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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA LITURGIA DE LA PALABRA
EN LA CATEDRAL DEL SAGRADO CORAZÓN


 Nueva Delhi, sábado 6 de noviembre de 1999

    

Eminencias,
hermanos en el episcopado,
distinguidos huéspedes,
queridos hermanos y hermanas:
 

1. "Gracia y  paz  a  vosotros  de  parte de Aquel que es, que era y que va a venir (...), de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos" (Ap 1, 4-5).

Doy gracias y alabo al Padre de infinita misericordia por estar de nuevo aquí, en la bendita tierra de Asia. Me alegro con vosotros en la comunión que trasciende todos los tiempos y une en el amor a los cristianos de "toda tribu, lengua, pueblo y nación" (Ap 5, 9). Como peregrino, rindo homenaje al continente que es la cuna de grandes tradiciones religiosas y civilizaciones antiguas. No podemos menos de conmovernos ante el incesante anhelo de Asia por lo Absoluto, por lo que está más allá de nuestra visión terrena.

En la paz del Señor resucitado, nos reunimos en tierra de Asia para sellar los frutos del Sínodo que celebramos en Roma, junto a la tumba del apóstol san Pedro. Doy las gracias al arzobispo Alan Basil de Lastic, a los obispos de la India y a las autoridades civiles, por todo lo que han hecho para hacer posible esta visita. Saludo a los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos de toda Asia, que dedican su vida a Cristo y al Evangelio. Expreso mi gratitud a los representantes de las Iglesias cristianas y comunidades eclesiales que enriquecen este encuentro con su presencia, y mi pensamiento se dirige también a los seguidores de otras religiones, que acogen con interés y respeto este encuentro. ¡La paz esté con todos vosotros!

2. La Asamblea especial para Asia del Sínodo de los obispos examinó la situación de la Iglesia en Asia y de todo el continente asiático desde la perspectiva del mandato del Señor de predicar el Evangelio a todas las naciones. Lo hicimos, conscientes de que el mundo avanza hacia posibilidades de desarrollo siempre nuevas y de que los cristianos tienen responsabilidades particulares en el umbral del tercer milenio cristiano. Juntos tratamos de leer los signos de los tiempos con ojos de fe y corazón de pastores. Compartimos "la alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia" (Gaudium et spes, 1) de todos los seguidores de Cristo en este continente. El Sínodo no fue solamente una profunda experiencia de fraternidad en el ministerio episcopal, sino sobre todo un intenso encuentro con Jesucristo, que hace suyas las alegrías y las tristezas del mundo.

Los padres sinodales, escuchando con el corazón y la mente, oímos que los pueblos de Asia, en diversas lenguas, preguntaban:  "¿Cuál es la puerta que lleva a la vida?". Y escuchamos que Jesús decía:  "Yo soy la puerta". Sí, Jesucristo es la puerta que lleva a la vida. Los asiáticos replicaban:  "¿Quién nos abrirá la puerta?". Y Cristo respondía:  "Yo abriré la puerta y os llevaré a la vida". Los pueblos de Asia preguntaban nuevamente:  "Pero, ¿cómo abrirás la puerta y nos llevarás a la vida?". Y Jesús respondía:  "Daré mi vida por vosotros". Asia preguntaba:  "¿Cómo darás tu vida por nosotros?". Y la respuesta de Cristo nos afecta a todos:  "Ya lo hice en el Calvario y sigo dándome a vosotros en mi Cuerpo místico, la Iglesia, y en mi Cuerpo sacramental, la Eucaristía, entregado para la salvación del mundo". El Sínodo fue una ferviente proclamación de fe en Jesucristo, el Salvador, y sigue siendo una llamada a la conversión, para que la Iglesia en Asia sea cada vez más digna de las gracias que continuamente le da Dios (cf. Ecclesia in Asia, 4).

3. La mayoría de las Iglesias en Asia son relativamente pequeñas, si se tiene en cuenta su número, pero se han mostrado grandes en la fidelidad a Cristo y al Evangelio incluso en tiempos de persecución. En esas Iglesias han sido muchos los que han derramado su sangre, y el ejército de mártires asiáticos es indudablemente su mayor gloria. "Te martyrum candidatus laudat exercitus". Los cristianos como san Andrés Kim Taegon, san Pablo Miki, san Lorenzo Ruiz y san Andrés Dung Lac, al igual que otros innumerables hombres y mujeres santos en este continente, nos demuestran cuán plenamente puede penetrar la gracia de Cristo en el corazón de los pueblos asiáticos.

Ese testimonio inolvidable enseña a las Iglesias que están en Asia el camino del amor y el servicio amoroso, y les muestra que la justicia es fruto eminente del amor. Ciertamente, el hecho de que los cristianos asiáticos se estén dedicando cada vez más a la defensa de la dignidad humana y a la promoción de la justicia es obra del Espíritu Santo. Este servicio a la persona humana no se funda en los espejismos de las ideologías sino en el respeto del acto creador de Dios, que hizo al hombre y a la mujer a su imagen (cf. Gn 1, 26). Los cristianos están profundamente comprometidos en la práctica de la caridad y en la promoción y liberación del hombre, por obediencia al mandamiento del Señor de amarnos los unos a los otros como él nos ha amado (cf. Jn 13, 34).

4. En algunos casos los cristianos de Asia viven en tierras azotadas por conflictos que a veces se presentan como efecto de la religión. ¡Qué tergiversación de la fe auténtica! ¡Cuán infiel, no sólo al Evangelio, sino también a las grandes intuiciones de las religiones de Asia, que de diversas maneras enseñan la tolerancia y la bondad! Los miembros de todas las religiones deben demostrar con vigor que la religión y la paz van juntas.

Pero, es preciso que haya también paz para la religión; que la libertad de fe y de culto sean respetadas en todos los lugares de este continente, pues, si se niega este derecho, el más fundamental, se cuartea el edificio de la dignidad y de la libertad humana. La exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia afirma claramente que en algunas partes de Asia se prohíbe la proclamación explícita y que la libertad religiosa es negada o sistemáticamente limitada (cf. n. 23). En esas situaciones, la Iglesia da testimonio "tomando su cruz" y, al mismo tiempo, instando a los Gobiernos a reconocer la libertad religiosa como derecho humano fundamental.

5. Dado que Asia sufre mucho por la herida de la división entre los cristianos, el Sínodo exhorta a todos los seguidores de Cristo a esforzarse más intensamente por tener "un mismo amor, un mismo espíritu y unos mismos sentimientos" (Flp 2, 2). Del mismo modo, pide a toda la Iglesia en Asia que se dedique al colloquium salutis, al diálogo salvífico dirigido a los seguidores de las demás religiones y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En este diálogo, la palabra que debemos pronunciar es la palabra de la cruz de Jesucristo, pues en él, que se entregó completamente en la cruz, se encuentra la plenitud de vida (cf. Flp 2, 6-11). La exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia invita a los pueblos asiáticos a contemplar a Jesús crucificado, que nos lleva a través de las tinieblas hacia la puerta que nos introduce en la plenitud
de vida que anhela la humanidad
. Asia siempre ha buscado esta plenitud con gran ahínco.

La vida a la que nos referimos llega a nosotros, no cuando evitamos o eludimos el dolor del mundo, sino cuando lo impregnamos y transfiguramos con la fuerza del amor generoso, un amor que está muy bien simbolizado por el corazón traspasado del Salvador en la cruz. Es este amor lo que hace posible la santidad cristiana. Suscita la proclamación, la solidaridad amorosa con los necesitados, el respeto y la apertura hacia todo ser humano y hacia todos los pueblos.

Que nadie tema a la Iglesia. Su único objetivo consiste en proseguir la misión de servicio y amor de Cristo, para que la luz de Cristo resplandezca mucho más, y para que la vida que él da sea más accesible a los que escuchan su llamada.

6. Vosotros, los obispos, al presentar en la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia el fruto de los trabajos sinodales, estáis llamados a realizar cada vez mayores esfuerzos por difundir el Evangelio de la salvación en toda Asia. La cuestión no es si la Iglesia tiene algo fundamental que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más bien cómo lo puede decir de modo claro y convincente (cf. n. 29). El buen Pastor dio su vida por sus ovejas y los que llevamos su nombre debemos seguir el mismo camino. Con san Gregorio Niseno, debemos orar a fin de obtener la fuerza para desempeñar el ministerio que se nos ha encomendado:  "Muéstrame, buen Pastor, dónde se hallan las verdes praderas y las aguas tranquilas; llámame por mi nombre, para que escuche tu voz" (Comentario al Cantar de los cantares, 2).

Sois sucesores de los Apóstoles, responsables del Cuerpo de Cristo, pastores de la Iglesia en Asia con solicitud amorosa, y debéis llevar a los fieles por valles oscuros hasta las verdes praderas y las aguas tranquilas.

Que María, "alba del día místico" (Akáthistos, estrofa 5), os reúna en torno a sí, para que os fortalezcáis con vistas a las tareas que debéis desempeñar. Que por su intercesión la santa Iglesia obtenga la fuerza necesaria para cumplir hasta el fin la misión que le ha confiado el Señor. "Al que nos ama (...) la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1, 5-6).

  

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