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HOMILÍA

VISITA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN URBANO Y SAN LORENZO



domingo 12 de diciembre de 1999

   

1. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, (...) para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2).

Estas palabras, pronunciadas por el profeta Isaías hace muchos siglos, son muy actuales para nosotros, mientras nos encaminamos a grandes pasos hacia el gran jubileo del año 2000. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan el corazón para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo especial de gracia y liberación.

El Adviento es un período litúrgico que pone de relieve la espera, la esperanza y la preparación para la visita del Señor. La liturgia de hoy, que nos propone la figura y la predicación de Juan Bautista, nos invita a este compromiso. Como hemos escuchado en el texto evangélico, Juan fue enviado para preparar a los hombres para al encuentro con el Mesías prometido:  "Allanad el camino del Señor" (Jn 1, 23). Esta invitación del Bautista es para todos nosotros:  ¡aceptémosla! Con alegría, apresuremos el paso hacia el gran jubileo, hacia el año de gracia durante el cual en toda la Iglesia resonará un gran himno de alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

2. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de San Urbano y San Lorenzo en Prima Porta, en la larga peregrinación que comencé ya desde los primeros meses de mi servicio como Obispo de Roma y que me ha llevado a visitar numerosas parroquias de nuestra diócesis, llego hoy aquí, a Prima Porta, para esta visita pastoral, que es la última que realizo a una comunidad parroquial de Roma antes de la apertura del Año santo. Me alegra encontrarme en medio de vosotros hoy. Os saludo con afecto a todos y, en particular, al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, monseñor Enzo Dieci, a vuestro celoso párroco, don Fernando Altieri, a los queridos Oblatos Hijos de la Virgen del Amor Divino, a quienes está confiado el cuidado de esta comunidad, y a los sacerdotes que colaboran en el ministerio pastoral. Saludo a las religiosas presentes en la parroquia:  a las Hijas de Santa María de Leuca, a las Esclavas del Señor y a las Hijas de San Vicente de Paúl. El testimonio de las personas consagradas que trabajan en vuestra parroquia demuestra que la vida consagrada constituye un gran recurso espiritual y pastoral para la comunidad.

Saludo a los miembros del consejo pastoral, a los que participan activamente en las diversas comisiones parroquiales, a los animadores y a los miembros de los grupos parroquiales, a los muchachos que asisten al catecismo y a todos los habitantes de este barrio. No quisiera olvidarme de los jóvenes, los ancianos y los enfermos. Dirijo, asimismo, un saludo afectuoso y fraterno al querido cardenal Gilberto Agustoni, que desde hace muchos años vive en el ámbito de vuestra parroquia y, desde 1994, es cardenal diácono de vuestra iglesia de San Urbano y San Lorenzo. Saludo también cordialmente al arzobispo emérito de Cosenza-Bisignano, monseñor Dino Trabalzini.

3. Al encontrarme esta mañana en "Prima Porta", localidad así llamada por el arco anexo al antiguo templo recién restaurado, que se remonta a la época del emperador Augusto, mi pensamiento va espontáneamente al tiempo en que el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.
Cuando recordamos el gran acontecimiento de la Encarnación, no podemos menos de pensar que nuestro Dios está muy cerca de nosotros, más aún, entró en nuestra historia para redimirla desde dentro. ¡Sí! En Jesús de Nazaret, Dios vino a vivir en medio de nosotros, para "dar la buena noticia a los pobres, para vendar los corazones desgarrados, (...) para proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61, 1-2).

4. Amadísimos feligreses de San Urbano y San Lorenzo, el cementerio de Prima Porta, que visité hace ocho años, con ocasión de la solemnidad de Todos los Santos, forma parte de vuestra parroquia. Durante esta asamblea eucarística recordaremos de modo particular a todos los fieles que descansan allí, encomendándolos a la infinita misericordia de Dios. El recuerdo de quienes nos han precedido en el reino de Dios nos debe acompañar siempre. La cruz que se erigirá dentro de ese campo santo, como recuerdo de mi visita, será un signo elocuente de la muerte gloriosa del Señor, fuente de la esperanza de salvación para todos. El misterio de Cristo debe ser el punto de referencia de toda vuestra comunidad, compuesta por cerca de dos mil familias, y esparcida por un territorio de muchos kilómetros, a lo largo de las vías Flaminia y Tiberina.

Sé que la mayor parte de la población ha permanecido en esta zona incluso después de las graves inundaciones de 1965, y ha reconstruido con valentía y tenacidad sus viviendas. Sé, asimismo, que muchos de sus habitantes son ancianos. A menudo, acogen en sus hogares a sus hijos casados, que tienen dificultad para encontrar casa en otro lugar. De este modo, se crea una comunidad familiar amplia y rica, en la que conviven abuelos, hijos y nietos. Deseo que esta comunión de vida contribuya, no sólo a la ayuda material recíproca, sino también a la transmisión de los valores humanos y cristianos, que forman el valioso patrimonio de la amada nación italiana. Los ancianos guardan muchos recuerdos y son testigos de una sabiduría que deriva de su arraigo en los valores cristianos (cf. Carta a los ancianos, 9-10).

5. Amadísimos hermanos y hermanas, en este tercer domingo de Adviento se celebra en toda la diócesis de Roma la Jornada por las nuevas iglesias. Vosotros, por especial solicitud de mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, disponéis desde hace muchos años de una nueva iglesia. Por tanto, podéis comprender bien cuán importante es para una comunidad tener un centro de culto y de encuentro, abierto y acogedor para todos:  para las familias que viven desde hace tiempo en el territorio, para los que acaban de llegar procedentes de otras regiones de Italia o de países extracomunitarios y para cuantos, de cualquier modo, tienen necesidad de aliento para seguir el camino de la fe.

Pidamos al Señor que en todas las zonas de Roma que aún carecen de un centro parroquial adecuado se construya cuanto antes, con la contribución de todos, un lugar de culto digno. Pidamos, de igual modo, que toda parroquia sea siempre, pero especialmente durante el Año jubilar ya inminente, una comunidad capaz de testimoniar el Evangelio, atenta a los problemas de la gente, abierta y acogedora.

6. "Hermanos:  estad siempre alegres" (1 Ts 5, 16). Quisiera concluir con esta invitación a la alegría, que san Pablo dirige a los cristianos de Tesalónica. Es característica de este domingo, llamado comúnmente "Gaudete". Es una exhortación a la alegría que resuena ya en las primeras palabras de la antífona de entrada:  "Alegraos siempre en el Señor; os lo repito:  estad siempre alegres. El Señor está cerca".

Sí, amadísimos hermanos y hermanas, alegrémonos porque el Señor está cerca. Dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos con gozo el bimilenario de su nacimiento. Que esta alegría penetre en todos los ámbitos de nuestra existencia.

Pidamos a María, la primera que escuchó la invitación del ángel:  "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28), que nos sostenga en este programa de vida cristiana, sin olvidar jamás que todo creyente tiene la misión de testimoniar la alegría.

María, Madre del Amor Divino, sea para todos nosotros causa de nuestra verdadera y profunda alegría. Amén.

  

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