MISA CRISMAL
HOMILĶA
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Jueves Santo 9 de abril de 1998
1. «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ungió» (Lc 4, 18).
Estas palabras del libro del profeta Isaías, referidas por el
evangelista san Lucas, aparecen varias veces en la liturgia crismal de hoy y, en
cierta medida, constituyen su hilo conductor. Aluden a un gesto ritual que en la
antigua alianza tiene una larga tradición, porque en la historia del
pueblo elegido se repite durante la consagración de sacerdotes, profetas
y reyes. Con el signo de la unción, Dios mismo encomienda la misión
sacerdotal, real y profética a los hombres que ama, y hace visible su
bendición para el cumplimiento del encargo que les confía.
Los que fueron ungidos en la antigua alianza, lo fueron con vistas a una
sola persona, el que debía venir: Cristo, el único y definitivo «consagrado»,
el «ungido» por excelencia. La encarnación del Verbo revelará
el misterio de Dios Creador y Padre que, a través de la unción del
Espíritu Santo, envía al mundo a su Hijo unigénito.
Ahora el Hijo está presente en la sinagoga de Nazaret, su pueblo: allí
vivió y trabajó muchos años en el humilde taller del
carpintero. Con todo, hoy está presente en la sinagoga de una manera
nueva: en las riberas del Jordán, después del bautismo de Juan,
recibió la investidura solemne del Espíritu, que lo impulsó
a comenzar su misión mesiánica en cumplimiento de la voluntad salvífica
del Padre. Y ahora se presenta a sus paisanos con las palabras de Isaías:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me
ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los
cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para
poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor»
(Lc 4, 18-19). Aquí concluye Jesús su lectura y, después
de una pausa, pronuncia unas palabras que dejan asombrados a sus oyentes: «Hoy
se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,
21). La declaración no deja lugar a dudas: él es el «ungido»,
el «consagrado», al que alude el profeta Isaías. En él
se cumple la promesa del Padre.
2. Hoy, Jueves santo, nos hallamos congregados en la basílica de San
Pedro para meditar en ese acontecimiento: como los consagrados de la antigua
alianza, también nosotros dirigimos nuestra mirada a Aquel que el libro
del Apocalipsis llama «el testigo fiel, el primogénito de entre los
muertos, el príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1, 5).
Contemplamos al que fue traspasado (cf. Jn 19, 37). Al dar su vida para
librarnos del pecado (cf. Jn 15, 13), nos reveló su «gran
amor»; se manifestó como el verdadero y definitivo consagrado con la
unción que, por la fuerza del Espíritu Santo, nos redime mediante
la cruz. En el Calvario se cumplen plenamente las palabras: «El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ungió» (Lc
4, 18).
Esta consagración y el sacrificio de la cruz constituyen,
respectivamente, la inauguración y el cumplimiento de la misión
del Verbo encarnado. Del supremo acto de amor consumado en el Gólgota, el
Jueves santo conmemora la manifestación sacramental instituida por Jesús
en el cenáculo, mientras que el Viernes santo pone de relieve su aspecto
histórico, dramático y cruento. En esas dos dimensiones, este
sacrificio marca el principio de la «nueva» unción del Espíritu
Santo y representa la prenda de la venida del Paráclito sobre los Apóstoles
y sobre la Iglesia, que, por eso, en cierto sentido, celebra hoy su nacimiento.
3. Queridos hermanos en el sacerdocio, nos hallamos reunidos esta mañana
en torno a la mesa eucarística en el día santo en que conmemoramos
el nacimiento de nuestro sacerdocio. Hoy celebramos la particular «unción»
que en Cristo se hizo también nuestra. Cuando, durante el rito de nuestra
ordenación, el obispo nos ungió las manos con el santo crisma, nos
convertimos en ministros de los signos sagrados y eficaces de la redención,
y llegamos a ser partícipes de la unción sacerdotal de Cristo.
Desde ese momento, la fuerza del Espíritu Santo, derramada sobre
nosotros, transformó para siempre nuestra vida. Esa fuerza divina perdura
en nosotros y nos acompañará hasta el final.
Mientras nos disponemos a entrar en los días santísimos en que
conmemoraremos la muerte y resurrección del Señor, queremos
renovar nuestra gratitud al Espíritu Santo por el inestimable don que nos
hizo con el sacerdocio. ¡Cómo no sentirnos deudores con respecto a él,
que quiso asociarnos a tan admirable dignidad! Ojalá que este sentimiento
nos lleve a dar gracias al Señor por las maravillas que ha realizado en
nuestra existencia y nos ayude a mirar con firme esperanza nuestro ministerio,
pidiendo humildemente perdón por nuestras infidelidades.
Nos sostenga María, para que, como ella, nos dejemos llevar por el
Espíritu para seguir a Jesús hasta el final de nuestra misión
terrena.
En la Carta de este año a los sacerdotes escribí: «Acompañado
por María, el sacerdote sabrá renovar cada día su
consagración hasta que, bajo la guía del mismo Espíritu,
invocado confiadamente durante el itinerario humano y sacerdotal, entre en el océano
de luz de la Trinidad» (n. 7).
Con esta perspectiva y con esta esperanza prosigamos con confianza en el
camino que el Señor nos prepara cada día. Su Espíritu
divino nos sostiene y nos guía.
Veni, Sancte Spiritus! Amén.
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