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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA DE SAN LIBORIO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 17 de enero de 1999

 

1. «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

El testimonio de Juan el Bautista sigue resonando aún hoy, a casi dos mil años de distancia de los acontecimientos que narra el Evangelio: el Precursor señala a Jesús de Nazaret como el Mesías esperado, y nos invita a todos a renovar y profundizar nuestra fe en él.

Jesús es nuestro Redentor. Su misión salvífica, proclamada solemnemente en el momento de su bautismo en el Jordán, culmina en el misterio pascual, cuando él, el verdadero Cordero inmolado por nosotros, en la cruz libera y redime al hombre, a todos los hombres, del mal y de la muerte.

En la liturgia eucarística se nos propone de nuevo el gran anuncio del Bautista. Antes de la comunión, el celebrante presenta a la adoración de los fieles la hostia consagrada, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor». Dentro de poco, también nosotros, participando en el banquete eucarístico, recibiremos al verdadero Cordero pascual, sacrificado por la salvación de la humanidad entera.

2. «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

Queridos feligreses de San Liborio, me dirijo a vosotros con las palabras del Bautista que acaban de resonar en nuestra asamblea. Son palabras que expresan muy bien el significado de mis visitas pastorales y de los viajes apostólicos que me llevan a encontrarme con nuestros hermanos y hermanas en la fe en Roma y en otras partes del mundo. Como el Bautista, siento el deber de señalar a todos al Cordero de Dios, Jesús, el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre. En el misterio de su Encarnación, se hizo Emmanuel, «Dios con nosotros», acercándose a nosotros y dando significado al tiempo y a nuestras vicisitudes diarias. Él es nuestro punto de referencia constante, la luz que ilumina nuestros pasos y la fuente de nuestra esperanza.

Amadísimos hermanos y hermanas, os saludo a todos con afecto, y en particular al cardenal vicario y al obispo auxiliar del sector. Saludo a vuestro celoso párroco, don Paolo Cardona, del instituto secular de los «Apostolici sodales», a los sacerdotes que colaboran con él, a las Hermanas Franciscanas del Señor y a todos los que, de diferentes maneras, brindan su generosa cooperación en la comunidad parroquial.

Saludo de modo especial a monseñor Bruno Theodor Kresing, vicario general de la archidiócesis de Paderborn (Alemania), que hoy está presente aquí para subrayar los vínculos de comunión espiritual que unen vuestra parroquia con la archidiócesis alemana, que visité en 1996. Desde entonces, la comunidad eclesial de Paderborn ha participado con generosidad en la realización de este nuevo complejo parroquial. Deseo expresar aquí mi más profunda gratitud, e invoco sobre ambas comunidades la constante protección de su patrono común, san Liborio.

Los vínculos de comunión y solidaridad que unen entre sí a diversas comunidades cristianas constituyen experiencias espirituales y pastorales de gran valor e invitan a desarrollar cada vez más la apertura, la comprensión recíproca y la acogida. Nuestro pensamiento va naturalmente al próximo jubileo, durante el cual Roma acogerá a numerosos peregrinos procedentes de todos los continentes. Estoy seguro de que las parroquias, los institutos religiosos y las familias romanas abrirán generosamente las puertas de su casa, con calor y sencillez evangélica. Será ocasión para un provechoso intercambio de dones espirituales, así como una magnífica experiencia eclesial, que ayudará a que todos se sientan miembros de la única Iglesia extendida por todos los lugares de la tierra.

3. Fieles de la parroquia de San Liborio, vuestra comunidad ha recibido mucho y, por eso, ahora estáis llamados a ser también vosotros generosos con los demás. Vivís en un barrio donde la iglesia parroquial constituye el único centro significativo de encuentro. Al disponer de instalaciones nuevas y apropiadas, os sentís estimulados a abriros aún más a las necesidades del territorio.

En este ámbito, me alegra inaugurar la «Ventanilla de fraternidad» que, con la ayuda de la Cáritas diocesana, comienza a funcionar precisamente hoy, uniendo y poniendo al servicio de los más necesitados valiosas fuerzas profesionales presentes en la comunidad. Continuad proyectando y realizando otras iniciativas de caridad, anunciando con valentía el Evangelio. Todos, incluso los que no viven en condiciones materiales precarias, tienen necesidad de alguien que, como el Bautista, les señale a Cristo, camino, verdad y vida.

Dedicaos con todas vuestras energías a la misión ciudadana, que este año, prosiguiendo y consolidando el compromiso en favor de las familias, se dirige a los ambientes de trabajo y actividad. Después de haber construido un templo de ladrillos, ahora debéis lograr que, gracias a vuestra convencida labor, sea cada vez más atrayente la Iglesia formada por piedras vivas, es decir, por vosotros, los bautizados. Abiertos al diálogo, estad dispuestos a aprovechar todas las ocasiones para crecer en la fraternidad con los cristianos y los no cristianos, con los creyentes de otras confesiones y con los no creyentes.

4. Para realizar la ardua acción misionera que el Señor os pide, debéis ser conscientes de la vocación personal a la santidad de cada bautizado. El apóstol Pablo, al comienzo de la carta a los Corintios, recuerda que, santificados en Cristo Jesús, «estamos llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro» (1 Co 1, 2). Estamos llamados a vivir el Evangelio con plena fidelidad. Sólo así compartiremos verdaderamente con las demás comunidades esparcidas por el mundo la misma fe en Cristo, los mismos sacramentos y la vocación universal al amor.

San Pablo saluda a los cristianos de Corinto con estas palabras: «La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén con vosotros» (1 Co 1, 3). «La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre», os repito hoy a vosotros, hermanos y hermanas de esta parroquia, y a vosotros de la comunidad eclesial de Paderborn, unidos por la devoción común a san Liborio. Que el Padre celestial os proteja, os asista con su gracia y os conceda días de paz.

Sobre cada uno invoco la protección de María, la Virgen de la escucha y del camino. Caminad unidos, en el itinerario espiritual y eclesial, hacia el tercer milenio cristiano. Caminad llenos de confianza y de celo misionero, siguiendo a san Liborio y a vuestros santos protectores. Aceptando la invitación de san Juan, caminad con valentía y fidelidad detrás de Cristo. Él es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», «la luz de las naciones que lleva la salvación hasta los confines de la tierra». Amén.

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