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XXV ANIVERSARIO DE LA CLAUSURA
DEL CONCILIO VATICANO II

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
Basílica de Santa María la Mayor
Sábado 8 de diciembre de 1990

 

l. La liturgia de la Inmaculada Concepción nos lleva cada año al principio de la historia humana. Leemos este principio en el libro del Génesis. No existe ninguna otra fuente que se refiera a esto con igual inmediatez.

El texto del libro alude a un «abrirse los ojos» en el que el ser humano —hombre y mujer— reconoció su propio pecado: el pecado original.

El pecado trajo consigo la vergüenza, la necesidad de esconderse, de ocultarse, por decirlo así, ante los ojos de Dios. Comportó asimismo la vergüenza recíproca: aquella confianza primitiva de una persona hacia la otra —del hombre respecto a la mujer y de la mujer respecto al hombre— desapareció repentinamente.

En su lugar se instaló el temor delante de otro hombre, empezó el sentir a los demás como extraños, la hostilidad.

Con esta descripción dramática, el libro del Génesis introduce la perspectiva del futuro. Un futuro que se caracterizará por la lucha entre el bien y el mal. Lucha que estará marcada por la «enemistad» entre el príncipe de las tinieblas (bajo el aspecto de la serpiente antigua), la mujer y el que nacerá de ella.

2. La liturgia de la Inmaculada Concepción nos lleva más adelante aún. No se limita a considerar el principio de la historia humana sobre la tierra, sino que además tiene en cuenta esos «cielos» en los que el Dios y Padre «nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo (cf, Ef 1,4).

Esta elección en Dios es eterna. Precedió a la creación del mundo y del hombre. Pertenece al eterno misterio trinitario de Dios mismo.

«Nos ha elegido antes de la fundación del mundo ... , predestinándonos a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la que nos agradó en el Amado» (Ef 1,4-6).

Muy expresivas son estas frases de la carta a los Efesios. Hablan de la elección del hombre y de su vocación a participar en la vida de Dios por medio de Jesucristo. Se refieren a la gracia inicial de nuestra filiación en Dios.

3. Esta elección en Dios es eterna. Precedió a la creación del mundo y del hombre; precedió al pecado. Esta nueva elección del hombre en Cristo explica esa «enemistad» anunciada en el libro del Génesis.

Esa «enemistad» significa que Dios no se retira frente al pecado, que el príncipe de las tinieblas injertó en el corazón del hombre y en su historia. El Amor, o sea, la Gracia, es más fuerte que el pecado. Y siempre será más potente. Una medida de este poder será la cruz de Cristo: el sacrificio redentor por el pecado del hombre en su dimensión universal.

A través de esa «enemistad», Cristo, el Hijo de la Mujer, restablece la gracia de la amistad con Dios. De esta forma el hombre puede salir de su «ocultación» del pecado «a la luz» de la adopción divina.

4. Así, la liturgia de la Inmaculada Concepción nos lleva, en cierto sentido, a la realidad del Adviento; nos introduce en toda su plenitud.

Con la promesa definitiva de la realización del Adviento se supera la «enemistad» originaria. He aquí «la esclava del Señor» (cf. Lc 1, 38).

Precisamente de esto habla hoy el Evangelio de Lucas. El mensajero que anuncia el nacimiento de Cristo va a Nazaret, se encuentra con la virgen que se llama María y le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Y prosigue: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús».

«Jesús» quiere decir «Dios salva». El Hijo de María es el Salvador del mundo. En él y por él, en virtud del sacrificio de su cruz, la elección eterna y la gracia llegan a ser más potentes que el pecado.

La Iglesia enseña que el poder de la gracia se realizó en la Madre de Dios ya antes, en previsión de la redención del Hijo. Esta redención antecede en ella a la herencia del pecado: ella es inmaculada en su mismo comienzo; es inmaculada a fin de que Dios pueda realizar en ella y por ella todas las cosas «según el beneplácito de su voluntad» (Ef 1, 6).

La Iglesia enseña todo esto adorando el misterio de la Madre y del Hijo, el misterio de la redención.

A la luz de esta realidad queremos recordar el 25º aniversario de la conclusión del Concilio ecuménico Vaticano II, que tuvo lugar el día de la Inmaculada Concepción de 1965. Queremos agradecer a Dios una vez más los beneficios que produjo ese acontecimiento extraordinario, que contribuyó a enriquecer a la Iglesia con importantes orientaciones pastorales, con mayores energías para el incesante compromiso apostólico de llevar a los hombres hacia la salvación y con esperanzas renovadas para el crecimiento del reino de Dios en el mundo contemporáneo. Se trató de un hecho providencial, de un nuevo Pentecostés, que no deja de producir en la Iglesia frutos de renovación interior, para que corresponda con un ímpetu cada vez más grande a las importantes expectativas de la humanidad.

5. También por este motivo la Iglesia se alegra y canta hoy con las palabras del salmo:

«El Señor ha dado a conocer su salvación... Se ha acordado de su amor y su lealtad ... Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios» (Sal 98, 2-3).

Sí. ¡Han visto! Porque han abierto nuevamente los ojos de la fe.

«¡Aclamad al Señor toda la tierra, estallad, gritad de gozo y salmodíad!» (Sal 98, 4).

Es la gloria del Adviento divino.

Amén.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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