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VISITA A LA IGLESIA NACIONAL ARGENTINA EN ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Viernes 13 de noviembre de 1998

 

Amados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
excelentísimas autoridades;
queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. «Mujer, aquí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26). Estas palabras de Jesús, dirigidas desde el árbol de la cruz a María, su Madre, ante la mirada atenta del discípulo Juan, que las refiere en su evangelio, nos indican la voluntad del Señor de dar como Madre a su Iglesia naciente la misma mujer que un día lo concibió en su seno inmaculado por obra y gracia del Espíritu Santo. Desde entonces, el pueblo cristiano no ha dudado en acoger a la Virgen María con amor filial, viendo en ella un don excelente de Cristo.

2. Con gran gozo vengo en esta tarde a visitar la iglesia nacional argentina de Roma para encontrarme con todos vosotros y celebrar juntos la palabra de Dios, con ocasión de la entronización en este templo de la imagen de Nuestra Señora de Luján, que tuve la dicha de bendecir durante la última visita ad limina de los obispos argentinos.

Agradezco las amables palabras que al principio de la celebración me ha dirigido, en nombre de todo el episcopado argentino, mons. Estanislao Karlic, presidente de la Conferencia episcopal. Correspondo a ellas renovándole a usted, así como al señor cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba y titular de esta iglesia, y a los demás obispos de la Argentina, mi profundo aprecio en el Señor, que extiendo a todos los sacerdotes, comunidades religiosas y fieles de sus diócesis, los cuales hoy están representados en cierto modo aquí a través de la colonia argentina en Roma, atendida pastoralmente por la comunidad de sacerdotes residentes en esta iglesia, con su rector al frente, el p. Antonio Cavalieri.

Saludo deferentemente al señor presidente de la nación argentina, doctor Carlos Saúl Menem, así como a los miembros del Gobierno y autoridades civiles que lo acompañan, que han querido participar en esta celebración litúrgica llena de significado simbólico por tener lugar en este templo, patria espiritual de los católicos argentinos en la ciudad eterna y expresión visible de los profundos vínculos de comunión y afecto entre el querido pueblo argentino y la Sede de Pedro. Esta hermosa iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Dolores fue construida gracias al tesón de mons. José León Gallardo, cuyos restos aquí reposan, y se honra de ser la primera iglesia nacional de una república americana en Roma. Así pues, ha de seguir siendo la casa romana de todos los fieles argentinos, lugar de encuentro y acogida, de amistad y reconciliación fraternas.

3. Como nos enseña san Pablo en la primera lectura, debemos dar gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes, nos ha elegido en él para que fuésemos santos por el amor y nos ha destinado en la persona del Hijo a ser también nosotros hijos suyos adoptivos (cf. Ef 1, 3-6). ¡Hijos de Dios y hermanos en Cristo! Éste es el misterio de la filiación divina. De aquí brota la común dignidad y la igualdad fundamental de todos los cristianos, unidos entre sí por lazos sobrenaturales de fraternidad más profundos y duraderos que las ideologías, los partidismos o los intereses de grupo de nuestro mundo.

4. Dios Padre, rico en misericordia, ha querido dar a sus hijos de la tierra una Madre inmaculada: la Madre de Jesús. Como hemos escuchado en el Evangelio, desde lo alto de la cruz, cátedra suprema del amor y el sacrificio, Jesús habla a su Madre y habla al discípulo. Dijo a la Madre: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu Madre» (cf. Jn 19, 25-27). Mirando a la Virgen Dolorosa que preside el ábside de este templo, podemos comprender mejor que la nueva maternidad de María en el orden de la gracia es fruto del amor que maduró en ella definitivamente junto a la cruz, mediante su participación en el amor redentor del Hijo. De este modo, María adquirió en el Calvario un nuevo título por el que es y puede ser llamada Madre espiritual de los hermanos de su Hijo.

¡Jesús nos entregó a María por Madre, y María nos recibió a todos por hijos! Éste es el testamento de Cristo en la cruz. De una parte, confía la Iglesia al cuidado de su propia Madre; de otra, encomienda su Madre al cuidado de la Iglesia. La escena del Calvario nos revela el secreto de la verdadera piedad mariana, que es amor filial de entrega y gratitud a María, amor de imitación y consagración a su persona.

5. Al igual que san Juan, el discípulo amado, recibió a María en su casa, también hoy el pueblo argentino la recibe en esta casa suya de Roma entronizando su santa imagen de Luján. Dar albergue a María, ofrecerle el trono del corazón y de la mente tiene un significado profundo que va más allá del simple sentimiento: es la experiencia de la propia indigencia que recurre confiada a la omnipotencia suplicante de María ante el Padre; es unir la propia voluntad a la de María pronunciando como ella un «sí» para que Cristo entre plenamente en nuestra vida. Hoy, al entronizar esta imagen de la Virgen, todos los católicos argentinos pueden sentir la invitación maternal de María a renovar su amor a Cristo y a medirse con la verdad del Evangelio, que renueva los individuos y las instituciones, y sobre cuya respuesta seremos juzgados al final de nuestra vida.

6. Ante tu imagen de la pura y limpia Concepción, Virgen de Luján, patrona de la Argentina, me postro en este día junto con todos los hijos e hijas de esa tierra querida, cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia ti. En la encrucijada del tercer milenio te encomiendo, Madre santa de Luján, la patria argentina: las esperanzas y anhelos de sus gentes; sus familias y hogares, para que vivan en santidad; sus niños y jóvenes, para que crezcan en paz y armonía y puedan encontrar la plenitud de su vocación humana y cristiana; te encomiendo también el esfuerzo cotidiano y el diálogo solidario de los empresarios, trabajadores y políticos, que en la doctrina social de la Iglesia encuentran su inspiración más genuina. Acoge bajo tu amparo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados. Haz que la Argentina entera sea fiel a tu Hijo, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la esperanza cierta de la humanidad.

Virgen de Luján, cuida al pueblo argentino, sostenlo en la defensa de la vida, consuélalo en la tribulación, acompáñalo en la alegría y ayúdalo siempre a elevar la mirada al cielo, donde los colores de su bandera se confunden con los colores de tu manto inmaculado. ¡A ti el honor y la alabanza de la Iglesia por siempre, Madre de Jesús y Madre nuestra!

 

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