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VIAJE APOSTÓLICO A JAMAICA, MÉXICO Y DENVER

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CELEBRACIÓN DE LA PALABRA
PARA LOS FIELES DE DENVER


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Sábado 14 de agosto de 1993



«El monte de la casa del Señor será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas» (Is 2, 2).

Queridos hermanos y hermanas en Cristo;
querido arzobispo, pastor de esta amada Iglesia de Denver:

1. Al llegar a Denver dirigí la mirada hacia el esplendor de las Montañas Rocosas, cuya majestuosidad y poder recuerdan que toda nuestra ayuda procede del Señor, que hizo el cielo y la tierra (cf. Sal 121, 1). Sólo él es la roca de nuestra salvación (cf. Sal 89, 26). Dios me ha concedido la gracia de unir mi voz a la vuestra para alabar y dar gracias al Padre celestial por las «maravillas» de Dios (Hch 2, 11), que ha realizado desde que se anunció por vez primera el Evangelio en esta región.

Saludo hoy a todos los que Cristo —el pescador de hombres, el pescador divino— ha recogido en la red de su Iglesia. «En el corazón de Cristo Jesús» (Flp 1, 8), doy las gracias a mons. Stafford, arzobispo de Denver; a mons. Hanifen, obispo de Colorado Springs; a mons. Tafoya, obispo de Pueblo; a mons. Hart, obispo de Cheyenne y a los demás cardenales y obispos presentes; a los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, y a cada uno de vosotros, por ser «sanos en la fe, en la caridad y en la paciencia» (Tt 2, 2).

Saludo cordialmente al gobernador de Colorado, al alcalde de Denver y a los representantes de las demás Iglesias, comunidades eclesiales y organizaciones religiosas. Vuestra presencia nos anima a seguir luchando por una comprensión cada vez mayor entre todas las personas de buena voluntad y a trabajar juntos por una nueva civilización de amor.

2. La Jornada mundial de la juventud es una gran celebración de la vida: la vida como don divino y como misterio inefable. Los jóvenes de todo el mundo se reúnen para profesar la fe de la Iglesia por la que en Jesucristo podemos alcanzar la plena verdad acerca de nuestra condición humana y de nuestro destino eterno.

Sólo en Cristo los hombres y mujeres pueden encontrar la respuesta a las cuestiones básicas que los afligen. Sólo en Cristo pueden comprender a fondo su dignidad como personas creadas y amadas por Dios. Jesucristo es el «Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

Teniendo presente la encarnación del Verbo eterno, la Iglesia comprende con mayor profundidad su doble naturaleza: humana y divina. Es el cuerpo místico del Verbo hecho carne. Por esta razón está unida inseparablemente a su Señor y es santa de manera indefectible (cf. Lumen gentium, 39). La Iglesia también es el instrumento visible del que Dios se sirve para reconciliar consigo a la humanidad caída en el pecado, Es el pueblo de Dios que realiza su peregrinación hacia la casa del Padre. En este sentido, tiene necesidad constante de conversión y renovación, y sus miembros siempre deben sentirse impulsados «a la purificación y renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la Iglesia» (ib. 15). Sólo cuando la Iglesia produce obras de santidad auténtica y servicio humilde, se cumplen las palabras de Isaías: «Confluirán a él todas las naciones» (Is 2, 2).

La Iglesia, unida a Cristo como comunión visible de personas, debe tener como modelo a la comunidad cristiana primitiva de Jerusalén, que acudía asiduamente «a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2, 42). Si la Iglesia debe ser signo creíble de reconciliación ante el mundo, todos los creyentes, independientemente del lugar en que se encuentren, deben tener «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). A través de vuestra comunión fraterna, el mundo sabrá que sois discípulos de Cristo.

3. Los miembros de la Iglesia católica deberían cumplir siempre la exhortación de san Pablo: «conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4, 3). Con nobleza de ánimo y paciencia, honrad a la Iglesia como la esposa amada de Cristo, siempre en la plenitud de su vigor y juventud. Cuando la gente piensa en la Iglesia como «algo propio», surgen muchos problemas. La Iglesia, de hecho, pertenece a Cristo. Cristo y la Iglesia están unidos inseparablemente, como «una sola carne» (cf. Ef 5, 31). Nuestro amor a Cristo encuentra su expresión vital en nuestro amor a la Iglesia. La polarización y la crítica destructiva no caben entre los «hermanos en la fe» (Ga 6, 10).

La Iglesia en Estados Unidos es vital y dinámica, rica «en la fe, en la caridad y en la santidad» (1Tm 2, 15). Sin duda, la gran mayoría de sus obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos son seguidores fieles de Cristo y servidores generosos del mensaje evangélico de amor. Sin embargo, en una época en la que todas las instituciones resultan sospechosas, la misma Iglesia no se ha salvado de reproches. Ya he escrito a los obispos estadounidenses acerca del dolor y el escándalo causados por los pecados de algunos ministros del altar. Les he dicho que comparto su preocupación, especialmente por las víctimas de esas malas acciones. Situaciones tristes como ésas nos renuevan la invitación a mirar el misterio de la Iglesia con ojos de fe. Es necesario poner todos los medios humanos posibles para afrontar este mal, pero no podemos olvidar que el medio principal y más importante es la oración: la oración ardiente, humilde y confiada. Los Estados Unidos tienen mucha necesidad de oración, si no quieren perder su propia alma (cf. Carta a los obispos de Estados Unidos, 11 de junio de 1993).

4. Acerca de muchas cuestiones, especialmente de naturaleza moral, «la doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer» (Familiaris consortio, 30). Esto es evidente sobre todo en las cuestiones referentes a la transmisión de la vida humana y al derecho inalienable a la vida del niño no nacido aún.

Hace veinticinco años, el Papa Pablo VI promulgó la encíclica Humanae vitae. Vuestros obispos, en una Declaración que publicaron recientemente para celebrar ese aniversario, invitan a todos «a escuchar la sabiduría de la Humanae vitae y a hacer de la enseñanza de la Iglesia el fundamento de una comprensión renovada del matrimonio y de la vida familiar» (Conferencia nacional de los obispos católicos, Sexualidad humana desde la perspectiva de Dios: La «Humanae vitae» 25 años después, conclusión). La Iglesia invita a las parejas casadas a una procreación responsable, obrando como ministros, y no como árbitros del plan salvífico de Dios. Desde la publicación de la Humanae vitae, se han dado pasos significativos para promover los métodos naturales de planificación familiar entre quienes desean vivir su amor conyugal en armonía completa con esta verdad. Sin embargo, deben realizarse nuevos esfuerzos para educar las conciencias de las parejas en esta forma de castidad conyugal, fundada en el «diálogo, el respeto recíproco, la responsabilidad común y el dominio de sí mismo» (Familiaris consortio, 32). Hago un llamamiento de manera particular a los jóvenes, para que descubran la riqueza de sabiduría, la integridad de conciencia y la profunda alegría interior que brotan del respeto a la sexualidad humana entendida como gran don de Dios y vivida según la verdad del significado nupcial del cuerpo.

5. Del mismo modo, la construcción de una auténtica civilización del amor debe incluir un gran esfuerzo para educar las conciencias en las verdades morales que sostienen el respeto a la vida frente a cualquier amenaza. La Iglesia católica, en su incansable solicitud en favor de los derechos humanos y la justicia, está firmemente comprometida en proteger y amar toda vida humana, incluyendo la de la persona no nacida aún. Habiendo sido enviada por Cristo a servir a los débiles, a los desheredados y a los indefensos, la Iglesia tiene el deber de hablar en nombre de aquellos que tienen más necesidad de protección. Es de gran consuelo el hecho de que esta posición sea aceptada por personas de muchas confesiones. Quien respeta la vida debe acompañar su propia enseñanza acerca del valor de toda vida humana con actos concretos y eficaces de solidaridad con respecto a quienes se encuentran en situaciones difíciles. Sin caridad, la lucha por la defensa de la vida carecería del elemento esencial de la ética cristiana; como escribe san Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12, 21).

Mons. Stafford me ha hablado de la preocupación profunda de muchos estadounidenses por la violencia urbana, que consideran un signo de los tiempos negativo, que debe ser interpretado a la luz del Evangelio. La violencia es siempre una falta de respeto a la imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27) en nuestro prójimo, en toda persona humana, sin excepción alguna. La violencia, en cualquiera de sus formas, es una negación de la dignidad humana. Lo que hay que preguntarse es: ¿quién es el responsable? Las personas tienen su responsabilidad por lo que está acaeciendo. Las familias tienen su responsabilidad, la sociedad tiene también una gran responsabilidad. Todo el mundo ha de aceptar su parte de responsabilidad, incluidos los medios de comunicación social.

Así, ¡el Papa está hablando contra la televisión, que lo presenta! Lo repito una vez más: incluidos los medios de comunicación social, que cada vez parecen tomar más conciencia del efecto que pueden producir en su audiencia. Cabe preguntarse: ¿Quién es el responsable de esos medios? ¿Quién es el responsable?

Y ¿qué es preciso hacer? Cada uno debe tratar de promover un profundo sentido del valor de la vida y la dignidad de la persona humana. Toda la sociedad debe esforzarse por cambiar las estructuras y las condiciones que llevan a las personas, y especialmente a los jóvenes, a perder esa visión, a la falta de estima hacia sí mismos y hacia los demás que lleva a la violencia. Pero dado que la raíz de la violencia se halla en el corazón humano, la sociedad humana se verá obligada a seguirla causando, a seguirla alimentando e incluso a glorificarla, a no ser que reafirme las verdades morales y religiosas, únicas que constituyen barreras efectivas contra la ilegalidad y la violencia, pues sólo esas verdades son capaces de iluminar y fortalecer las conciencias. Esa es nuestra responsabilidad, En último término, es la victoria de la gracia sobre el pecado, que lleva a la armonía fraterna y a la reconciliación.

6. Hermanos y hermanas en Cristo, os da exhorto a renovar vuestra confianza en la riqueza de la misericordia del Padre (cf. Ef 2, 4), en la encarnación y en la redención llevada a cabo por su amado Hijo, y en la presencia vivificante del Espíritu Santo en vuestro corazón. Este inmenso misterio de amor se nos hace presente a través de los sacramentos de la santa Iglesia, así como a través de su enseñanza y su solidaridad con la humanidad peregrina. La Iglesia, a través de vuestros obispos y los demás ministros, en vuestras parroquias, asociaciones y movimientos, tiene necesidad de vuestro amor y vuestro apoyo activo para defender el derecho inviolable a la vida y a la integridad de la familia, para promover los principios cristianos en la vida privada y pública, para servir a los pobres y débiles, y para vencer todo tipo de mal con el bien.

María, llena de gracia, interceda por la comunidad católica de Colorado y de Estados Unidos. Que su ejemplo de discípula fiel genere en cada uno de vosotros un amor cada vez más personal a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Ella, que es Madre de la Iglesia, os enseñe a amar y servir a la Iglesia como amó y sirvió a la primera comunidad de seguidores de Cristo (cf. Hch 1, 14).

Quiera Dios que a través de la Iglesia permanezcáis en Cristo, el Príncipe de la paz y el Señor de nuestra vida.

Amén.

El Papa no ha hablado contra la libertad, especialmente contra la libertad americana. Al contrario; ha hablado en favor de la libertad, en favor del buen uso de la libertad. Sólo el buen uso de la libertad es verdadera libertad. Y el Papa no ha hablado contra la civilización americana, contra la televisión americana. Al contrario, ha hablado en favor de una auténtica la promoción de la civilización, de la cultura y de la dignidad humana.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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