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JUAN PABLO II 

HOMILÍA

 Palacio de deportes de Tbilisi,
martes, 9 de noviembre de 1999
     

1. «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16).

Queridos hermanos y hermanas de Georgia, vengo a vosotros con este mensaje de esperanza:  ¡Dios os ama! Nuestro Padre celestial dio a su Hijo unigénito también por vosotros, amados hijos de esta tierra rica en historia. Durante este último año del siglo y del milenio, año dedicado a Dios Padre, toda la Iglesia está, por decirlo así, sumergida en el misterio del amor de Dios, para que, renovada por la misericordia divina, pueda cruzar la puerta santa del gran jubileo.

Sin Dios el hombre no puede encontrarse plenamente a sí mismo ni puede encontrar su verdadera felicidad. De hecho, sin Dios el hombre acaba por ir contra sí mismo, porque es incapaz de construir un orden social suficientemente respetuoso de los derechos fundamentales de la persona y de la convivencia civil.

Iglesia de Dios que estás en esta tierra de Kartveli, vengo a ti como peregrino desde la Sede de Roma, honrada por la sangre de san Pedro y san Pablo, y te repito las palabras del Apóstol de las gentes:  «Vosotros sois campo de Dios, edificación de Dios. (...) El santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario» (1 Co 3, 9. 17).

2. Siento gran emoción y profunda alegría al visitaros, hermanos y hermanas del noble pueblo georgiano. Saludo, en primer lugar, al presidente de Georgia, señor Shevarnadze, y le doy las gracias por haber querido honrar este encuentro con su presencia.

Con sincero afecto abrazo a toda la comunidad católica de rito latino que vive en este país, y a su administrador apostólico, monseñor Giuseppe Pasotto; a la comunidad de rito armenio-católico, cuyo ordinario, el arzobispo Nerses Der Nersessian, está internado en un hospital, y al que quiero enviar mi afecto y mis mejores deseos. También abrazo a la comunidad siro-caldea, con su párroco. Saludo en particular a todos los sacerdotes y consagrados.

Doy las gracias a todos los que nos acompañan espiritualmente, especialmente a los enfermos y a los ancianos, así como a quienes han venido de otros países. Georgia estuvo siempre en mi corazón durante los años difíciles y tristes de la persecución, y ahora me alegro de hallarme aquí para orar con vosotros y dar gracias a Dios por la libertad recuperada.

3. «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). En esta «buena nueva» radica la fuente de la esperanza para todo hombre. Ésta es la semilla evangélica que Cristo, después de su resurrección, confió a la Iglesia, para que la sembrara en la tierra de la historia:  «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16), y su providencia se extiende a todas las criaturas. El signo supremo de este amor es el sacrificio de su Hijo unigénito y el don del Espíritu Santo, que renueva el corazón humano y la faz de la tierra.

La Iglesia se prepara para celebrar en el gran jubileo el bimilenario del nacimiento de Cristo, que coincide con el tercer milenio de la nación georgiana. Vengo a vosotros, queridos hermanos y hermanas en Cristo, en vísperas del gran acontecimiento jubilar, y os invito a acoger plenamente el gran don de este «año de gracia del Señor» (Lc 4, 19).

Este anuncio no sólo lo dirijo a vosotros, hermanos y hermanas de Georgia, sino también, desde esta amada tierra, a toda la Europa cristiana, de la que habéis sido una avanzada. Con su cultura, su historia y su fe, Georgia ha tendido siempre hacia Occidente y ha dado su contribución a la Europa cristiana. Al corazón de cada hombre y cada mujer deseo repetir que Dios «dio a su Hijo unigénito» por todos y cada uno. Mediante su encarnación, el Hijo de Dios se unió en cierto modo a todo hombre (cf. Gaudium et spes, 22).

4. «Dios es nuestro refugio y fortaleza» (Sal 45, 2). En esta invocación, que hemos repetido en el Salmo responsorial, oigo vuestra voz, queridos hermanos y hermanas de Georgia. Oigo la voz de vuestros antepasados, que a lo largo de los siglos defendieron con su amor y su sacrificio la fe cristiana, afrontando a veces persecuciones muy duras. Junto con otros hermanos cristianos, los católicos han contribuido a la cultura y a la civilización de Georgia. Dieron a conocer y apreciar los valores y los hombres ilustres de su país, incluso más allá de los confines de Georgia, y a menudo en épocas muy difíciles.

Seguid viviendo en el amor de Cristo, que llama a sus discípulos a ser misericordiosos y comprensivos unos con otros. Este amor exige que los cristianos se comprometan a avanzar por el camino de la unidad plena, por la que Cristo oró a su Padre poco antes de su pasión:  «Que todos sean uno» (Jn 17, 21).

Además, Georgia ha sido una tierra particularmente hospitalaria y acogedora, que ha servido como modelo de respeto y tolerancia con respecto a los seguidores de otras religiones. Un signo elocuente de esta capacidad vuestra, profundamente arraigada, de convivir y colaborar con todos los hombres de buena voluntad, es el hecho de que no lejos de aquí se encuentran muy cercanos entre  sí  los  principales lugares de culto de cristianos, judíos y musulmanes.

5. El pueblo georgiano, formado ya desde la antigüedad según los valores cristianos, posee un fuerte sentido del carácter sagrado de la familia. Conservad siempre esta gran herencia:  defended y promoved la familia en la esfera social y política, pero sobre todo testimoniad con vuestra vida la fidelidad al matrimonio y la responsabilidad en la educación de vuestros hijos.

Ojalá que los cónyuges cristianos y sus familias sean los primeros en anunciar a toda la sociedad el evangelio del amor con el ejemplo de una vida sencilla, laboriosa, acogedora y atenta a los pobres, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Hoy, con gran afecto, bendigo a vuestras familias, a vuestros niños, a los jóvenes y a los ancianos. Llevad el saludo del Papa a vuestros hogares.

6. Hermanos y hermanas, esforzaos para que toda la sociedad se convierta en una gran familia, abierta a la solidaridad y a la paz verdaderas. Sé que esto no es fácil, en parte a causa del largo período de dominación atea, en que todos los creyentes soportaron duras pruebas. Durante aquellos años, la presencia de la comunidad católica se redujo notablemente. Algunos sacerdotes intrépidos, verdaderos ejemplos de lo que debe ser un pastor, realizaron extraordinarios esfuerzos para alimentar la fe, en la medida de sus posibilidades.

Hoy os encontráis en una situación de gran fragmentación en la que, por una parte, sufrís gran pobreza, y, por otra, sentís la tentación del consumismo. ¡No os desaniméis! Que  la luz y la fuerza del Evangelio os sostengan en vuestro camino.

Sed siempre generosos con aquellos de vosotros que padecen necesidad, como ya estáis haciendo con vuestro apoyo a Cáritas y a otras formas laudables de asistencia. Sé cuánto aprecia el pueblo georgiano la obra incansable de estos ministros de la caridad que se han entregado al servicio de todos, sin distinción, teniendo en cuenta únicamente las necesidades reales. Con la ayuda de la doctrina social cristiana, formad personas honradas y competentes, que estén dispuestas a comprometerse en el campo social y político, al servicio del bien común.

7. Iglesia de Dios en Georgia, deja que el agua viva del Espíritu Santo fluya abundantemente en ti. Ayuda a tus hijos a rechazar la mentalidad de este mundo y a tener siempre los oídos abiertos al Espíritu de Cristo, el Redentor, para discernir lo que es bueno y perfecto a los ojos de Dios (cf. Rm 12, 2). Así, serás como una ciudad situada en la cima de un monte, cuya luz no está escondida, sino que es para todos testimonio de verdad y libertad, de amor y paz.

María santísima, icono vivo del amor de Dios, te proteja y acompañe siempre. Ahora que estás a punto de entrar en el tercer milenio, te encomiendo a su maternal protección y a la intercesión de tus santos patronos.

Pueblo de Dios que peregrinas en esta amada tierra de Georgia, avanza con confianza:  ¡Dios te ha amado mucho! Que su amor sea tu fuerza hoy y siempre. Amén.

  

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