1. «Iubilate Deo, omnis terra;
psalmum dicite gloriae nominis eius» (Sal 66, 1-2).
La Asamblea sinodal que está a punto de concluir, al igual que
las que he convocado como preparación para el gran jubileo del año 2000, desea
responder a la exhortación que nos dirige la liturgia de hoy: «Cantad al Señor
toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre». El salmista invita a toda
la tierra a alabar a Dios, y nosotros, en este cambio de época que estamos
viviendo, sentimos de modo especial la necesidad de darle gloria. Ese es el
primer motivo por el que los obispos de la Iglesia se reúnen en las asambleas
sinodales regionales y continentales.
Después del Sínodo para África, que se celebró hace cuatro años,
en 1995 tuvo lugar la Asamblea especial para el Líbano. En otoño del año pasado
se desarrollaron los trabajos del Sínodo para América, en el que participaron
representantes de los episcopados de América del norte, del centro y del sur,
así como del Caribe, para reflexionar e intercambiar ideas sobre la situación de
la Iglesia en sus respectivos países.
Hoy, por el contrario, concluimos el encuentro sinodal de los
pastores de las comunidades eclesiales del continente asiático. Este Sínodo ha
sido, de por sí, un cántico de alabanza a Dios. ¿No era éste, acaso, el primer
objetivo de nuestros trabajos? Hemos querido expresar, con todas nuestras
actividades, la gloria que las Iglesias de ese vastísimo continente rinden a
Dios, Creador y Padre, pues en todas partes del mundo el servicio de la Iglesia
está orientado al hombre vivo, que es la auténtica gloria de Dios.
Alaban a Dios las tierras de Asia y los océanos que las rodean,
la cadena del Himalaya, con la cumbre más alta del mundo, y los enormes ríos.
Cantan la gloria de Dios las ciudades ricas en tradiciones milenarias, las
culturas seculares del continente con sus civilizaciones mucho más antiguas que
la europea.
Este multiforme y silencioso homenaje al Creador encuentra su
realización plena en el hombre, que da gloria a Dios de un modo propio,
exclusivo e irrepetible. La experiencia sinodal muestra claramente que cuantos
habitan en todas las regiones de Asia —desde India hasta China, desde Japón
hasta Indochina, desde Indonesia hasta todas las demás naciones, desde las
alturas del Tíbet hasta los desiertos de Asia central —, cuando interpretan el
inefable misterio de las diversas tradiciones religiosas asiáticas
plurimilenarias, tratan de expresarlo en la oración y en la contemplación.
2. «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro
fruto permanezca » (Jn 15, 16). Jesús, en el cenáculo, la víspera de su
pasión, encomienda a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión entre los
hombres. Su palabra de salvación, gracias a la fiel participación de numerosos
testigos del Evangelio, se ha difundido casi en todas las partes de la tierra, a
lo largo de estos dos milenios. En el evangelio que acabamos de proclamar, el
Señor subraya que es él mismo quien elige y destina a sus discípulos para que
vayan al mundo y den frutos duraderos de salvación.
Uno de éstos fue san Matías, cuya fiesta celebramos hoy. Después
de la traición de Judas, fue asociado a los once Apóstoles para ser «testigo de
la resurrección» de Cristo. Pocas noticias nos han llegado de él; sólo sabemos
que anunció el Evangelio con valentía y que murió mártir.
Según la tradición, quien llevó el Evangelio a la India y al
corazón de Asia fue el apóstol Tomás. Desde entonces hasta nuestros días muchos
misioneros han recorrido el inmenso continente asiático y han emprendido su
evangelización, anunciando a Jesucristo, el Verbo encarnado, que murió en la
cruz y resucitó al tercer día para salvar al mundo.
Esos testigos de la resurrección del Señor han indicado caminos
nuevos a los pueblos que, siguiendo sus tradiciones filosóficas y religiosas,
estaban acostumbrados a buscar el Absoluto en las profundidades del ser. Los
evangelizadores siguieron el ejemplo del apóstol Pablo, repitiendo su
exhortación: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Col
3, 1).
3. Si es verdad que Dios está en el mundo y que tiene cierta
inmanencia, es ante todo verdad que es trascendente, «más allá» del mundo y, por
consiguiente, no es posible identificarlo con él. No hay que buscarlo en el
mundo como si sólo fuera el misterio más profundo de todo lo visible. Al
contrario, es preciso, en primer lugar, buscarlo «arriba »: él es el Señor del
cielo y de la tierra. En virtud de esta trascendencia absoluta, el Hijo de Dios
vino al mundo, se hizo hombre naciendo de una Virgen; vivió y sufrió la muerte
por la verdad que anunciaba. Más aún, en realidad, no sufrió la muerte, sino que
la afrontó. No quiso que ella venciera, sino que rompió sus vínculos y volvió al
Padre, del que había salido. De este modo, Cristo señaló a los hombres que viven
en la tierra que su destino es la unión con Dios: el ser humano, creado a imagen
y semejanza de Dios, sólo puede realizarse en unión con su Redentor y Salvador.
Sí, en Jesucristo, el Padre creó el mundo; en él lo redimió.
Cristo, con su muerte y resurrección, anunció y realizó la verdad sobre la
creación y la redención, y la encomendó a la Iglesia, como contenido de su
perenne misión.
4. Jesús transmitió esta verdad salvífica a los discípulos,
junto con su mandamiento: «Amaos los unos a los otros, como yo os he
amado» (Jn 15, 12).
Queridos hermanos y hermanas, que habéis formado la Asamblea
especial para Asia del Sínodo de los obispos, hoy el Señor crucificado y
resucitado os repite esas palabras, renovándoos la invitación a evangelizar
vuestro continente. A vosotros, en particular, venerados hermanos en el
episcopado, os dice: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Y a
todos dice: «Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn
15, 17).
Como Sucesor del apóstol Pedro, tengo el honor y la alegría de
repetir esas palabras, después de haber compartido con vosotros, en los días
pasados, la extraordinaria experiencia del Sínodo. Hemos experimentado juntos
nuevamente el amor de Cristo, y juntos hemos constatado los frutos de la acción
del Espíritu Santo en Asia. La misión evangelizadora de la Iglesia es servicio
de amor al continente asiático. Y, aunque la comunidad cristiana constituya sólo
«un pequeño rebaño» con respecto al conjunto de la población, Dios realiza por
medio de ella su plan de salvación, que llevará a cumplimiento si encuentra en
todos una cooperación generosa y pronta.
Amadísimos hermanos, precisamente por eso, quisiera repetiros:
permaneced en el amor del Señor, como los sarmientos en la vid (cf. Jn
15, 5), y daréis frutos abundantes de vida nueva entre las naciones de Asia.
5. Entre los pueblos de ese gran continente no
puedo menos de mencionar, en particular, a la nación china, que es la más
numerosa. A vosotros, queridos hermanos y hermanas de la Iglesia católica que está en la China
continental, deseo manifestaros, una vez más, mi afecto y la tristeza que he
sentido por el hecho de que el obispo de Wanxian y su coadjutor no hayan podido
venir a Roma para participar personalmente en el Sínodo. Las palabras con que
monseñor Matías Duan Yinming expresó su fidelidad al Sucesor de Pedro y su
comunión con la Iglesia universal nos han conmovido. Los padres sinodales,
procedentes de todos los países de Asia, siempre han considerado presentes en
espíritu a sus hermanos chinos y albergan la esperanza de que pronto se
superen las actuales dificultades, para que en una próxima ocasión esos obispos
puedan reunirse con los demás pastores de la Iglesia.
Todos esperamos que, mientras la República Popular China se abre
cada vez más al resto del mundo, también a la Iglesia en China se le permita
tener mayor contacto con la Iglesia universal. Pidamos al Espíritu Santo que
derrame sus dones sobre los fieles chinos y los guíe hacia la verdad completa
(cf. Jn 16, 13), para que el anuncio del Evangelio en China, aun entre
numerosos sufrimientos, dé abundantes frutos.
6. En la liturgia del tiempo pascual nos acompaña la lectura de
los Hechos de los Apóstoles, que nos ayuda a comprender que también en
nuestro tiempo la Iglesia sigue añadiendo nuevos capítulos a la historia de la
salvación. Como san Lucas redactó los Hechos para que las futuras
generaciones de cristianos no olvidaran su origen apostólico, así también
nosotros, con esta Asamblea sinodal, hemos escrito una nueva página de vida
eclesial en el continente asiático en nuestro siglo. Esta página se añade, en
cierto sentido, al relato de los Hechos de los Apóstoles.
Extendiendo la mirada a toda Asia, los trabajos sinodales nos
han permitido constatar cómo el Evangelio ha arraigado en ese gran continente a
lo largo de los últimos dos mil años. Ciertamente, por su número, los cristianos
siguen siendo una minoría en él, y esa situación constituye para ellos un
desafío constante, que estimula a la Iglesia a dar su testimonio con particular
valentía. ¿Cómo olvidar que Jesús nació en la singular encrucijada del mundo
donde Asia confina con África y Europa? Vino al mundo para todos los
continentes, pero para Asia de modo especial; y, por eso, Asia podría reclamar
un derecho de prioridad. Cristo vivió en una parte de Asia. Allí realizó la obra
de la redención del mundo; allí instituyó la Eucaristía y los demás sacramentos;
allí resucitó de entre los muertos.
7. «Durante todo el tiempo que convivió con nosotros, a partir
del bautismo de Juan hasta el día en que ascendió al cielo» (cf. Hch 1,
21-22), el Señor Jesús, que nació en Asia, sembró en ese continente la semilla
de la salvación para todos los pueblos.
Al final del segundo milenio, prosigue el camino de los
sucesores de los Apóstoles en todas las partes del continente asiático, donde
anuncian la misma verdad y lo hacen con el mismo celo apostólico y misionero,
repitiendo y testimoniando: «Jesucristo es el Salvador».
Amadísimos hermanos y hermanas, continuad esta misión de amor y
servicio en Asia. Que os sostenga la maternal protección de María, Madre de la
Iglesia y del pueblo asiático; y que intercedan por vosotros los mártires, los
santos y los beatos de Asia. Permaneced fieles al amor de Cristo, que os ha
llamado y destinado a ser sus discípulos, «para que vayáis y deis fruto y que
vuestro fruto dure» (Jn 15, 16)
Amén.