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MISA CRISMAL

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Jueves Santo
28 de marzo de 1991

 

1. "El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido" (Lc 4, 18; Is 61, 1).

Volvamos a las palabras de Isaías; volvamos a la sinagoga de Nazaret. En boca de Jesús, las palabras del profeta son un anuncio de su misión mesiánica: "Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy" (Lc 4, 21). Este "hoy" alcanza ahora su culmen. La Iglesia, en el umbral del Triduum Sacrum, nos hace volver al "hoy" de Cristo. Ese "hoy" significaba en aquel tiempo el comienzo de la misión: "Me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos" (Lc 4, 18). Jesús de Nazaret ha realizado todo esto durante los años de su misión en Israel.

2. "Hoy", en el umbral del Tridum Sacrum, él se acerca al fin de su misión. Esta realidad, que Isaías encerró en su profecía, espera todavía su cumplimiento definitivo. Tiene que ser pronunciada aún la última palabra de la Buena Nueva, que será la palabra de la cruz, la palabra de la Pascua mesiánica de Cristo. En esta palabra el hombre, hecho esclavo por el pecado, reconquistará la libertad y será proclamado definitivamente el tiempo de la gracia del Señor. "El Espíritu del Señor sobre mí". El Triduum Sacrum comienza con la llamada del Espíritu del Señor mediante las palabras del profeta Isaías, y concluirá con la relación de este Espíritu como presente y operante en la Iglesia. El día de la resurrección Cristo entra en el Cenáculo atravesando las puertas cerradas, muestra a los Apóstoles las heridas de su crucifixión y después sopla sobre ellos diciendo: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 22). De este modo se revela la estrecha unión entre el sacrificio de la cruz y el don del Espíritu Santo.

3. En la liturgia matutina del Jueves Santo todo esto ya está delineado, anunciado e iniciado. Entre la sinagoga de Nazaret y el Triduum Sacrum ha madurado el tiempo de la venida del Espíritu Santo. Ha madurado su presencia en la comunidad mesiánica y después en la Iglesia edificada sobre los Apóstoles. Jesucristo, "el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra" (Ap 1, 5), se revela a sí mismo en este Espíritu Santo como "Aquel que es, que era y que va a venir (...) el Alfa y la Omega" (Ap 1, 4. 8). Con el poder de este Espíritu —por medio de su sangre— hará "de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre" (Ap 1, 6).

Dirá a los Apóstoles durante la Ultima Cena, que hoy revivimos: "Este es el cáliz de mi sangre que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados" (cf. Mt 26, 27-28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Y después, en este mismo Cenáculo, soplando sobre ellos, el Resucitado dirá: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonáis los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 22-23). Con el poder de este Espíritu —por medio de su sangre- ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes. La liturgia de la unción simboliza precisamente este poder del Espíritu Santo, revelado para siempre a la Iglesia por medio de la sangre del Redentor.

4. El Triduum Sacrum y, de modo particular, este día son para el pueblo sacerdotal de la Nueva Alianza el día del nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial en la Iglesia. Nos unimos con todos aquellos que en el mundo entero han sido llamados a este sacerdocio y oramos recíprocamente a fin de que "nuestra fe no desfallezca" (cf. Lc 22, 32). Para que vayamos y demos fruto y nuestro fruto permanezca (cf. Jn 15, 16), "!Gloria a ti, Rey de los siglos!" (cf. 1 Tm 1, 17).

 

 

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