórica durante el cual el Evangelio fue siempre el punto de referencia hasta conseguir moldear la identidad cristiana de vuestro pueblo.

6. Cristo, Señor, que junto con la humanidad redimió también todas las culturas y todos los pueblos, sigue siendo “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6)  para su ulterior desarrollo. “El es nuestra paz” (Ef 2, 14) y, por esto, no serán posibles la paz y el entendimiento entre los hombres si éstos no se acercan cada vez más a Cristo. El es la verdad.

Cuando nos reunimos los cristianos, principalmente para escuchar la Palabra de Dios y para celebrar el misterio eucarístico, experimentamos por dentro el gozo de una fraternidad universal que supera el tiempo y el espacio. Así lo percibía ya San Pablo cuando escribía a los cristianos de Roma: “No hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan” (Rm 10, 13). 

Como Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro me alegro de poder participar en los preparativos de los 500 años de evangelización. Juntamente con toda la Iglesia en Bolivia agradezco y alabo a Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque desde los días de la primera evangelización, no ha cesado bendeciros con frutos salvíficos, madurados en vuestra tierra, en el corazón de sus hijos y hijas durante el transcurso de tantas generaciones.

Al compartir, como Pastor de la Iglesia, este gozo de la fe cristiana vivida y sentida, no puedo por menos de hacer propias las necesidades del rebaño de Cristo en esta querida tierra. ¿Cómo no sentirme unido a vosotros en los acuciantes problemas que os afligen y que esperáis sean iluminados desde el Evangelio?

7. Amados hermanos y hermanas: Aquí en Bolivia como en toda América Latina y en el mundo entero, puede también presentarse la tentación que experimentó el Pueblo de Dios cuando caminaba por el desierto, como nos narra la Biblia (cf. Dt 30, 17-18).  Es la tentación de andar en pos de dioses falsos, que no llevan a la vida, sino a la muerte. Por ello también en nuestro tiempo hemos de aprender a identificar claramente estos dioses falsos o nuevos ídolos que básicamente son los mismos de siempre y que pueden llamarse “dinero”, “prestigio”, “poder”, “placer desenfrenado...”. En mi última Encíclica quise hacer referencia a dos: “El afán de ganancia exclusiva y la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad” (Sollicitudo rei socialis, 37). 

El resultado de esta idolatría ideológica y práctica fue descrito con trazos impresionantes por los obispos de América Latina reunidos en Puebla de los Ángeles (México): “Comprobamos, pues, como el más devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que viven millones de latinoamericanos expresada, por ejemplo, en mortalidad infantil, falta de vivienda adecuada, problemas de salud, salarios de hambre, desempleo y subempleo, desnutrición, inestabilidad laboral, migraciones masivas, forzadas y desamparadas, etc. Al analizar a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya también otras causas de la miseria... La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (Puebla, 29-31). 

8. Jesús nos está pidiendo que seamos portadores de la Buena Nueva para los pobres de hoy y para todos los hombres de buena voluntad. “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (Evangelii nuntiandi, 18).  Esta misión exige también una conversión por nuestra parte. No podremos ser genuinos portadores del mensaje evangélico de conversión, si antes no nos convertimos nosotros mismos, aspirando a que nuestras vidas se configuren más profundamente con la persona de Cristo, con sus criterios y sus actitudes. Ello equivale a purificar el corazón del hombre boliviano de todo sincretismo religioso, de todo materialismo práctico y de todo espiritualismo desencarnado y sin compromiso. Se trata de evangelizar dando testimonio de caridad cristiana.

Ahí tenéis, amados hermanos y hermanas, una señal para conocer el grado de evangelización en que se encuentra una comunidad. “La opción o amor preferencial por los pobres... es una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia” (Sollicitudo rei socialis, 42).  Este amor y esta opción por los que sufren y por los necesitados son fruto y señal de una vida auténticamente cristiana, y no pueden llevarse a cabo sin una actitud contemplativa de necesidad de la Palabra de Dios, aceptándola tal como es, y sin una actitud de pobreza real, en personal y instituciones, que llegue hasta compartir los bienes con los hermanos de este pueblo y de todos los pueblos.

Sabréis responder adecuadamente a las situaciones humanas y eclesiales de hoy, si sois fieles a las pautas trazadas por los obispos de Bolivia durante los últimos años, acerca de la “evangelización integral” del pueblo y de la realidad boliviana, “para construir juntos el reino de Dios, como Iglesia de Cristo, en comunión con Dios y con los hermanos, desde la opción evangélica por los pobres” (Conferencia Episcopal de Bolivia, Enfoque pastoral). 

9. Al reflexionar sobre estas realidades que diariamente nos asaltan, no podemos menos de escuchar en el silencio de nuestro corazón el eco de las palabras de Jesús: “Id..., haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19).  La urgencia de este mandato misionero de Jesús late con insistencia bajo la pregunta del Apóstol San Pablo, cuando se plantea la necesidad de difundir la Buena Nueva a los hermanos que todavía no la han recibido: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y, ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10, 14-15). 

En esta celebración litúrgica damos gracias al Señor por todos aquellos que, en el decurso de los siglos, han traído la Palabra evangélica a vuestro pueblo y por los que todavía siguen anunciándola entre vosotros. Con alegría unimos nuestras voces a la exclamación del Apóstol quien hace suyas las palabras del Salmo: “¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!... Por toda la tierra se ha difundido su voz” (Ibíd. 10, 15. 18).  Aquí, en esta bendita y querida tierra, ha llegado ya el mensaje evangélico y ha suscitado y seguirá suscitando nuevos evangelizadores.

La evangelización está marcada por el signo de la cruz. En efecto, la cruz es el secreto de la evangelización, en cuanto que señala el camino para transformar la creación y la historia humana según el mandato del amor y las bienaventuranzas. Para todo evangelizador, como para el Apóstol San Pablo, la cruz es la señal de garantía y de eficacia evangélica (cf. Ga 2, 19; 6, 14; 1Co 1, 17; 2, 2). 

El 12 de octubre de 1984 los obispos de toda América Latina, reunidos en Santo Domingo, dieron comienzo a la novena de años para preparar el V centenario de la evangelización del continente que tendrá lugar en el año 1992 y recibieron todos ellos, como signo visible y destinado a la propia Iglesia una cruz conmemorativa. Entonces les confié un mensaje que confío hoy también a vosotros: “Con la fuerza de la cruz que hoy es entregada a los obispos de cada nación; con la antorcha de Cristo en tus manos llenas de amor al hombre, parte la Iglesia de la nueva evangelización. Así podrás crear una nueva alborada eclesial” (Homilía en Santo Domingo, 12 de octubre de 1984). 

Esta es la “cruz misionera”, signo de evangelización, que recibe todo misionero –sacerdote, religioso o laico– cuando se pone en camino para anunciar a Cristo crucificado y resucitado, “luz del mundo” (Jn 8, 12; 9, 5).  y ésta es la cruz que reciben hoy los representantes de todas las diócesis bolivianas, como Iglesias particulares corresponsables de la misión universal.

Deseo que estas cruces os hablen a todos y a cada uno en particular, con toda la verdad del misterio de Cristo y con toda la verdad de vuestra misión.

10. “Id”... dice el Señor, dirigiéndose a cada uno de vosotros.

Se dirige a los jóvenes, invitándoles a compartir la vida con El y a entregarse a todas las exigencias de su vocación misionera. Se dirige a los padres y madres de familia, llamándoles a hacer de su casa un hogar cristiano evangelizado y evangelizador a ejemplo del hogar de Nazaret. Se dirige a los trabajadores y campesinos, para que transformen el propio trabajo en un testimonio de donación, que sea inicio de la “civilización del amor” y de solidaridad cristiana como “camino hacia la paz y hacia el desarrollo” (Sollicitudo rei socialis, 39),  Se dirige a los profesionales y a los hombres de cultura, para que impregnen las realidades temporales del espíritu evangélico, que es espíritu de verdad y espíritu de amor.

La mirada de Jesús, que os confía una misión sin fronteras, se dirige a todos los catequistas, educadores, misioneros laicos, religiosas, religiosos, sacerdotes y demás agentes de pastoral, que buscan construir la Iglesia como misterio de comunión y como “sacramento universal de salvación”. Os invita a su vez a volver la mirada hacia la intrépida labor de los misioneros y santos del pasado, para que, imitando sus actitudes evangélicas, sepáis afrontar las situaciones nuevas de la sociedad de hoy. Os invita de modo particular a entregaros al servicio de los hermanos más humildes a ejemplo de la Sierva de Dios Madre Nazaria Ignacia y del celoso misionero fray Vicente Bernedo.

El Señor nos ha prometido que estará con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).  Prenda de esta presencia de Jesús es también la “presencia materna” de la Santísima Virgen María, que se hace “presente en la misión y en la obra de la Iglesia que introduce en el mundo el reino de su Hijo” (Redemptoris Mater, 24 y 28).  María, la Virgen de Guadalupe, Patrona de Sucre y de todas las Américas, Madre de Dios y Madre nuestra, nos mira y nos invita a continuar cantando su “Magníficat”, como himno misionero de una nueva vida y de una nueva etapa de evangelización.

¡Hermanos y hermanas! “¡Id!”..., llevando en el corazón la alegría de ser testigos del Señor resucitado vivo y presente. Que Cristo, con la fuerza del Espíritu de la verdad, mediante vuestro ministerio y servicio apostólico, comunique abundantemente su gracia de salvación a todos cuantos lo buscan, lo invocan y creen en El. “Por toda la tierra se ha difundido su voz” (Rm 10, 18; Sal 19 [18], 5). 

“¡Id!”. El Señor está con vosotros, vive y camina con vosotros.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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