The Holy See
back up
Search
riga

VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

SANTA MISA Y ORDENACIONES SACERDOTALES

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Polideportivo Municipal de Sevilla
Sábado 12 de junio de 1993

 

“Cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1P 5, 4).

1. Estas palabras de la segunda lectura, que el apóstol san Pedro dirige a los presbíteros, hacen de marco a nuestra celebración, en la víspera de la solemne clausura del XLV Congreso Eucarístico Internacional, durante la cual el Señor me concede el gozo de conferir el Sacramento del Orden, del presbiterado, a este numeroso grupo de diáconos.

Nuestro supremo y único Pastor, que es Cristo Jesús, reunido en el Cenáculo con sus discípulos, les dice: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22, 15). Estas palabras me hacen sentir muy unido a vosotros, amadísimos hijos, que vais a recibir el Orden sagrado del presbiterado. Nuestra mirada de fe y nuestros corazones se estrechan en torno al misterio del sacrificio redentor de Cristo, Luz de los pueblos, que desde este Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla se proyecta como faro luminoso a la Iglesia y al mundo.

Eucaristía y sacerdocio son dos realidades íntimamente ligadas, como vemos en las palabras de Jesús, que acaban de ser proclamadas: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). En efecto, este encargo habría sido vano si no se hubiera dado “a los Apóstoles y sucesores suyos en el sacerdocio” el “poder de consagrar, ofrecer y administrar el cuerpo y la sangre del Señor” (Conc. Trid., Ses. 23 a, c. 1: Denz.-Schönm. 1764, 1). Fue entonces, en la Ultima Cena, durante la institución de la Eucaristía, cuando Jesús constituyó a los Apóstoles “sacerdotes del Nuevo Testamento” (Ibíd., Ses 22 a, c. 1: l.c. 1740). Por todo ello, nos sentimos hoy como en el Cenáculo, pues en una misma acción litúrgica se unen la celebración de la Santísima Eucaristía y la ordenación sacerdotal.

2. En esta ceremonia de ordenación, en la que por la imposición de mis manos vosotros, queridos diáconos, llegaréis a ser ministros del sacrificio eucarístico, vislumbro la emoción de todos los presentes. Mirando a cada uno de vosotros, adivino las oraciones y sacrificios de tantos padres y madres, de tantos educadores, de tantas personas consagradas y gente sencilla, a quienes la Iglesia hace objeto de profunda gratitud.

De modo especial, deseo recordar la fecunda labor –las más de las veces callada– de tantos sacerdotes que os precedieron, los cuales con su vida santa y su dedicación apostólica, han hecho posible en el día de hoy esta ordenación que llena de alegría a toda la Iglesia.

Me es grato saludar con vivo afecto a mis Hermanos en el Episcopado. En particular, al Señor Arzobispo de Sevilla, a los Señores Cardenales, a los Señores Obispos que hoy, con viva satisfacción presentan a la Iglesia a algunos de sus hijos predilectos para que, por la imposición de manos, sean ordenados “ sacerdotes del Nuevo Testamento ” al servicio del Pueblo de Dios. Una palabra de especial cariño dirijo a los seminaristas de toda Andalucía que, junto con sus formadores, han querido unirse a esta significativa celebración. Mi más afectuosa bienvenida a todas las personas aquí presentes, que participan en este rito de ordenación, en particular, a los padres y demás familiares de quienes van recibir el Orden sagrado.

3. Acabamos de escuchar las palabras que el Señor dirige a los discípulos durante la Ultima Cena: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27). Jesús les ha encomendado trabajar por su Reino, pero les advierte que su misión nada tiene que ver con el ejercicio de la autoridad al modo humano.

En la primera carta de san Pedro, que hemos escuchado (1P 5, 1-4), se encuentran unas exhortaciones a los presbíteros y se les recuerda que su servicio está incorporado al del Supremo Pastor, del cual recibirán “la corona de gloria que no se marchita” (Ibíd., 5, 4).

Con las mismas palabras del apóstol Pedro, quiero también exhortaros a vosotros, queridísimos hijos, al ordenaros de presbíteros: “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana como Dios quiere” (Ibíd., 5, 2). Sed pastores según el Corazón de Dios; según el Corazón de Aquel que dijo de sí mismo: “Yo soy el buen Pastor” (Jn 10, 11). En un mundo como el nuestro, tan expuesto a tentaciones que apartan al hombre del misterio de Dios, el sacerdote, como buen pastor, tiene que ser transparencia del rostro misericordioso de Jesús, el único que salva; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral.

4. Al recibir la ordenación sacerdotal durante este XLV Congreso Eucarístico Internacional, vuestro corazón está particularmente henchido de gozo porque, por voluntad del Señor, vais a ser ministros de la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos enseña que “la caridad pastoral fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial” (Presbyterorum ordinis, 14). Por eso, con palabras del Ritual de la ordenación, os exhortaré haciendo referencia a la Eucaristía: “Daos cuenta de lo que hacéis e imitad lo que conmemoráis, de tal manera que, al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, os esforcéis por hacer morir en vosotros el mal y procuréis caminar en una vida nueva”.

La Eucaristía de la que vais a ser ministros no es un rito desvinculado de la vida. El sacerdote, en el altar, une a los fieles al sacrificio de Cristo, presentando no sólo sus oraciones, sino también todas sus obras buenas, sus alegrías y sufrimientos, sus peticiones y alabanzas, haciendo que la vida de los fieles sea una ofrenda para Dios. En vuestras manos sacerdotales, amados hermanos, Cristo va a depositar el inmenso tesoro de la redención, de la remisión de los pecados. Quiero exhortaros a que en el ministerio que hoy vais a comenzar no descuidéis el sacramento de la reconciliación, en el cual todos los cristianos reciben el perdón de sus pecados.

Impulsad una acción pastoral que arrastre a los fieles hacia la conversión personal, para lo cual habréis de dedicar al ministerio del perdón todo el tiempo que sea necesario, con generosidad, con paciencia de auténticos “ pescadores de hombres ”.

5. En la primera lectura de nuestra celebración eucarística vemos al profeta Jeremías que recibe el encargo de anunciar la Palabra del Señor.

Una misión que también vosotros, amadísimos ordenandos, recibís hoy como ministros y servidores de la Buena Nueva. El Señor, que comenzó su ministerio público predicando la conversión, encomendó a sus discípulos de una forma especial el ministerio de la predicación. Durante su vida pública los envió a predicar. También vosotros, como sacerdotes, estaréis llamados a proclamar la palabra de vida, a anunciar la Buena Nueva que salva. Esto es lo que esperan los fieles y lo que la Iglesia os pide: que seáis auténticos ministros de la Palabra para que, como nos dice san Pablo: “Os tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (cf. 1Co 4, 1). Vuestra fidelidad a la misión recibida se enmarca en el misterio de la Iglesia, en la cual Jesús está presente y operante para la salvación del mundo.

Os exhorto, pues, a que vuestra predicación se inspire siempre en la Palabra de Dios, transmitida por la Tradición y propuesta autorizadamente por el Magisterio de la Iglesia. Hablad con valentía, predicad con fe profunda, alentando siempre a la esperanza, como testigos del Señor Resucitado. No os consideréis maestros al margen de Cristo (cf. Mt 23, 8) sino testigos y servidores, según la exhortación del Pontifical Romano: “Procurad creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar lo que enseñáis”.

6. No podemos olvidar que una de las imágenes que los evangelios nos muestran repetidamente es la de Jesús en oración. El Señor, como enviado del Padre, ora siempre. Su oración entra dentro de su ministerio sacerdotal; y así, vemos que donde aparece con más fuerza orando por todos es en la gran plegaria sacerdotal durante la Ultima Cena (cf. Jn 17, 1-26), cuando instituye la Eucaristía y el Sacerdocio.

¿Cómo no ha de sentirse, pues, todo sacerdote llamado a la intimidad con el Señor en la oración? En efecto, la oración es un elemento esencial en la vida y en la actividad pastoral del presbítero. Así exponía la necesidad de orar, en el ministro sagrado, un sacerdote de esta tierra y patrono del clero secular español, san Juan de Ávila: “¡Oh qué gran negocio es incensar y ofrecer este sacrificio, y andar estas cosas juntas. Porque para hacerse bien y ser valerosas no se ha de apartar una de otro! El incensar es orar; y aquel ha de tener por oficio el orar que tiene por oficio el sacrificar, pues es medianero entre Dios y los hombres, para pedirle misericordia; y no a secas, sino ofreciéndole el don que amansa la ira, que es Cristo nuestro Señor” (S. Juan de Ávila, Pláticas espirituales, 2).

7. Desde la plena configuración a Cristo es como se entiende la legislación de la Iglesia latina –y también la de algunos ritos orientales– que exige a todos los sacerdotes el celibato. “Esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo Cabeza y Esposo de la Iglesia” (Pastores davo vobis, 29). Pedid, pues, al Señor la gracia de vivir intensamente este gran don con que ha bendecido a su Iglesia. Es ésta una exhortación que dirijo no sólo a los queridos hijos que van a ser ordenados, sino también, con afecto y gratitud, a todos los sacerdotes aquí presentes y a cuantos, en los diversos campos de la pastoral y de la acción apostólica en España colaboran generosamente con los Obispos en la ingente tarea de la nueva evangelización. Sed siempre, con vuestra vida santa y entregada, luz y sal que ilumine y dé sabor de virtudes cristianas a cuantos os rodean. Vuestro testimonio como sacerdotes ha de ser siempre evangelizador, para que los necesitados de la luz de la fe acojan con gozo la palabra de salvación; para que los pobres y los más olvidados sientan la cercanía de la solidaridad fraterna; para que los marginados y abandonados experimenten el amor de Cristo; para que los sin voz se sientan escuchados; para que los tratados injustamente hallen defensa y ayuda.

8. ¡Queridos hijos que os disponéis a recibir de mis manos la ordenación sacerdotal! ¡Qué vastos son los horizontes que Cristo y su Iglesia ponen hoy ante vosotros! Abrid vuestras almas para recibir este gran don de Dios. Os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María, “ Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes ”, para que os entreguéis plenamente a la realización del ideal de vida sacerdotal que la Iglesia os presenta.

El Señor os ofrece hoy “la corona de gloria que no se marchita” (1P 5, 4). “Pasa la apariencia de este mundo” (1Co 7, 31); pero Cristo, Luz de los pueblos, es el sacerdote de una Alianza que no pasa, que no se marchita porque es eterna.

* * *

Mis mejores deseos para todos especialmente para los presbíteros recién consagrados. Para todas las familias de ellos, familias de nacimiento, a las familias espirituales, eclesiales, parroquias, diócesis. Para los señores Obispos todos y cada uno y también para el Papa.

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

top