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VISITA PASTORAL A GUATEMALA,
NICARAGUA, EL SALVADOR Y VENEZUELA

INAUGURACIÓN DEL NUEVO SANTUARIO
DE NUESTRA SEÑORA DE COROMOTO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Guanare, sábado 10 de febrero de 1996

 

«Tu eres el orgullo de nuestro pueblo» (Jdt 15, 9).

1. En los numerosos santuarios marianos que se levantan en tantos lugares de la tierra, repetirnos estas palabras del Libro de Judit, para expresar nuestra alegría porque la Madre de Dios ha establecido su morada en medio de su pueblo. Hoy pronuncian estas mismas palabras los habitantes de Venezuela, que precisamente aquí, en Coromoto, se reúnen para venerarla como Patrona de su Patria.

Yo expreso también la inmensa alegría que me concede la divina Providencia al poder inaugurar hoy este Santuario Nacional de la Virgen de Coromoto, cuya imagen coroné en mi anterior viaje, encomendándole los hijos e hijas de este noble País, los cuales le tributan una gran devoción gracias a la labor de tantos hombres y mujeres que la han propagado y entre los que destaca particularmente un religioso de las Escuelas Cristianas, el Hermano Nectario María.

Desde el 8 de septiembre de 1652, Santa María de Coromoto acompaña la fe de los indios y los blancos, de los mestizos y los negros de la tierra venezolana. A Ella, la Madre tan amada, le digo una vez más: «Tú que has entrado tan adentro en los corazones de los fieles a través de la señal de tu presencia, ... vive como en tu casa en estos corazones, también en el futuro» (Homilía en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 27 de enero de 1979).

«Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 48), dijo María al visitar a su prima Isabel. Precisamente estas palabras se cumplen en tantos y tantos lugares de la tierra, y también aquí, en vuestra Patria, y de forma particular en este Santuario mariano.

Junto con los Cardenales que me acompañan, me complace saludar reverentemente al Señor Presidente de la República y demás Autoridades presentes. Agradezco al Obispo Monseñor Alejandro Figueroa Medina las palabras de bienvenida que me ha dirigido. Saludo al Presidente y Miembros de la Conferencia Episcopal, así como a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que en tan gran número habéis venido a venerar conmigo, con amor y devoción, a la Madre y Virgen de Coromoto, Patrona de Venezuela.

2. En la Carta a los Gálatas san Pablo habla de la maternidad de María: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» (Ga 4,4). El «cumplimiento del tiempo» indica lo que se expresa tan intensamente en el Adviento, es decir, que la venida del Hijo de Dios estuvo precedida por un período de espera y preparación.

Ese mismo tiempo de espera y preparación se cumplió aquí, durante la primera siembra del Evangelio a cargo de los misioneros, cuya tarea, aunque dura y difícil, encontró el terreno abonado en el corazón de los hombres y mujeres sedientos de trascendencia y de los valores superiores que dan sentido a la vida humana. En todo momento, la figura cercana y materna de María ha sido el mejor modelo a imitar y seguir. Así, a medida que sobre estas tierras se realizaba el mandato de Cristo, a medida que con la gracia del bautismo se multiplicaban por doquier los hijos de la adopción divina, aparece también la Madre (Homilía en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 27 de enero de 1979).

3. Dios envió a su Hijo nacido de Mujer. Esto tuvo lugar en la noche de Navidad, como nos lo recuerda también el Evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar. Ahí están los pastores que, en las cercanías de Belén guardaban sus rebaños, ven a medianoche una gran luz y oyen las palabras del anuncio del ángel que les llama a acudir a aquella gruta. A continuación se dirigen allí y encuentran a María con José y el Niño, colocado en un pesebre (cf. Lc 2, 8-17). Es ésta la descripción sintética del acontecimiento presentada por san Lucas.

San Pablo en la Carta a los Gálatas muestra una dimensión más profunda de este acontecimiento. «Dios envió a su Hijo nacido de una mujer ... para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre)» (Ga 4, 4-7). La plena dimensión de este misterio no es sólo de carácter histórico. Nos lo expresa san Juan en el Prólogo de su Evangelio: «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros ... Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1, 14.12). Por eso el Nacimiento del Señor es al mismo tiempo la fiesta mariana más grande. Veneramos la divina maternidad de la Madre de Dios, mediante la cual el Verbo eterno se hizo hombre. La Sabiduría de Dios «ha echado raíces en un pueblo glorioso» (cf. Si 24, 12), en el Pueblo de Dios y, por medio de él, en todas la naciones que acogen la Buena Nueva de la salvación.

4. «María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19).

María es un testigo singular del misterio divino de la Encarnación y de la Redención. Lo es como Madre. Una madre experimenta de modo único y exclusivo lo que es el nacimiento de un hijo. A su vez sigue también muy de cerca toda la vida del hijo, empezando por los años de la infancia. El Evangelio presenta, de modo sintético pero totalmente transparente, el testimonio de esta experiencia materna de María, el cual abarca no sólo los años de la infancia sino también el tiempo de su vida pública, su actividad mesiánica en Israel y después la pasión, muerte en cruz y resurrección.

Si a lo largo de los siglos se han multiplicado en tantos lugares de la tierra los santuarios marianos, si son tan numerosos en América Latina y también aquí en Venezuela, entre los que destaca éste de Coromoto donde nos reunimos hoy, es precisamente porque para la Iglesia, para todos nosotros, es muy importante el testimonio materno de María sobre Cristo. Con su solicitud acompaña la difusión del Evangelio en todas las naciones. Este testimonio de María tiene una importancia particular para el continuo crecimiento y expansión de la Iglesia. María es Madre de la Iglesia porque es la Madre de Cristo.

¡Qué profundas son pues las razones para que vuestra Nación cristiana repita en este Santuario: «Tú eres el orgullo de nuestro pueblo»! (Jdt 15, 9).

5. María está presente en medio del Pueblo de Dios, convocado por la voluntad del Padre en la Iglesia. «Esta presencia de María como escribí en la Encíclica «Redemptoris Mater»encuentra múltiples medios de expresión en nuestros días al igual que a lo largo de la historia de la Iglesia. Posee también un amplio radio de acción: por medio de la fe y la piedad de los fieles, por medio de las tradiciones de las familias cristianas o "iglesias domésticas", de las comunidades parroquiales y misioneras, de los institutos religiosos, de las diócesis, por medio de la fuerza atractiva e irradiadora de los grandes santuarios, en los que no sólo los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y continentes buscan el encuentro con la Madre del Señor, la que es bienaventurada porque ha creído (Redemptoris Mater, 28).

¡María, Templo de la Nueva Alianza y Morada de Dios entre los hombres, está presente! La inauguración de este Santuario Nacional, lugar de encuentro con Dios de manos de la Madre del Redentor, es una invitación a revitalizar la fe; a amar a la Iglesia y a la humanidad con el mismo amor de Cristo; a llevar a cabo la nueva evangelización en la línea de las bienaventuranzas, con espíritu de pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, trabajando por la justicia y la paz; a comprometerse en la edificación de una sociedad más fraterna y solidaria; en definitiva, es una invitación a la santidad, «presupuesto fundamental y condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia» (Christifideles laici, 17).

6. A los pies de Nuestra Señora quiero depositar una vez más todas estas súplicas:

Virgen y Madre nuestra de Coromoto,
que siempre has preservado la fe del pueblo venezolano,
en tus manos pongo sus alegrías y esperanzas,
las tristezas y sufrimientos de todos tus hijos.

Implora sobre los Obispos y presbíteros los dones del Espíritu,
para que, fieles a sus promesas sacerdotales,
sean infatigables mensajeros de la Buena Nueva,
especialmente entre los más pobres y necesitados.

Infunde en los religiosos y religiosas
el ejemplo de tu entrega total a Dios,
para que en el servicio abnegado a los hermanos
los acompañen en sus trabajos y necesidades.

Madre de la Iglesia, alienta a los fieles laicos,
comprometidos en la Nueva Evangelización,
para que, con la promoción humana y
la evangelización de la cultura,
sean auténticos apóstoles en el Tercer Milenio.

Protege a todas las familias venezolanas
para que sean verdaderas iglesias domésticas,
donde se custodie el tesoro de la fe y de la vida,
se enseñe y se practique siempre la caridad fraterna.

Ayuda a los católicos a ser sal y luz para los demás,
como auténticos testigos de Cristo, presencia salvadora del Señor,
fuente de paz, de alegría y de esperanza.

Reina y Madre Santa de Coromoto,
ilumina a quienes rigen los destinos de Venezuela,
para que trabajen por el progreso de todos,
salvaguardando los valores morales y sociales cristianos.

Ayuda a todos y cada uno de tus hijos e hijas,
para que con Cristo, nuestro Señor y Hermano,
caminen juntos hacia el Padre
en la unidad del Espíritu Santo.

Amén.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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