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SOLEMNIDAD DE «CORPUS CHRISTI»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 18 de junio de 1992

 

1. «Yo soy el pan vivo» (Jn 6, 51).

Los Apóstoles dicen a Jesús en el desierto: «Despide a la gente» (Lc 9, 12). Esa gente seguía al Maestro, escuchando sus palabras sobre el reino de Dios; pero ya se acercaba la noche y la hora de la cena. La muchedumbre seguía allí en silencio, esperando.

En otra ocasión, en el desierto, cuando les faltó el pan, los hijos de Israel se rebelaron contra Moisés. Entonces recibieron el alimento que caía todas las mañanas sobre el campamento, y lo llamaron «maná». Así el pueblo, procedente de la tierra de Egipto, pudo seguir su camino desde el país de la esclavitud, hacia la tierra prometida.

Ahora, Jesús dice a los Apóstoles: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9, 13) y, puesto que ellos no logran encontrar ninguna solución, Cristo multiplica los panes: bendice lo poco que tienen, lo parte y lo da a los discípulos; y éstos, a su vez, al pueblo. «Comieron todos hasta saciarse».

2. La multiplicación de los panes en el desierto es un anuncio, como lo fue el maná: la multitud sigue a Jesús, cuando experimenta su poder sobre el alimento y sobre el hambre humana. Están dispuestos, incluso, a proclamarlo rey. ¿Acaso el salmo de David no habla del dominio del Mesías y del día de su triunfo? «Para ti el principado —dice— el día de tu nacimiento» (Sal 110, 3).

Al mismo tiempo, ese salmo llama sacerdote al Mesías real: es sacerdote por siempre, según el orden de Melquisedec (cf. ib., v. 4).

Melquisedec fue rey y, al mismo tiempo, sacerdote del Dios altísimo. A diferencia de los sacerdotes de la antigua alianza, no ofreció a Dios la sangre de animales inmolados, sino pan y vino.

3. La multiplicación de los panes en el desierto es, por esa misma razón, un mensaje profético: Cristo sabe que él mismo realizará un día la profecía encerrada en el sacrificio de Melquisedec. Como sacerdote de la nueva alianza —de la alianza eterna—, Jesús entrará en el santuario eterno, después de haber llevado a cabo la obra de la redención del mundo gracias a su propia sangre.

En el cenáculo, una vez más, dará a los Apóstoles prácticamente el mismo mandato: «¡Dadles vosotros de comer!», «¡Haced esto en conmemoración mía!».

Existen diversas categorías de hambre que atormentan a la gran familia humana. Hubo un hambre que transformó en cementerios ciudades y países enteros. Hubo el hambre de los campos de exterminio, productos de los sistemas totalitarios. En diferentes partes del globo existe aún hoy el hambre del tercero y del «cuarto» mundo: allí mueren de hambre los hombres, las madres y los niños, los adultos y los ancianos. Es terrible el hambre del organismo humano, el hambre que extermina.

Pero existe también el hambre del alma, del espíritu.

El alma humana no muere en los caminos de la historia presente. La muerte del alma humana tiene otro carácter: asume la dimensión de la eternidad.. Es la «segunda muerte» (Ap 20, 14).

Al multiplicar los panes para los hambrientos, Cristo puso el signo profético de la existencia de otro Pan:

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6, 51).

4. Éste es el gran misterio de la fe. Pero las mismas personas para las que Cristo multiplicó los panes, las que «comieron hasta saciarse» (Lc 9, 17), no fueron capaces de creer en sus palabras cuando les habló del alimento que es su Carne, y de la bebida que es su Sangre.

Por este motivo, las mismas personas pidieron a continuación su muerte en la cruz. Así sucedió. Y sólo cuando todo se cumplió, se desveló el misterio de la última cena: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros... Esta copa es la nueva alianza en mi sangre» (1 Co 11, 24-25).

Del cenáculo salió el sacerdote «según el orden de Melquisedec», que camina ahora con su pueblo a través de la historia.

5. Este es el contenido que la solemnidad de Corpus Domini pretende expresar y que queremos proclamar con esta procesión eucarística por las calles de Roma, desde la basílica del Santísimo Salvador en San Juan de Letrán hasta la basílica mariana del Esquilino.

«Ave verum Corpus natum de Maria Virgine».

Que el camino que recorremos se transforme en una imagen concreta de los otros muchos caminos de la Iglesia en el mundo de hoy. El Obispo de Roma, siervo de todos los siervos de la Eucaristía, sigue con el pensamiento y con el corazón a cuantos hoy dan testimonio de este misterio, de norte a sur y desde la salida del sol hasta el ocaso.

Dondequiera que se encuentre el pueblo de Dios de la nueva alianza, también está él, «el pan vivo bajado del cielo».

Dondequiera.

«Si uno come de este pan, vivirá para siempre».

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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