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SANTA MISA CON ORDENACIONES SACERDOTALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

IV Domingo de Pascua, 3 de mayo de1998

   

 

1. ¡El buen pastor! Esta figura bíblica nace de la observación y la experiencia. Durante mucho tiempo, Israel fue un pueblo de pastores, y los textos del Antiguo Testamento confirman la tradición de la época de los patriarcas y de las generaciones sucesivas. El pastor, que cuida atentamente el rebaño y lo conduce a fértiles praderas, se ha convertido en la imagen del hombre que guía y está al frente de una nación, siempre solícito de lo que le atañe. Así se representa al pastor de Israel en el Antiguo Testamento.

En su predicación, Jesús recurre a esa imagen, pero introduce un elemento del todo nuevo: pastor es el que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11-18). Atribuye esta característica al pastor bueno, distinguiéndolo de quien, por el contrario, es un asalariado y, por tanto, no se preocupa por su rebaño. Más aún, se presenta a sí mismo como el prototipo del buen pastor, capaz de dar la vida por su rebaño. El Padre lo mandó al mundo no sólo para que fuera el pastor de Israel, sino también de la humanidad entera.

De modo especial en la Eucaristía se hace presente sacramentalmente la obra del buen Pastor, que, después de haber predicado la «buena nueva» del Reino, ofreció en sacrificio su vida por las ovejas. En efecto, la Eucaristía es el sacramento de la muerte y resurrección del Señor, de su supremo acto redentor. Es el sacramento en el que el buen Pastor hace presente constantemente su amor oblativo por todos los hombres.

2. Queridos diáconos de la diócesis de Roma, en este cuarto domingo de Pascua, comúnmente llamado domingo «del Buen Pastor», en el que se celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones, estáis a punto de recibir el sacramento del presbiterado, que os conformará a Cristo, buen Pastor. Vais a ser ministros «de aquel que en la liturgia ejerce constantemente, por obra del Espíritu Santo, su oficio sacerdotal en favor nuestro» (Presbyterorum ordinis, 5).

Con el sacramento del bautismo, introduciréis a los hombres en el pueblo de Dios; con el de la penitencia, reconciliaréis a los pecadores con Dios y con la Iglesia; mediante la unción de los enfermos, aliviaréis los sufrimientos de los enfermos. Seréis, sobre todo, ministros de la Eucaristía; recibiréis como inestimable herencia este sacramento, en el que se renueva diariamente el misterio del sacrificio de Cristo y perdura a lo largo de los siglos el acontecimiento decisivo de su muerte y resurrección, para la salvación del mundo. Celebraréis el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies del pan y del vino, como él mismo lo ofreció por primera vez en el cenáculo, la víspera de su pasión. Así, seréis asociados personalmente de modo sacramental al misterio del buen Pastor, que da la vida por sus ovejas.

Sed conscientes de la sublime misión que hoy se os encomienda. Consiste en compartir la misma misión de Cristo. Seréis sus sacerdotes para siempre: «Tu es sacerdos in aeternum».

Y cada día, al acercaros con devoción al altar, renovad, queridos hermanos, vuestro «heme aquí» generoso al Señor, para que vuestra vida, a imagen de la del buen Pastor, esté totalmente entregada al bien de las almas.

3. Amadísimos diáconos, la Iglesia que está en Roma se alegra por vuestra ordenación. Me alegro yo, en primer lugar, porque, al ser vuestro obispo, puedo imponeros las manos, invocando sobre vosotros la fuerza del Espíritu Santo.

Se alegran conmigo el cardenal vicario, los obispos auxiliares y los presbíteros de la diócesis, en cuyo presbiterio estáis a punto de entrar como hermanos más jóvenes y prometedores. Se alegran por ello vuestros padres, vuestros familiares y amigos y cuantos os han acompañado en vuestra formación y hoy comparten vuestra felicidad. Toda la comunidad diocesana, congregada espiritualmente aquí, da gracias al Espíritu Santo por el don de esta fecundidad espiritual.

Con suma gratitud, canta el himno Veni Creator, implorando para vosotros la abundancia de los siete dones:

«Accende lumen sensibus,
infunde amorem cordibus.
Infirma nostri corporis,
virtute firmans perpeti»
.

También la Iglesia de Roma, al recordar el ejemplo del buen Pastor, que con el sacrificio de su vida protegió al rebaño frente al enemigo, ora:

«Hostem repellas longius,
pacemque dones protinus.
Ductore sic te praevio,
vitemus omne noxium»
.

Invoca al Espíritu de verdad, para que os guíe al conocimiento pleno de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo:

«Per te sciamus da Patrem,
noscamus atque Filium.
Te utriusque Spiritum
credamus omni tempore»
.

Y con el corazón rebosante de gratitud por el inefable misterio que hoy se realiza en vosotros, todos juntos proclamemos la gloria de Dios uno y trino:

«Deo Patri sit gloria,
et Filio, qui a mortuis.
Surrexit, ac Paraclito,
in saeculorum saecula».

Amén.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

    

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