viernes, 12 de
noviembre de 1999
1. «Viviremos en su presencia» (Os
6, 2).
Las celebraciones litúrgicas de la solemnidad de Todos los Santos y la
conmemoración de todos los fieles difuntos nos orientaron, en los días
pasados, hacia el gran misterio de la muerte y de la vida eterna. En este clima
espiritual nos volvemos a reunir hoy en la basílica de San Pedro para ofrecer
el sacrificio eucarístico en sufragio por los cardenales y obispos que han
llegado a la casa del Padre durante este último año.
Deseo recordar, en particular, a los venerados cardenales Carlos Oviedo Cavada,
Raúl Silva Henríquez y George Basil Hume. A ellos, así como a los arzobispos
y obispos fallecidos a lo largo de este año, va nuestro pensamiento emocionado
y agradecido. En su acción apostólica, fundada en la fe, y en su atento
servicio pastoral, dirigieron su mirada más allá de los confines terrenos,
esperando en el Señor, anunciando su nombre a sus hermanos y alabándolo en
medio de la asamblea de los creyentes. Ojalá que ahora descansen en la casa del
Padre celestial, morada de paz para los hijos de Dios.
2. «En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son
hijos de Dios» (Rm 8, 14).
¡Cuántas veces estos hermanos, a quienes hoy recordamos, se refirieron, en su
vida y en el ejercicio de su ministerio, a esa verdad fundamental enunciada por
el Apóstol! ¡Cuántas veces invocaron al divino Paráclito e impetraron la
efusión de su gracia sobre el pueblo cristiano!
Su ejemplo nos invita a confirmar nuestra fe en la persona de nuestro Salvador y
en la fuerza vivificante de su Espíritu. La fe nos infunde la certeza
consoladora de que la muerte es un paso hacia la vida eterna. Nos lo recuerda el
prefacio de difuntos: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no
termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una
mansión eterna en el cielo».
3. «El Hijo da la vida eterna a todos» (cf. Jn 17, 2).
En el evangelio hemos escuchado el inicio de la gran oración de Jesús al
Padre, antes de su pasión. Tiene como telón de fondo la cruz, pero permite
vislumbrar la alegría de la resurrección.
Al fijar nuestra mirada en Cristo crucificado, comprendemos que precisamente en
esa entrega suprema del Hijo el Padre derramó plenamente el Espíritu Santo en
el mundo. El buen Pastor, que vino para que los hombres «tengan vida y la
tengan en abundancia» (Jn 10, 10), cumple así su misión y da el Espíritu
Santo para la salvación de la humanidad entera.
4. A la luz de estas verdades tan consoladoras, nos dirigimos al Dios de la
vida, para que acoja a estos hermanos nuestros difuntos, que durante muchos años
fueron obreros generosos en su viña. Que, ahora que el Señor los ha llamado a
su presencia, experimenten la verdad consoladora de la promesa de Cristo:
«El Hijo da la vida eterna a todos».
Pensando en ellos y orando por ellos, prosigamos con confianza el camino hacia
la patria celestial. Que nos sostenga diariamente María santísima, que Jesús
en la cruz nos dio como madre. Llenos de esperanza, dirigimos a ella nuestra
mirada, buscando refugio bajo su protección. Ella, Virgen gloriosa y bendita,
nos libre de todos los peligros y nos acompañe al encuentro con Dios. Amén.