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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 DURANTE LA MISA DE CLAUSURA
DE LA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS


Jueves 14 de mayo de 1998

 

1. «Iubilate Deo, omnis terra; psalmum dicite gloriae nominis eius» (Sal 66, 1-2).

La Asamblea sinodal que está a punto de concluir, al igual que las que he convocado como preparación para el gran jubileo del año 2000, desea responder a la exhortación que nos dirige la liturgia de hoy: «Cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre». El salmista invita a toda la tierra a alabar a Dios, y nosotros, en este cambio de época que estamos viviendo, sentimos de modo especial la necesidad de darle gloria. Ese es el primer motivo por el que los obispos de la Iglesia se reúnen en las asambleas sinodales regionales y continentales.

Después del Sínodo para África, que se celebró hace cuatro años, en 1995 tuvo lugar la Asamblea especial para el Líbano. En otoño del año pasado se desarrollaron los trabajos del Sínodo para América, en el que participaron representantes de los episcopados de América del norte, del centro y del sur, así como del Caribe, para reflexionar e intercambiar ideas sobre la situación de la Iglesia en sus respectivos países.

Hoy, por el contrario, concluimos el encuentro sinodal de los pastores de las comunidades eclesiales del continente asiático. Este Sínodo ha sido, de por sí, un cántico de alabanza a Dios. ¿No era éste, acaso, el primer objetivo de nuestros trabajos? Hemos querido expresar, con todas nuestras actividades, la gloria que las Iglesias de ese vastísimo continente rinden a Dios, Creador y Padre, pues en todas partes del mundo el servicio de la Iglesia está orientado al hombre vivo, que es la auténtica gloria de Dios.

Alaban a Dios las tierras de Asia y los océanos que las rodean, la cadena del Himalaya, con la cumbre más alta del mundo, y los enormes ríos. Cantan la gloria de Dios las ciudades ricas en tradiciones milenarias, las culturas seculares del continente con sus civilizaciones mucho más antiguas que la europea.

Este multiforme y silencioso homenaje al Creador encuentra su realización plena en el hombre, que da gloria a Dios de un modo propio, exclusivo e irrepetible. La experiencia sinodal muestra claramente que cuantos habitan en todas las regiones de Asia —desde India hasta China, desde Japón hasta Indochina, desde Indonesia hasta todas las demás naciones, desde las alturas del Tíbet hasta los desiertos de Asia central —, cuando interpretan el inefable misterio de las diversas tradiciones religiosas asiáticas plurimilenarias, tratan de expresarlo en la oración y en la contemplación.

2. «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca » (Jn 15, 16). Jesús, en el cenáculo, la víspera de su pasión, encomienda a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión entre los hombres. Su palabra de salvación, gracias a la fiel participación de numerosos testigos del Evangelio, se ha difundido casi en todas las partes de la tierra, a lo largo de estos dos milenios. En el evangelio que acabamos de proclamar, el Señor subraya que es él mismo quien elige y destina a sus discípulos para que vayan al mundo y den frutos duraderos de salvación.

Uno de éstos fue san Matías, cuya fiesta celebramos hoy. Después de la traición de Judas, fue asociado a los once Apóstoles para ser «testigo de la resurrección» de Cristo. Pocas noticias nos han llegado de él; sólo sabemos que anunció el Evangelio con valentía y que murió mártir.

Según la tradición, quien llevó el Evangelio a la India y al corazón de Asia fue el apóstol Tomás. Desde entonces hasta nuestros días muchos misioneros han recorrido el inmenso continente asiático y han emprendido su evangelización, anunciando a Jesucristo, el Verbo encarnado, que murió en la cruz y resucitó al tercer día para salvar al mundo.

Esos testigos de la resurrección del Señor han indicado caminos nuevos a los pueblos que, siguiendo sus tradiciones filosóficas y religiosas, estaban acostumbrados a buscar el Absoluto en las profundidades del ser. Los evangelizadores siguieron el ejemplo del apóstol Pablo, repitiendo su exhortación: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Col 3, 1).

3. Si es verdad que Dios está en el mundo y que tiene cierta inmanencia, es ante todo verdad que es trascendente, «más allá» del mundo y, por consiguiente, no es posible identificarlo con él. No hay que buscarlo en el mundo como si sólo fuera el misterio más profundo de todo lo visible. Al contrario, es preciso, en primer lugar, buscarlo «arriba »: él es el Señor del cielo y de la tierra. En virtud de esta trascendencia absoluta, el Hijo de Dios vino al mundo, se hizo hombre naciendo de una Virgen; vivió y sufrió la muerte por la verdad que anunciaba. Más aún, en realidad, no sufrió la muerte, sino que la afrontó. No quiso que ella venciera, sino que rompió sus vínculos y volvió al Padre, del que había salido. De este modo, Cristo señaló a los hombres que viven en la tierra que su destino es la unión con Dios: el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, sólo puede realizarse en unión con su Redentor y Salvador.

Sí, en Jesucristo, el Padre creó el mundo; en él lo redimió. Cristo, con su muerte y resurrección, anunció y realizó la verdad sobre la creación y la redención, y la encomendó a la Iglesia, como contenido de su perenne misión.

4. Jesús transmitió esta verdad salvífica a los discípulos, junto con su mandamiento: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 15, 12).

Queridos hermanos y hermanas, que habéis formado la Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos, hoy el Señor crucificado y resucitado os repite esas palabras, renovándoos la invitación a evangelizar vuestro continente. A vosotros, en particular, venerados hermanos en el episcopado, os dice: «Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). Y a todos dice: «Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn 15, 17).

Como Sucesor del apóstol Pedro, tengo el honor y la alegría de repetir esas palabras, después de haber compartido con vosotros, en los días pasados, la extraordinaria experiencia del Sínodo. Hemos experimentado juntos nuevamente el amor de Cristo, y juntos hemos constatado los frutos de la acción del Espíritu Santo en Asia. La misión evangelizadora de la Iglesia es servicio de amor al continente asiático. Y, aunque la comunidad cristiana constituya sólo «un pequeño rebaño» con respecto al conjunto de la población, Dios realiza por medio de ella su plan de salvación, que llevará a cumplimiento si encuentra en todos una cooperación generosa y pronta.

Amadísimos hermanos, precisamente por eso, quisiera repetiros: permaneced en el amor del Señor, como los sarmientos en la vid (cf. Jn 15, 5), y daréis frutos abundantes de vida nueva entre las naciones de Asia.

5. Entre los pueblos de ese gran continente no puedo menos de mencionar, en particular, a la nación china, que es la más numerosa. A vosotros, queridos hermanos y hermanas de la Iglesia católica que está en la China continental, deseo manifestaros, una vez más, mi afecto y la tristeza que he sentido por el hecho de que el obispo de Wanxian y su coadjutor no hayan podido venir a Roma para participar personalmente en el Sínodo. Las palabras con que monseñor Matías Duan Yinming expresó su fidelidad al Sucesor de Pedro y su comunión con la Iglesia universal nos han conmovido. Los padres sinodales, procedentes de todos los países de Asia, siempre han considerado presentes en espíritu a sus hermanos chinos y albergan la esperanza de que pronto se superen las actuales dificultades, para que en una próxima ocasión esos obispos puedan reunirse con los demás pastores de la Iglesia.

Todos esperamos que, mientras la República Popular China se abre cada vez más al resto del mundo, también a la Iglesia en China se le permita tener mayor contacto con la Iglesia universal. Pidamos al Espíritu Santo que derrame sus dones sobre los fieles chinos y los guíe hacia la verdad completa (cf. Jn 16, 13), para que el anuncio del Evangelio en China, aun entre numerosos sufrimientos, dé abundantes frutos.

6. En la liturgia del tiempo pascual nos acompaña la lectura de los Hechos de los Apóstoles, que nos ayuda a comprender que también en nuestro tiempo la Iglesia sigue añadiendo nuevos capítulos a la historia de la salvación. Como san Lucas redactó los Hechos para que las futuras generaciones de cristianos no olvidaran su origen apostólico, así también nosotros, con esta Asamblea sinodal, hemos escrito una nueva página de vida eclesial en el continente asiático en nuestro siglo. Esta página se añade, en cierto sentido, al relato de los Hechos de los Apóstoles.

Extendiendo la mirada a toda Asia, los trabajos sinodales nos han permitido constatar cómo el Evangelio ha arraigado en ese gran continente a lo largo de los últimos dos mil años. Ciertamente, por su número, los cristianos siguen siendo una minoría en él, y esa situación constituye para ellos un desafío constante, que estimula a la Iglesia a dar su testimonio con particular valentía. ¿Cómo olvidar que Jesús nació en la singular encrucijada del mundo donde Asia confina con África y Europa? Vino al mundo para todos los continentes, pero para Asia de modo especial; y, por eso, Asia podría reclamar un derecho de prioridad. Cristo vivió en una parte de Asia. Allí realizó la obra de la redención del mundo; allí instituyó la Eucaristía y los demás sacramentos; allí resucitó de entre los muertos.

7. «Durante todo el tiempo que convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que ascendió al cielo» (cf. Hch 1, 21-22), el Señor Jesús, que nació en Asia, sembró en ese continente la semilla de la salvación para todos los pueblos.

Al final del segundo milenio, prosigue el camino de los sucesores de los Apóstoles en todas las partes del continente asiático, donde anuncian la misma verdad y lo hacen con el mismo celo apostólico y misionero, repitiendo y testimoniando: «Jesucristo es el Salvador».

Amadísimos hermanos y hermanas, continuad esta misión de amor y servicio en Asia. Que os sostenga la maternal protección de María, Madre de la Iglesia y del pueblo asiático; y que intercedan por vosotros los mártires, los santos y los beatos de Asia. Permaneced fieles al amor de Cristo, que os ha llamado y destinado a ser sus discípulos, «para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto dure» (Jn 15, 16)

Amén.

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