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SOLEMNIDAD DE «CORPUS CHRISTI»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 15 de junio de 1995

1. «Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11, 26).

Hoy, reunidos aquí, ante la basílica de San Juan de Letrán, catedral del Obispo de Roma, anunciamos de modo especial la muerte de Cristo. En este mismo templo cada año celebramos la liturgia del Jueves santo. La solemnidad de hoy es, en cierto sentido, el complemento de la liturgia del Jueves santo, como la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que se celebrará la próxima semana, constituye un complemento significativo de la liturgia del Viernes santo.

El Jueves santo nos recuerda la cena del Señor y la institución de la Eucaristía en el contexto de la Semana santa, semana de la pasión del Señor. Ese contexto no nos permite expresar hasta el fondo todo lo que significa para nosotros la Eucaristía. Al final de la liturgia del Jueves santo, después de la santa misa in coena Domini, el santísimo Sacramento es depositado en una capilla preparada para ese fin.

Se trata de una procesión eucarística que reviste un significado característico: acompañamos a Cristo al inicio de los acontecimientos de su pasión. En efecto, sabemos que después de la última cena tuvo lugar la oración en Getsemani, el prendimiento y el juicio, primero ante Anás y luego ante Caifás, que por entonces era sumo sacerdote. Por eso, el Jueves santo acompañamos a Jesús en el camino que lo conduce hacia las horas terribles de la pasión, pocas horas antes de su condena a muerte y de su crucifixión. En la tradición polaca, al lugar donde se deposita la Eucaristía después de la liturgia de la cena del Señor se le suele llamar la capilla oscura, porque la piedad popular asocia su recuerdo al de la prisión en la que el Señor Jesús pasó la noche del jueves al. viernes, una noche que ciertamente no fue de descanso, sino una etapa ulterior de sufrimiento físico y espiritual.

2. Muy diverso es el clima que rodea la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Fue instituida relativamente tarde, en el periodo de la Edad Media, y responde a la profunda necesidad de manifestar, de modo diverso y más completo, todo lo que la Eucaristía es para la Iglesia.

«Pange, lingua, gloriosi corporis mysterittin, sanguinisque pretiosi...». En las palabras de ese famoso himno, santo Tomás de Aquino expresó de modo elocuente esa necesidad del pueblo de Dios. «Pange, lingua». La lengua de los hombres debe cantar el misterio de la Eucaristía. Debe cantarlo no sólo como mysterium passionis, sino también como mysterium gloriae. De allí nace la tradición de las procesiones eucarísticas, especialmente la tradición de la procesión del Corpus Christi, que constituye una expresión singular de la viva emoción que experimenta el creyente ante el «mysterium» del Cuerpo y la Sangre del Señor, del que la Iglesia vive a diario. También la procesión de esta tarde, que desde la basílica de San Juan de Letrán, por las calles de la ciudad eterna, llega hasta la basílica de Santa María la Mayor en el Esquilino, reviste un significado semejante.

Recuerdo muchas procesiones de este tipo, en las que participé desde mi niñez. Luego las he presidido yo mismo como sacerdote y obispo. La procesión del Corpus Christi constituía siempre un gran acontecimiento para las comunidades a las que pertenecía. Y así también en Roma; o, mejor, aquí más que en otras partes, dado que aquí dio su testimonio una de los testigos directos de la última cena: el apóstol Pedro. Llevando por las calles de la ciudad el santísimo Sacramento, asumimos, de la manera característica del segundo milenio, el patrimonio de fe que fue también suyo.

La lectura de hoy, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, pone muy bien de relieve esta fe. Se trata probablemente del relato escriturístico más antiguo de la institución de la Eucaristía. El Apóstol escribe: «el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío". Asimismo también el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebiereis, hacedlo en recuerda mío". Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga» (1 Co 11, 23-26).

La Iglesia, al repetir en cada santa misa las palabras: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús», es como si las tomara de labios del Apóstol de los gentiles para hacerlas suyas y repetirlas ante el mundo.

3. La liturgia del Corpus Christi nos recuerda el sacerdocio de Cristo. Habla de él tanto el salmo responsorial como la primera lectura, tomada del libro del Génesis: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec» (Sal 110, 4). Melquisedec, que vivió en tiempos de Abraham, era rey de Salem, la ciudad que más tarde tomaría el nombre de Jerusalén. Ofreció a Dios pan y vino. Abraham honró a ese extraordinario rey-sacerdote, casi presagiando en él la futura vocación de ese pueblo de Dios, del que debía convertirse en padre en la fe: vocación que, por consiguiente, no se limitaba a la antigua alianza, sino que se extendía también a la nueva y eterna.

Es extraordinario este salmo que habla del sacerdocio de Cristo según el modelo del de Melquisedec, poniendo de relieve que se trata de un sacerdocio eterno: «Tú eres sacerdote eterno». A la luz de la fe pascual, resulta claro que este sacerdote de la alianza nueva y eterna es el Hijo consustancial con el Padre.

Detengámonos a reflexionar sobre las palabras: «Oráculo del Señor a mi Señor: "Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies". Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: "somete en la batalla a tus enemigos"» (Sal 110, 1-2); y, por último, «yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora» (Sal 110, 3). ¿Qué puede significar esta metáfora poética? Leída a la luz de la plena revelación del Nuevo Testamento, habla de la generación del Verbo, Hijo del eterno Padre. Este Hijo, en virtud del juramento de Dios mismo, se convirtió mediante su propio sacrificio en «sacerdote eterno». Ofreció el sacrificio como sacerdote; ofreció el sacrificio de su Cuerpo y Sangre. Y, al mismo tiempo, dejó a la Iglesia el único e irrepetible sacrifico bajo las especies del pan y el vino, es decir, los mismos alimentos que, en tiempos de Abraham, ofrecía en sacrificio Melquisedec.

De ese modo, el sacrificio de Cristo, como Eucaristía, se convierte en banquete: el banquete del Cordero. Y la Iglesia, exhortándonos a participar en la Eucaristía, nos invita a ese banquete. Lo hace todos los días y de modo particular hoy. Además, tiene la conciencia, fundada en la fe, de que esta comida y esta bebida, que es la Eucaristía, nunca se agotarán y nunca faltarán. Están destinadas a todos, como indica el pasaje del evangelio de hoy, tomado de san Lucas: «Comieron todos hasta saciarse» (Lc 9, 17).

El día del Corpus Christi queremos agradecer esta singular abundancia del don eucarístico, con el que el pueblo de Dios en toda la tierra se alimenta incesantemente.

4. Sí. En toda la tierra. Hoy, día del Corpus Christi, celebrando la liturgia y sobre todo realizando la procesión eucarística, nos sentimos unidos a cuantos la celebran, en las diversas partes del mundo, «desde la salida del sol hasta eI ocaso». Es la Eucaristía de Roma, pero al mismo tiempo la Eucaristía de Italia y de las islas del Mediterráneo; la Eucaristía de tantas Iglesias en el continente europeo; la Eucaristía de América del norte, del centro y del sur; la Eucaristía de África y de las innumerables comunidades que en ese continente han 'acogido el mensaje del Evangelio; la Eucaristía de las islas del océano Atlántico, así como del Indico y del Pacífico; de las Iglesias de Asia y de Australia.

Comencemos, pues, la procesión eucarística, que recorre las calles de Roma y, al mismo tiempo, pronunciemos con fervor esta única palabra: Eucaristía, Eucaristía, Eucaristía. Ante los ojos del alma se hacen presentes las Iglesias esparcidas por todo el orbe de la tierra, del este al oeste, del sur al norte.

Junto con nosotros, esas Iglesias confiesan, celebran y reciben la misma Eucaristía. Con nosotros repiten las palabras del Apóstol: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús».

Nuestra esperanza no quedará defraudada. Amén.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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