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VIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

SANTA MISA PARA LOS DELEGADOS DEL FORUM DE LOS JÓVENES

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Catedral de la Inmaculada Concepción de Denver
Sábado 14 de agosto de 1993

 

«Id por todo el mundo» (Mc 16,15).

1. Las últimas palabras de Cristo a sus Apóstoles en el evangelio de san Marcos son estas: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación». Éste es el mandato misionero. Con este mandato empezó la gran expansión de la Iglesia desde el primer grupo de discípulos en Jerusalén hasta la gran familia cristiana esparcida por todo el mundo. La Iglesia vive en todo pueblo y nación, como lo demuestra claramente vuestra presencia aquí, jóvenes representantes del Forum internacional de la juventud, que procedéis de casi todos los países del mundo.

Cristo dirigió esas palabras de desafío a los Apóstoles, a quienes ya había dicho antes: «Seguidme» (Mc 1,17). A cada uno, individualmente, de modo personal le había dicho: Sígueme. Y entre la llamada inicial y el envío final a todo el mundo, cada uno de esos discípulos vivió una experiencia, un proceso de crecimiento, que lo preparó íntimamente para el gran desafío y la gran aventura que representaba para ellos el ser enviados por Cristo.

Cristo primero invita, luego se autorrevela más profundamente y, por último, envía. A quienes desea enviar los invita a conocerle. Envía a quienes han llegado a conocer el misterio de su persona y de su reino, pues deben proclamar el Evangelio con la fuerza de su testimonio. Y la fuerza de su testimonio depende del conocimiento y del amor de Jesucristo mismo. Todo apóstol debe ser capaz de identificarse con lo que dice la primera carta de Juan: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida» (1Jn 1,1).

2. La misma experiencia del Evangelio penetra toda la Jornada mundial de la juventud. Los jóvenes que se han reunido aquí de todo el mundo, y sobre todo vosotros que participáis en el Forum internacional de la juventud, estáis empeñados en ese proceso: en un momento determinado Cristo entró en vuestra vida y os invitó a adquirir una mayor conciencia de vuestra consagración bautismal; con la gracia de Dios y la ayuda de una comunidad creyente crecisteis en la comprensión de vuestra identidad cristiana y de vuestro papel en la Iglesia y la sociedad. Como católicos maduros, empezasteis a tomar parte activa en el apostolado.

Denver es la suma de innumerables experiencias de ese tipo. En vuestras familias, parroquias, escuelas, asociaciones y movimientos católicos se plantó la semilla de una fe auténtica, que creció hasta que oísteis en vuestro corazón el eco de aquellas palabras originales: «Ven y sígueme» (Lc 18,22). Cada uno de vosotros ha seguido un camino diferente, pero no habéis estado solos en este viaje. En cada etapa la Iglesia os ha acompañado y alentado por medio de sus ministros, sus religiosos y muchos miembros activos del laicado. El camino os condujo finalmente al Forum internacional de la juventud. Y ahora, aquí en Denver, os encontráis frente al desafío de aceptar todas las consecuencias de las palabras del Señor: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Sí, Cristo, el Señor, es el centro mismo de la Jornada mundial de la juventud, y continúa invitando a muchos jóvenes a unirse a él en la tarea sublime de difundir su reino. Él está aquí porque la Iglesia está aquí. Está aquí en la Eucaristía y mediante el ministerio de sus sacerdotes y sus obispos en unión con el Sucesor de Pedro. Cristo está aquí mediante la fe y el amor de tantos jóvenes que se han preparado espiritualmente para este encuentro, han trabajado mucho y han hecho sacrificios para poder realizar esta peregrinación de esperanza y compromiso.

3. En cierto sentido el Forum internacional de la juventud representa el núcleo de la Jornada mundial de la juventud. No sólo estáis orando y reflexionando sobre el tema de la vida en abundancia que Cristo vino a darnos (cf. Jn 10,10), sino que también estáis comparando experiencias de apostolado realizadas en diferentes partes del mundo, a fin de aprender unos de otros y ser confirmados en el liderazgo cristiano que estáis llamados a ejercer entre vuestros coetáneos. Sólo un gran amor a Cristo y a la Iglesia os sostendrá en el apostolado que os espera cuando volváis a casa.

Como líderes en el campo del apostolado juvenil, vuestra labor consistirá en ayudar a vuestras parroquias, diócesis, asociaciones y movimientos a estar abiertos verdaderamente a las necesidades personales, sociales y espirituales de los jóvenes. Tendréis que hallar la manera de hacer participar a los jóvenes en proyectos y actividades de formación, espiritualidad y servicio, haciéndolos responsables de sí mismos y de sus obras, y preocupándoos por no aislarlos a ellos y su apostolado del resto de la comunidad eclesial. Los jóvenes necesitan poder ver la importancia práctica de sus esfuerzos para salir al paso de las necesidades reales del pueblo, especialmente de los pobres y marginados. Deberían poder ver también que su apostolado forma parte plenamente de la misión de la Iglesia en el mundo.

¡No tengáis miedo! Denver, como las anteriores Jornadas mundiales de la juventud, es un tiempo de gracia: una gran asamblea de jóvenes, que hablan lenguas diferentes, pero todos unidos a la hora de proclamar el misterio de Cristo y de la vida nueva que él nos da. Esto es especialmente evidente en las catequesis que están impartiéndose estos días en diversas lenguas. En la oración y el canto, muchas lenguas alaban a Dios. Todo esto hace de Denver un reflejo de lo que aconteció en Jerusalén durante Pentecostés (cf. Hch 2,1-4). Por encima de toda la variedad de los jóvenes congregados aquí —variedad de origen, raza y lengua— el Espíritu de verdad creará la unidad profunda y duradera del compromiso por la nueva evangelización, en la que la defensa de la vida humana, la promoción de los derechos humanos y la construcción de una civilización de amor son tareas urgentes.

4. Comprometerse en la nueva evangelización significa que estamos convencidos de que tenemos algo valioso que ofrecer a la familia humana en el alba del nuevo milenio. Todos los que hemos venido aquí —los jóvenes y sus pastores, los obispos y el Papa— debemos ser conscientes de que no basta ofrecer «una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien» (Redemptoris missio, 11). Debemos estar convencidos de qué tenemos «una perla de gran valor» (cf. Mt 13,46), un gran «tesoro» (cf. Mt 13,44), que es fundamental para la existencia terrena y la salvación eterna de todo miembro de la raza humana.

La llamada del profeta Isaías, narrada en la primera lectura de esta misa, puede comenzar a revelarnos el misterio. Cuando Dios se da a conocer a un ser humano, la esencia de esa comunicación es una revelación de su propia santidad: «Al Rey, al Señor de los ejércitos, han visto mis ojos [...]. Santo santo, santo, el Señor de los ejércitos» (Is 6,5.3). Y nuestra respuesta no puede ser más que una apertura gozosa a esa gloria divina y la aceptación de sus consecuencias para el significado y la finalidad de nuestra vida.

La experiencia inefable de la santidad de Dios sigue viviendo en la Iglesia. Cada día, en el mismo centro de la liturgia eucarística, repetimos las palabras «Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria» (cf. Is 6,3).

Este tesoro sigue viviendo en la Iglesia porque la santidad de Dios se revela en toda su plenitud en Jesucristo: «Pues el mismo Dios que dijo: «De las tinieblas brille la luz», ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2Co 4,6).

La santidad de Dios resplandece en Cristo, el Emmanuel, Dios con nosotros. Mirad, «la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único» (Jn 1,14). Y nosotros lo hemos visto, lo hemos oído y lo hemos tocado: junto al lago de Galilea, en la montaña de las bienaventuranzas, en el monte Tabor, en el Gólgota, a lo largo del camino de Emaús, en la Eucaristía, en la oración, en la experiencia tangible de toda vocación, especialmente cuando el Señor llama a algunas personas a seguirlo más íntimamente por el camino de la consagración religiosa o del ministerio sacerdotal. Sabemos que Cristo no abandona nunca a su Iglesia. En una época como ésta, en que muchos están confundidos acerca de las verdades y los valores fundamentales sobre los que deben construir su vida y buscar la salvación eterna; en que muchos católicos corren peligro de perder su fe, la perla de gran valor; en que no hay bastantes sacerdotes, religiosas y religiosos para apoyar y guiar, y tampoco bastantes religiosos de vida contemplativa para presentar a la gente el sentido de la supremacía absoluta de Dios, debemos estar convencidos de que Cristo llama a la puerta de muchos corazones y busca jóvenes como vosotros para enviarlos a la viña, donde les espera una mies abundante.

5. «Pero —nosotros los seres humanos— llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2Co 4,7). Por esto, a menudo tenemos miedo de las exigencias del amor del Redentor. Podemos intentar tranquilizar nuestra conciencia dándonos a nosotros mismos, pero de modo parcial y limitado, o de algún modo que nos agrade a nosotros, no siempre como el Señor nos sugiere. Con todo, el hecho de que llevemos ese tesoro en recipientes de barro sirve para hacer patente que «una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7). Dondequiera que los jóvenes permiten que la gracia de Dios actúe en ellos y produzca una vida nueva, la fuerza extraordinaria del amor divino se libera dentro de su vida y dentro de la vida de la comunidad. Esa fuerza transforma su actitud y su comportamiento, e impulsa inevitablemente a los demás a seguir el mismo camino aventurado. Esa fuerza viene de Dios y no de nosotros.

El que os ha invitado a Denver y puede llamaros en cualquier etapa de vuestra peregrinación por la vida, quiere que poseáis el tesoro de conocerlo más profundamente. Quiere ocupar el lugar central en vuestro corazón y, por ello, purifica vuestro amor y prueba vuestra valentía. La conciencia de su presencia, escondida pero cierta actúa como una brasa que toca vuestros labios (cf. Is 6,7) y os hace capaces de repetir el «si» eterno del Hijo, como dice la carta a los Hebreos: «Entonces dije: "¡He aquí que vengo —pues de mi está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad!"» (Hb10,7). Ese «sí» guió todos los pasos del Hijo del hombre: «Jesús pues, tomando la palabra, les decía: "En verdad en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo"» (Jn 5,19). Y María pronunció el mismo «si» al plan de Dios para su vida: «Hágase en mi según tu palabra» (Lc 1,38).

6. Cristo pregunta a los jóvenes de la Jornada mundial de la juventud: «¿A quién enviaré?» (Is 6,8). Y cada uno ha de responder con fervor: «Heme aquí: envíame» (Is 6,8).

No os olvidéis de las necesidades de vuestros países. Escuchad el grito de los pobres y los oprimidos en los países y los continentes de los que venís. Estad seguros de que el Evangelio es el único camino de liberación y salvación auténticas para los pueblos del mundo: «Tu salvación, oh Señor, es para todos los pueblos» (Salmo responsorial, Sal 95).

Todos los que, en respuesta a la invitación de Cristo, han venido a Denver para tomar parte en la Jornada mundial de la juventud, deben escuchar sus palabras: «Id [...] y proclamad la buena nueva» (Mc 16,15).

Oremos con fervor al Señor de la mies, a fin de que los jóvenes del mundo no duden en responder: «¡Heme aquí: envíame!». «¡Envíanos!». Amén.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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