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  VIAJE PASTORAL A CROACIA

 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CELEBRADA EN LA EXPLANADA DE
ŽNJAN,
EN SPLIT


Domingo 4 de octubre de 1998

 

1. «Somos siervos inútiles» (Lc 17, 10). Seguramente el eco de estas palabras de Cristo no dejó de resonar en el corazón de los Apóstoles cuando, obedeciendo a su mandato, salieron a los caminos del mundo para anunciar el Evangelio. Iban de una ciudad a otra, de una región a otra, trabajando al servicio del Reino y conservando siempre en su interior la recomendación de Jesús: «Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: .Somos siervos inútiles .; hemos hecho lo que debíamos hacer » (Lc 17, 10).

Transmitieron esta misma certeza a sus discípulos, incluidos los primeros que atravesaron el mar Adriático, llevando el Evangelio a la Dalmacia romana, a los pueblos que en aquella época vivían en esta bellísima costa y en las demás regiones igualmente hermosas, hasta la Panonia. Así, la fe comenzó a difundirse entre vuestros antepasados, quienes, a su vez, os la transmitieron a vosotros. Es un largo proceso histórico, que se remonta a la época de san Pablo y que se reanuda con nuevo impulso en el siglo VII al llegar las poblaciones croatas.

Hoy queremos dar gracias a la santísima Trinidad por el bautismo que recibieron vuestros antepasados. El cristianismo llegó aquí desde Oriente y desde Italia, desde Roma, y ha forjado vuestra tradición nacional. Este recuerdo despierta en el alma un vivo sentido de gratitud a la divina Providencia por este doble don: ante todo, el don de la vocación a la fe, y después el de los frutos que han madurado en vuestra cultura y en vuestras tradiciones.

En la costa croata, a lo largo de los siglos, se han creado maravillosas obras de arte arquitectónicas, que han suscitado la admiración de innumerables personas en las diversas épocas. Todos podían gozar de este espléndido patrimonio, insertado en un paisaje encantador. Desgraciadamente, a causa de las guerras, parte de esos tesoros ha sido destruida o dañada. La mirada de los hombres ya no podrá disfrutar de ellos. ¿Cómo no sentir tristeza?

2. «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer». Las palabras de Jesús plantean algunos interrogantes que no es posible evitar: ¿Realmente hemos hecho lo que debíamos? ¿Y qué debemos hacer ahora? ¿Cuáles son nuestras tareas futuras? ¿Con cuáles medios y con cuáles fuerzas contamos? Las preguntas son complejas y, por tanto, la respuesta deberá ser articulada. Hoy nos formulamos estas preguntas como cristianos, como seguidores de Cristo, y con esta conciencia leemos la página de la carta de san Pablo a Timoteo. En ella, el Apóstol, nombrando algunos discípulos, menciona también a Tito, y recuerda su misión en Dalmacia. Por tanto, Tito fue uno de los primeros que evangelizaron estas tierras, como singular testimonio de la preocupación apostólica por hacer que el Evangelio llegara hasta aquí.

En las palabras de Pablo, de un Pablo ya probado por los años, percibimos el eco del celo apostólico de toda una vida. Cuando es ya inminente el momento de su partida (cf. 2 Tm 4, 6), escribe a su discípulo: «He librado una buena batalla, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe» (2 Tm 4, 7). Es un testimonio y también un testamento. Desde esta perspectiva, cobran mayor importancia sus palabras conclusivas: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que por mi medio se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles» (2 Tm 4, 17).

Los que hoy, a fines del segundo milenio, deben continuar la obra de la evangelización, pueden hallar aquí luz y consuelo. Para esta obra, que es al mismo tiempo divina y humana, hay que recurrir a la fuerza del Señor. Con razón, en el umbral del nuevo milenio, hablamos de la necesidad de una nueva evangelización: nueva en su método, pero siempre idéntica por lo que respecta a las verdades propuestas. Ahora bien, la nueva evangelización es una tarea inmensa: universal por sus contenidos y sus destinatarios, debe diversificarse en su forma, adaptándose a las exigencias de los diferentes lugares. ¿Cómo no sentir la necesidad de la intervención de Dios en apoyo de nuestra pequeñez?

Oremos para que la Iglesia en vuestro país católico sepa discernir bien, con la ayuda de Dios, las exigencias y las tareas de la nueva evangelización, y orientar su compromiso en la justa dirección «tertio millennio adveniente».

3. Agradezco al arzobispo metropolitano, monseñor Ante Juria, las palabras de bienvenida que, en calidad de anfitrión, me ha dirigido al comienzo de esta celebración eucarística, en nombre de todos vosotros y de todos los hombres de buena voluntad de esta querida tierra croata.

Saludo a los obispos de la provincia eclesiástica de Split-Makarska y a todos los demás obispos de Croacia, y de modo particular al cardenal Franjo Kuharia. Doy asimismo mi bienvenida sincera a los pastores de la Iglesia que está en la cercana Bosnia-Herzegovina: al arzobispo de Sarajevo, cardenal Vinko Pulji a, que ha venido aquí junto con su auxiliar, monseñor Pero Sudar; al obispo de Mostar-Duvno y administrador apostólico de Trebinje-Mrkan, monseñor Ratko Peria; y al obispo de Banja Luka, monseñor Franjo Komarica. Saludo, asimismo, a todos los demás prelados presentes. Me alegra y agradezco la presencia del metropolita serbo-ortodoxo Jovan y del obispo luterano Deutsch. Nuestra oración nos reúne en torno a Jesús. Saludo también a los miembros de otras comunidades religiosas, presentes hoy entre nosotros.

Saludo, por último, al presidente de la República, al jefe del Gobierno y a las autoridades civiles y militares, que han querido estar presentes aquí con nosotros.

4. Queridos hermanos, Split y Salona representan la segunda y última etapa de mi visita pastoral a Croacia. Las dos localidades revisten una importancia muy particular en el desarrollo del cristianismo en esta región desde la época romana, y también en la sucesiva, croata, y evocan una larga y admirable historia de fe desde los tiempos de los Apóstoles hasta nuestros días.

«Si tuvierais fe como un grano de mostaza...» (Lc 17, 6), nos acaba de decir Jesús en el evangelio. La gracia de Dios ha hecho que ese grano de fe brotara y creciera hasta convertirse en un árbol grande, lleno de frutos de santidad. Incluso en los períodos más duros de vuestra historia ha habido hombres y mujeres que no dejaron de repetir: «La fe católica es mi vocación» (siervo de Dios Iván Merz, en Positio super vita, virtutibus et fama sanctitatis, Roma 1998, p. 477); hombres y mujeres que hicieron de la fe el programa de su vida. Así sucedió con el mártir Domnio, en la época romana, y también con los numerosos mártires durante la ocupación turca, hasta el beato Alojzije Stepinac, en nuestros días.

La decisión de vuestros padres de acoger la fe católica, la fe anunciada y profesada por los santos apóstoles Pedro y Pablo, ha desempeñado un papel central en la historia religiosa y civil de vuestra nación. «Éste fue un acontecimiento de gran importancia para los croatas, porque a partir de ese momento aceptaron con gran prontitud el evangelio de Cristo tal como se propagaba y enseñaba desde Roma. La fe católica ha impregnado la vida nacional de los croatas »: así escribieron vuestros obispos (Carta pastoral, 16 de marzo de 1939), con vistas a la celebración jubilar de la evangelización de los croatas, programada para el año 1941 y después aplazada a causa de los acontecimientos que conmovieron vuestra patria, Europa y el mundo entero.

5. Se trata de una herencia que obliga. En la carta que os escribí para el año de Branimir, una de las etapas de la celebración del jubileo del bautismo de vuestro pueblo, os decía: «Con vuestra perseverancia habéis sellado una especie de pacto con Cristo y con su Iglesia: debéis permanecer fieles a este pacto aunque los tiempos sean contrarios. Permaneced siempre como lo habéis hecho desde aquel glorioso año 879» (15 de mayo de 1979). Os repito también hoy esas palabras, en el nuevo clima social y político que se ha creado en vuestra patria.

El Señor no ha dejado de iluminar con la esperanza vuestros días (cf. Ef 1, 17-18), y ahora, con la llegada de la libertad y la democracia, es legítimo esperar una nueva primavera de fe en esta tierra croata. La Iglesia tiene hoy la posibilidad de utilizar numerosos medios de evangelización y de acceder a todos los sectores de la sociedad. Ésta es una ocasión propicia, que la Providencia brinda a esta generación para anunciar el Evangelio y dar testimonio de Jesucristo, único Salvador del mundo, contribuyendo así a la edificación de una sociedad a la medida del hombre.

Concretamente, los cristianos de Croacia están llamados hoy a dar un rostro nuevo a su patria, sobre todo esforzándose por hacer que en la sociedad se recuperen los valores éticos y morales minados por los totalitarismos anteriores y por la reciente violencia bélica. Se trata de una tarea que requiere muchas energías y voluntad firme. Y es una tarea urgente, porque sin valores no puede haber ni verdadera libertad ni verdadera democracia. Entre estos valores es fundamental el respeto a la vida humana, a los derechos y a la dignidad de la persona, así como a los derechos y a la dignidad de los pueblos.

El cristiano sabe que, junto con los demás ciudadanos, tiene una responsabilidad muy precisa con respecto al destino de su patria y a la promoción del bien común. La fe impulsa siempre al servicio de los demás, de los compatriotas, considerados como hermanos. Y no puede haber testimonio eficaz sin una fe profundamente vivida, sin una vida enraizada en el Evangelio e impregnada de amor a Dios y al prójimo, a ejemplo de Jesucristo. Para el cristiano, dar testimonio quiere decir revelar a los demás las maravillas del amor de Dios, construyendo en unión con sus hermanos el Reino, del que la Iglesia «constituye el germen y el comienzo» (Lumen gentium, 5).

6. «Si tuvierais fe... Somos siervos inútiles...». La fe no busca cosas extraordinarias, sino que se esfuerza por ser útil, sirviendo a los hermanos desde la perspectiva del Reino. Su grandeza reside en la humildad: «Somos siervos inútiles... ». Una fe humilde es una fe auténtica. Y una fe auténtica, aunque sea pequeña «como un grano de mostaza», puede realizar cosas extraordinarias.

¡Cuántas veces eso se ha hecho realidad en esta tierra! Ojalá que el futuro confirme nuevamente estas palabras del Señor, de modo que el Evangelio siga dando abundantes frutos de santidad entre las generaciones futuras.

Que el Señor de la historia acoja las súplicas que se elevan hoy de esta tierra croata y escuche la oración de cuantos confiesan el santo nombre de Dios y piden permanecer fieles a la gran alianza bautismal de sus antepasados.

Que este pueblo, sostenido por su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, sepa construir su futuro sobre las antiguas raíces cristianas, que se remontan a los tiempos apostólicos.

¡Alabados sean Jesús y María!

 

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