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XII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

MISA PARA LOS DELEGADOS DEL FORO INTERNACIONAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Iglesia Saint Etienne du Mont, París
Sábado 23 de agosto de 1997

 

1. “¡Que todos los pueblos te conozcan, Señor!”. Estas palabras de la liturgia de hoy se dirigen, ante todo, a vosotros, representantes de todas las naciones que participáis en la Jornada mundial de la juventud en París. Vuestra presencia testimonia el cumplimiento de la misión que los Apóstoles recibieron de Cristo después de su resurrección: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Sois los representantes de los pueblos donde fue anunciado y acogido el Evangelio, pueblos cuyas culturas ya han sido impregnadas y transfiguradas por él.

Estáis aquí, no sólo porque habéis recibido la fe y el bautismo, sino también porque deseáis transmitir esta fe a los demás. ¡Son tantos los corazones que esperan el Evangelio! El grito de la liturgia de este día puede adquirir todo su sentido en vuestros labios: “¡Que todas las naciones te conozcan, Señor!”.

2. La Jornada mundial de la juventud tiene una clara dimensión misionera. La liturgia de hoy lo manifiesta. La primera lectura, tomada del libro de Isaías, dice: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: “Ya reina tu Dios”!» (Is 52, 7). El profeta piensa, ciertamente, en el Mesías esperado entonces. Será Cristo, el Mesías, quien anuncie ante todo la buena nueva. Pero, esta buena nueva la transmitirá a los Apóstoles. Por su participación en su misión profética, sacerdotal y real, ellos, y después de ellos todo el pueblo de Dios de la nueva alianza, se convertirán en sus mensajeros por todo el mundo. Por tanto, las palabras del profeta les atañen: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae buenas nuevas...!”.

Estas palabras os atañen a vosotros, que estáis reunidos aquí; a vosotros que participáis en la Jornada mundial de la juventud de todas las naciones que hay bajo el sol. Vuestra asamblea es como un nuevo Pentecostés. Y es preciso que sea así. Es necesario que, como los Apóstoles en el cenáculo y más allá de la percepción de nuestros sentidos, oigamos el ruido, la ráfaga de un viento impetuoso; que sobre la cabeza de todos los que están aquí aparezcan las lenguas de fuego del Espíritu santo, y que todos comiencen a proclamar en las diferentes lenguas las maravillas de Dios (cf. Hch 2, 1-4). Entonces seréis, en el tercer milenio, los testigos de la buena nueva.

3. La lectura del evangelio de san Mateo nos recuerda la parábola del sembrador. Ya la conocemos, pero podemos releer continuamente las palabras del Evangelio y encontrar siempre en ellas una luz nueva. Salió un sembrador a sembrar. Mientras sembraba, unas semillas cayeron a lo largo del camino, otras en un pedregal; algunas entre abrojos, otras en tierra buena, y sólo éstas dieron fruto (cf. Mt 13, 3-8).

Jesús no se contenta con presentar la parábola; la explica. Escuchemos también nosotros la explicación de la parábola del sembrador. Las semillas caídas a lo largo del camino designan a quienes oyen la palabra del reino de Dios, pero no la comprenden; viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón (cf. Mt 13, 19). El maligno recorre frecuentemente este camino, y se dedica a impedir que las semillas germinen en el corazón de los hombres. Esta es la primera comparación. La segunda es la de las semillas caídas en un pedregal. Este suelo designa a las personas que oyen la palabra y la reciben enseguida con alegría; pero no tienen raíz en sí mismas y son inconstantes. Cuando llega una tribulación o una persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida (cf. Mt 13, 20-21). ¡Qué psicología encierra esta comparación de Cristo! ¡Conocemos bien, en nosotros y a nuestro alrededor, la inconstancia de personas sin raíces que puedan hacer crecer la palabra! La tercera es la de las semillas caídas entre abrojos. Cristo explica que se refiere a las personas que oyen la palabra, pero que, a causa de las preocupaciones de este mundo y de su apego a las riquezas, la ahogan y queda sin fruto (cf. Mt 13, 22).

Por último, las semillas caídas en tierra buena representan a quienes oyen la palabra y la comprenden, y da fruto en ellos (cf. Mt 13, 23). Toda esta magnífica parábola nos habla hoy, tal como hablaba a los oyentes de Jesús hace dos mil años. Durante este encuentro mundial de la juventud, convirtámonos en tierra buena que recibe la semilla del Evangelio y da fruto.

4. Conscientes de la timidez del alma humana para acoger la palabra de Dios, dirijamos al Espíritu esta ardiente plegaria litúrgica:

Veni, Creator Spiritus,
mentes tuorum visita,
imple superna gratia
quae tu creasti pectora.

Ven, Espíritu creador,
visita la mente de tus fieles,
llena con tu gracia
los corazones que has creado.

Con esta plegaria, abrimos nuestro corazón, suplicando al Espíritu que lo llene de luz y de vida.

Espíritu de Dios, haznos disponibles a tu visita; haz crecer en nosotros la fe en la Palabra que salva. Sé tú la fuente viva de la esperanza que germina en nuestra vida. Sé tú en nosotros el soplo de amor que nos transforma y el fuego de caridad que nos impulsa a entregarnos a nosotros mismos mediante el servicio a nuestros hermanos.

Tú, enviado a nosotros por el Padre, enséñanos todo y haz que captemos la riqueza de la palabra de Cristo. Afirma en nosotros el hombre interior; haz que pasemos del temor a la confianza, para que brote en nosotros la alabanza de tu gloria.

Sé tú la luz que venga a llenar el corazón de los hombres y a darles la valentía de buscarte incansablemente. Tú, el Espíritu de verdad, introdúcenos en la verdad plena, para que proclamemos con firmeza el misterio de Dios vivo, que actúa en nuestra historia. Ilumínanos sobre el sentido último de esta historia.

Aleja de nosotros las infidelidades que nos separan de ti; aparta de nosotros el resentimiento y la división, y haz que crezca en nosotros un espíritu de fraternidad y de unidad, para que sepamos construir la ciudad de los hombres en la paz y la solidaridad que nos vienen de Dios.

Haz que descubramos que el amor está en lo más íntimo de la vida divina y que estamos llamados a participar en ella. Enséñanos a amarnos los unos a los otros como el Padre nos ha amado, dándonos a su Hijo (cf. Jn 3, 16).

Que todos los pueblos te conozcan a ti, Dios, Padre de todos los hombres, que tu Hijo vino a revelarnos; a ti, que nos enviaste tu Espíritu para comunicarnos los frutos de la Redención.

5. Saludo cordialmente aquí, esta mañana, a los responsables del Consejo pontificio para los laicos, organizadores del Foro internacional de los jóvenes, que os ha reunido para este tiempo de reflexión y oración. Doy las gracias a quienes han asegurado el buen desarrollo de este encuentro, particularmente a los responsables de la Escuela politécnica, que lo han acogido con generosidad y disponibilidad.

Queridos amigos, ayer, en la catedral de Notre Dame de París, beatifiqué a Federico Ozanam, un laico, un joven como vosotros; lo recuerdo con gusto en esta iglesia de Saint-Étienne du Mont, dado que aquí realizó sus primeras actividades con otros jóvenes en favor de los pobres del barrio. Iluminado por el Espíritu de Cristo y fiel a la meditación diaria de su Palabra, el beato Federico os propone un ideal de santidad para hoy, el de la entrega de sí al servicio de los más desamparados de la sociedad. Ojalá que, en el recuerdo de esta XII Jornada mundial de la juventud, sea para vosotros un amigo y un modelo en vuestro testimonio de jóvenes cristianos.

6. Durante estas jornadas tan densas que acabáis de vivir, también vosotros habéis ido al encuentro de Cristo y habéis dejado que penetre en vosotros la Palabra, para que germine y dé fruto. Haciendo una experiencia excepcional de la universalidad de la Iglesia y del patrimonio común a todos los discípulos de Cristo, habéis dado gracias por las maravillas que Dios realiza en el corazón de la humanidad. Asimismo, habéis compartido los sufrimientos, las angustias, las esperanzas y los llamamientos de los hombres de hoy.

Esta mañana, el Espíritu Santo os envía, como “una carta de Cristo”, a proclamar en cada uno de vuestros países las obras de Dios y ser testigos celosos del evangelio de Cristo entre los hombres de buena voluntad, hasta los confines de la tierra. La misión que se os confía exige que, durante toda vuestra vida, dediquéis el tiempo necesario a vuestra formación espiritual y doctrinal, a fin de profundizar vuestra fe y convertiros, también vosotros, en formadores. Así, responderéis a la llamada “a crecer, a madurar continuamente, a dar cada vez más fruto” (Christifideles laici, 57).

Que el tiempo de renovación espiritual que acabáis de vivir juntos os comprometa a avanzar con todos vuestros hermanos cristianos en la búsqueda de la unidad querida por Cristo. Os lleve, con caridad fraterna, al encuentro de los hombres y mujeres de otras convicciones religiosas o intelectuales, para el conocimiento auténtico y el respeto mutuo, que hacen crecer en humanidad. El Espíritu de Dios os envía, para que lleguéis a ser, con todos vuestros hermanos y hermanas del mundo, constructores de una civilización reconciliada y fundada en el amor fraterno. En el umbral del tercer milenio, os invito a estar muy atentos a la voz y a los signos de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo. Contemplando e imitando a la Virgen María, modelo de la fe vivida, seréis verdaderos discípulos de Cristo, su Hijo divino, que funda la esperanza, fuente de vida.

Amadísimos jóvenes, la Iglesia tiene necesidad de vosotros, tiene necesidad de vuestro compromiso al servicio del Evangelio. También el Papa cuenta con vosotros. Acoged el fuego del Espíritu del Señor, para convertiros en celosos heraldos de la buena nueva.


© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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