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SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
DE LA VIRGEN MARÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Basílica de Santa María la Mayor
Martes 8 de diciembre de 1992

1. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1, 3).

Hoy la Iglesia da gracias a Dios por «toda clase de bendiciones espirituales» con que ha bendecido en Cristo a todo el género humano.

La Iglesia da gracias, de manera especial, por la bendición de la Inmaculada Concepción de María de Nazaret: María es «llena de gracia» desde el primer instante de su concepción, al no haber sido tocada para nada por el pecado original. Demos gracias a la santísima Trinidad porque, en el designio eterno de la salvación, María se convirtió en la «nueva Eva», la Madre de los vivientes, es decir, la Madre de todos los que, en Jesucristo, llegan a ser santos e inmaculados en la presencia de Dios.

María es la primera entre todos los vivientes. Elegida para ser la Madre del Redentor del mundo, la Virgen de Nazaret recibió anticipadamente, desde el seno materno, los frutos de la redención.

2. Hoy la Iglesia se detiene a contemplar una vez más el acontecimiento de la Anunciación, narrado por el evangelista Lucas. En él se nos revela el misterio del Verbo encarnado, consustancial al Padre. Por obra del Espíritu Santo, el Hijo eterno del Padre se convierte en Hijo del hombre, concebido y nacido de una Virgen de nombre María. La liturgia nos presenta con tanta frecuencia este texto de Lucas, que ya casi nos lo sabemos de memoria. Pero, a pesar de ello, siempre nos descubre de modo nuevo la profundidad de su contenido revelado.

María es la Virgen que escucha: escucha con toda la profundidad de su naturaleza humana. Ella, la «llena de gracia»,también es capaz de comprender a fondo y acoger con docilidad la palabra del mensaje divino.

María es la Virgen que pregunta: pregunta para poder comprender y acoger la Palabra de Dios en toda su plenitud. Pregunta para hacer de lo que escucha la verdad de su vocación, para que se convierta en su elección en el momento presente y para el resto de su vida.

María pregunta porque es humilde: se encontró de repente ante la infinita majestad del Altísimo, el tres veces Santo, y por ello pregunta, para conocer hasta el fondo la voluntad de Dios, deseando de ese modo entenderse a misma en la palabra que le dirige el mensajero divino.

María es obediente: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). «¡Feliz la que ha creído!» (Lc 1, 45). Mediante la obediencia de la fe, una oculta y desconocida Virgen de Nazaret acepta totalmente el plan salvífico y comienza así a preceder a cuantos, emprendiendo el mismo camino de fe, se convierten, en Cristo, en hijos adoptivos del Padre.

3. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3).

Juntamente con la Madre de Dios, la Iglesia da gracias hoy por el don del Concilio, que se inauguró el 11 de octubre de hace treinta años, precisamente en la fiesta de la Maternidad de María.

La comunidad de los creyentes da gracias hoy por el catecismo postconciliar, que constituye un compendio de la verdad anunciada por la Iglesia en todo el mundo. Este compendio de la fe católica, solicitado por los obispos reunidos en la Asamblea extraordinaria del Sínodo de1985, representa el fruto más maduro y completo de la enseñanza conciliar, que en él se presenta dentro del rico marco de toda la Tradición eclesial.

Al igual que en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de 1965, cuando se clausuraba solemnemente la asamblea conciliar, la Iglesia se presenta también hoy delante de la santísima Trinidad, confiando al Espíritu de verdad el magisterio conciliar. El mismo día, y en la misma solemnidad, la Iglesia se presenta, pues, a los hombres de nuestro tiempo con el catecismo postconciliar, compendio de la única y perenne fe apostólica, custodiada y enseñada por la Iglesia a lo largo de los siglos y los milenios.

4. «Bendito sea Dios ... ».

Oh María, tú que, en el designio eterno del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, fuiste predestinada a ser la Madre del Verbo; tú que, el día de Pentecostés, te hallabas presente como Madre de la Iglesia (cf. Hch 1, 14), acoge este fruto del trabajo de la Iglesia entera. Los que han llevado a cabo esta obra tan meritoria, bajo la diligente e incansable presidencia del cardenal prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, están aquí, a tus pies.

Todos juntos ponemos el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica —que es, al mismo tiempo, don del Verbo revelado ala humanidad y fruto del trabajo de los obispos y los teólogos— en las manos de Aquella que, como Madre del Verbo, acogió en sus brazos al Primogénito de todas las criaturas.

Oh María, Jesús, el Verbo hecho carne mediante tu obediencia de la fe, se convirtió en el primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29).

Virgen santa, en este mundo, en que se halla presente aún la herencia del pecado del primer Adán —que impulsa al hombre a esconderse ante el rostro de Dios y a evitar incluso mirar hacia él—, te pedimos que se abran los caminos al Verbo encarnado, al Evangelio del Hijo del hombre, tu amadísimo Hijo.

Para los hombres de nuestro tiempo, tan avanzado y tan atormentado, para los hombres de toda civilización y toda lengua, de toda cultura y toda raza, te pedimos, oh María, la gracia de una apertura sincera de espíritu y una escucha atenta de la palabra de Dios.

Te pedimos, oh Madre de los hombres, para todo ser humano la gracia de saber acoger con gratitud el don de la filiación que el Padre ofrece gratuitamente a todos en su Hijo amado, que es también tuyo. Te pedimos, oh Madre de la esperanza, la gracia de la obediencia de la fe, única ancla verdadera de salvación.

Te pedimos, Virgen fiel, que tú, que precedes a los creyentes en el itinerario de la fe aquí en la tierra, protejas el camino de todos los que se esfuerzan por acoger y seguir a Cristo, Aquel que es, que era y que va a venir (cf. Ap 1, 8), Aquel que es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6).

¡Ayúdanos, oh clemente, oh piadosa y dulce Madre de Dios, oh María!

 

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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