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SANTA MISA Y PROCESIÓN
DESDE SAN JUAN DE LETRÁN HASTA SANTA MARÍA LA MAYOR
EN LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Jueves 6 de junio de 1996

 

«Te alimentó con el maná» (Dt 8, 3).

1. En la solemnidad del Corpus Domini, nos reunimos cada: año delante de la basílica de San Juan de Letrán para celebrar el sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo. Jesús mismo nos invita a participar en el banquete eucarístico: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (...). El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (...). El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí» (Jn 6, 56. 54. 57). Jesús pronunció estas palabras en Cafarnaúm. Con ellas anunciaba la institución de la Eucaristía, que realizaría durante la última cena.

Las palabras de la institución de la Eucaristía, que leemos en los sinópticos y en san Pablo, y que el sacerdote repite en cada santa misa, constituyen una síntesis del anuncio que refiere Juan: «Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros». «Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derrama por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía» (cf. Lc 22,19-20 y par.; 1 Co 11, 23-25).

Acogiéndolas con fe y gratitud, la Iglesia sabe lo que debe hacer, y toma mayor conciencia de lo que la Eucaristía representa para su vida y para la salvación del mundo entero.

2. Hoy, solemnidad del Corpus Domini, la Iglesia vuelve a descubrir, por decirlo así, que la Eucaristía es una peregrinación, un camino. Moisés, en el pasaje del Deuteronomio proclamado en la primera lectura, afirma: «Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto (...). Te alimentó con el maná (...) para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. (...) Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres» (Dt 8, 2. 3. 16).

¡Sí! En el tiempo del éxodo Dios alimentó a su pueblo con un alimento desconocido. Del mismo modo, los Apóstoles, testigos de la institución de la Eucaristía, cuando comenzaron la cena del Jueves santo no imaginaban lo que el Maestro les diría poco después: que ese pan era su verdadero Cuerpo y que ese vino era su verdadera Sangre. Y cuando Jesús habló, ¿qué entendieron? Sólo más tarde cayeron plenamente en la cuenta de que, precisamente en virtud de ese alimento y de esa bebida, el hombre sería capaz de emprender el camino hacia la definitiva tierra prometida. Hacia la casa del Padre. .

«O sacrum convivium...», «Oh sagrado banquete, en que Cristo se nos da como alimento, se perpetúa el memorial de su pasión, el alma se llena de gozo y se nos da la prenda de la vida futura» (Antífona al Magníficat de la solemnidad del Corpus Domini).

3. El Señor nos invita a cada uno de los presentes a participar con fe y amor en el sagrado banquete, en el que ha querido hacerse nuestro alimento y nuestra bebida para comunicarnos su misma vida divina.

Consciente de esta verdad, quisiera saludaros cordialmente a vosotros, señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; a vosotros, queridos hermanos y hermanas que representáis a las comunidades parroquiales, a los grupos y a las asociaciones de compromiso apostólico y misionero de nuestra diócesis. Os saludo a vosotros, peregrinos que habéis querido uniros a nuestra solemne manifestación de fe en Cristo, pan vivo para la salvación de la humanidad.

Están presentes, en particular, en esta liturgia eucarística y participan en la procesión del Corpus Domini, numerosos fieles procedentes de la República Checa. A ellos va nuestro cordial saludo y nuestro agradecimiento por este gesto de comunión eclesial.

Queridos hermanos y hermanas, os doy una cordial bienvenida. Recuerdo con agrado mi visita pastoral de hace un año a la República Checa y aquellos memorables días en que experimenté la fuerza de la tradición de fe y el progreso de la civilización de vuestro país.

Mirad con esperanza al futuro, fieles a las profundas raíces cristianas de vuestra amada nación. El Señor, que está presente aquí bajo las especies sagradas del pan y vino os colme de sus gracias y os lleve a vosotros y a toda vuestra nación a una prosperidad y paz duradera.

4. «Éste es el pan de los ángeles, el pan de los peregrinos» (Secuencia).

Con qué elocuencia la celebración del Corpus Domini nos ayuda a profundizar la verdad de que la Eucaristía es el sacramento de la peregrinación humana. Peregrinación prefigurada en el éxodo del pueblo de Israel de Egipto hasta la tierra prometida.

Quizá precisamente por esto, en la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que se pone en camino y junto con Jesús-Eucaristía recorre las calles de la ciudad. También nosotros, aquí en Roma, esta tarde, con la solemne procesión que se realiza desde San Juan de Letrán hasta Santa María la Mayor, queremos recordar la presencia de Dios que guió a su pueblo en el desierto hasta la tierra prometida. Sobre todo, queremos proclamar que Cristo-Eucaristía guía a la Iglesia y a todos nosotros a lo largo del camino que es él mismo, camino que lleva al Padre.

Nuestro caminar junto a él, ¿no tiene en Dios su fin? Sólo por medio de Jesús, que se nos ofrece bajo las especies del pan y del vino, la vida del hombre alcanza su plenitud: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

¡Cristo, tú eres el camino que lleva al Padre! (cf. Jn 14, 6). Tú nos guías en la peregrinación diaria hacia la patria celestial.

Con tu presencia sacramental nos haces gustar anticipadamente la alegría de la participación completa y definitiva en la vida del Padre durante el banquete eterno.

En el sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre «se nos da la prenda de la gloria futura». ¡Quédate con nosotros!

¡Camina con nosotros hoy y siempre!

Amén.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana

 

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