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 PARROQUIA ROMANA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Barrio de Prati
Domingo 1 de febrero de 1998

 

1. «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21). Jesús comienza su predicación en la sinagoga de Nazaret, anunciando a sus compatriotas que en él se cumplen las antiguas profecías sobre el Mesías esperado. El «hoy», proclamado por Cristo aquel día, vale para todos los tiempos y resuena esta mañana también para nosotros en esta iglesia, recordándonos la actualidad de la salvación. Dios sale al encuentro de los hombres y las mujeres de todas las épocas en la situación concreta en que se encuentran y los invita a acoger la verdad del Evangelio y a caminar por la senda del bien.

Las palabras de Jesús en Nazaret provocaron una fuerte reacción en quienes las escuchaban: algunos quedaron francamente fascinados, pero otros lo rechazaron e incluso intentaron matarlo (cf. Lc 4, 28-30). Así, Jesús, ya desde el comienzo, se presenta como un signo de contradicción para cuantos se encuentran con él, y sigue siéndolo aún hoy para la humanidad de nuestro tiempo en el umbral del tercer milenio.

2. «Te nombré profeta de los gentiles » (Jr 1, 5). También la narración de la vocación de Jeremías, que hemos escuchado en la primera lectura, subraya la universalidad de la salvación. En efecto, la misión del profeta no se limita al pueblo de Israel, sino que se abre a horizontes universales. El texto bíblico describe detalladamente los dolores y las dificultades que Jeremías encontrará en el cumplimiento de su misión. Pero, al mismo tiempo, al profeta se le asegura la fuerza necesaria para cumplir la misión que se le ha confiado. El Señor lo conforta: «Yo estoy contigo para librarte » (Jr 1, 19). Dios apoya totalmente al profeta en su misión, y precisamente en esta promesa se funda la certeza de fe de que puede superar cualquier obstáculo.

Todo lo que proclama este significativo pasaje del libro de Jeremías se cumple plenamente en la misión de Jesús y, a continuación, en la misión confiada a la Iglesia. Para cumplir el mandato recibido de Cristo, la comunidad cristiana deberá afrontar muchas dificultades a lo largo de los siglos. Sin embargo, sabe que puede contar con la fuerza del Espíritu Santo y con la presencia, misteriosa pero real, del Resucitado.

3. Queridos hermanos y hermanas de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús del barrio de Prati, la semana pasada saludé así a vuestros hermanos en Cuba, los cubanos; hoy os saludo a vosotros, me alegra celebrar hoy la eucaristía con vosotros, en vuestra hermosa iglesia parroquial, que se encuentra a poca distancia de la casa del Papa. Muchas veces he pasado por delante de este templo y me ha impresionado su fachada característica, con sus agujas, pináculos y estatuas, singular ejemplo de estilo neogótico en Roma.

Saludo cordialmente al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, a vuestro celoso párroco, p. Roberto Zambolin, y a todos sus colaboradores de la familia religiosa de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús. Mi afectuoso saludo va, asimismo, a los agentes parroquiales, a los miembros de los diversos grupos y a todos los que han colaborado y colaboran para apoyar las diferentes iniciativas de la misión ciudadana.

Precisamente hoy, yo mismo iniciaré la fase de la misión denominada «visita a las familias». En efecto, al término de la santa misa, tendré la alegría de visitar a una familia de esta comunidad, a la que dejaré como recuerdo el libro de los Hechos de los Apóstoles, junto con la carta que, como Obispo de Roma, he dirigido a todas las familias de esta amada ciudad. Al encontrarme con esas personas, en cierto modo quisiera estar cerca de todas las familias de la parroquia y dirigirles la invitación que deseo extender a todos los hogares de la ciudad: «¡Abrid las puertas a Cristo!».

Durante las próximas semanas, más de trece mil misioneros visitarán a las familias romanas y las invitarán a acoger en su vida a Cristo, único Redentor del hombre. Pido a todos que reciban con confianza y alegría a esos misioneros, que llevan un mensaje de esperanza. Van a las casas para anunciar y testimoniar a Cristo y, al mismo tiempo, para expresar solidaridad y amistad, prestando atención a los problemas y llevando el consuelo de la fe. Los párrocos se encargarán de promover encuentros en los numerosos centros de reunión que funcionarán durante el tiempo de Cuaresma en todas las parroquias. Recordarán a todos y a cada uno las diversas iniciativas que se programan en cada parroquia con ocasión de la misión ciudadana, que quiere ser una respuesta a la profunda necesidad de Dios presente en nuestra ciudad.

4. La misión ciudadana quiere ser, además, una preparación para el Año santo del 2000, que no sólo consiste en obras exteriores, sino sobre todo en la renovación interior, a fin de que la Iglesia y la población de Roma puedan acoger fraternalmente a los peregrinos del año 2000, testimoniando una fe valiente y llena de alegría.

Queridos feligreses, vuestra comunidad, precisamente por su cercanía a la Sede de Pedro, durante el Año santo ser á un significativo lugar de encuentro con numerosos peregrinos. Os invito a prepararos ya desde ahora para vuestra tarea de acogida fraterna y de testimonio generoso, de participación común en la oración de alabanza, de acción de gracias y de intercesión a Dios, que hace dos mil años vino a visitar a la humanidad y visita continuamente a su Iglesia.

Ya ahora vuestra parroquia, que cuenta con un considerable número de habitantes, representa un punto de paso y de confluencia de peregrinos, ciudadanos, políticos y profesionales. Los centros de hospitalidad y reunión para jóvenes y adultos son numerosos. Muchas instituciones públicas tienen aquí su sede, comenzando por el ministerio de Justicia. Haced lo posible para que se preste atención a todos, brindándoles la oportunidad de escuchar el anuncio del Evangelio.

5. Pensad, con singular atención, en la familia y en los jóvenes. Precisamente hoy, la Iglesia italiana celebra la Jornada en favor de la vida, y nuestra comunidad diocesana inicia la Semana en favor de la familia, que concluiremos juntos el próximo sábado en la sala Pablo VI, en el Vaticano. Cada núcleo familiar, grande o pequeño, compuesto por personas jóvenes o menos jóvenes, debe sentirse amado y sostenido por la Iglesia. En cada familia hay que dar cabida y acogida a la vida. Hay que servirla con generosidad, siempre e incondicionalmente; es un bien inviolable que se ha de acoger, amar y defender desde el momento de la concepción hasta su fin natural.

Os exhorto a comprometeros, en particular, a sostener la vida del pobre, del anciano y del que está solo, favoreciendo la obra del Voluntariado vicentino y del Grupo para el cuidado de los ancianos, que ya hacen tanto en vuestra parroquia.

Dedicad una atención especial a los jóvenes, tan numerosos y activos en esta parroquia. La comunidad cristiana debe ayudarles a abrirse al amor, a vivir el tiempo del noviazgo como tiempo de gracia, y a prepararse bien para el matrimonio. Las familias cristianas ya formadas desempeñan aquí un papel particular y delicado: el de transmitir a sus hijos y nietos los valores fundamentales del matrimonio, como la fidelidad, la indisolubilidad y la apertura al don de la vida.

¿Y qué decir de la escuela católica, que tiene que brindar un importante servicio formativo en esta tarea de preparación para la vida y de educación en el amor cristiano? En esta misión fundamental debe sentirse alentada por el Papa y ayudada por todos los creyentes. Quisiera saludar con afecto al instituto de las Maestras Pías Venerinas, que también tienen aquí su casa general, y al instituto de las Religiosas de Nazaret, que trabajan asimismo al servicio de la juventud. Que Dios bendiga y haga fructificar los esfuerzos que se realizan al servicio de la educación cristiana en el ámbito escolar, también gracias a la contribución de las familias.

6. «Si no tengo amor, de nada me sirve» (1 Co 13, 3). Después de haber presentado la variedad de los dones y de los carismas, san Pablo indica en la suprema ley del amor el «camino mejor» (1 Co 12, 31). Este texto bíblico, que la liturgia de hoy propone en la segunda lectura, nos recuerda que hay que poner siempre el amor en primer lugar: en la familia, en la sociedad, en la parroquia, en la Iglesia. El amor es el alma de todo. Es un dinamismo divino que da vigor a los creyentes y los convierte en misioneros al servicio del Evangelio.

Queridos fieles de esta parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, sed testigos del evangelio del amor. Difundid el amor de Dios entre todos los que viven, trabajan, estudian o pasan su tiempo libre en este barrio. Servid a la verdad de Cristo con tenacidad, intrepidez y fidelidad. El Señor, que prometió estar siempre con sus discípulos, os acompañe en vuestro camino. A él dirigid vuestra mirada.

María, Madre de Jesús, a quien la Iglesia invoca incesantemente, os acompañe en la misión a las familias y haga que vuestra comunidad parroquial sea cada vez más fervorosa y celosa. Amén.

 

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