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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA SOLEMNE CEREMONIA
DE BEATIFICACIÓN

Torun, lunes 7 de junio 1999

   

1. «Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros».

Nos arrodillamos con fe ante el gran misterio del amor del Sagrado Corazón, y queremos rendirle honor y gloria. ¡Alabado sea Jesús!, ¡alabado sea el Corazón divino del Hijo del hombre, que tanto ha amado a los hombres!

Doy gracias a Dios porque hoy me concede visitar la joven diócesis de Torun y alabar, junto con vosotros, al sacratísimo Corazón del Salvador. Doy gracias con alegría a la divina Providencia por el don de un nuevo beato, el sacerdote y mártir Esteban Vicente Frelichowski, testigo heroico del amor de que es capaz un pastor.

Saludo cordialmente a todos los presentes en esta ceremonia del mes de junio. Saludo de modo particular al obispo Andrzej Wojciech Suski, pastor de la Iglesia de Torun, al obispo auxiliar Jan Chrapeck, c.s.m.a., al clero, a las personas consagradas y a todo el pueblo de Dios de esta tierra. Saludo a Torun, ciudad muy querida para mí, y a la hermosa Pomerania a orillas del Vístula. Me alegra haber podido venir a vuestra ciudad, que Nicolás Copérnico hizo famosa. Torun también es conocida gracias a los esfuerzos hechos a lo largo de la historia en favor de la paz. Precisamente aquí, en dos ocasiones, se firmaron los tratados de paz que se conocen en la historia con el nombre de «Paz de Torun». También en esta ciudad tuvo lugar el encuentro de los representantes de los católicos, luteranos y calvinistas de toda Europa, que ha recibido el nombre de Colloquium charitativum. Aquí cobran una elocuencia particular las palabras del salmista: «Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: ¡La paz contigo! Por la casa del Señor nuestro Dios, te deseo todo bien» (Sal 121, 8-9).

2. «Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra».

He aquí el Corazón del Redentor, signo palpable de su amor invencible y fuente inagotable de paz verdadera. En él «reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9). La paz que Cristo trajo a la tierra proviene precisamente de esta plenitud y de este amor. Es don de un Dios que ama, que ha amado al hombre en el Corazón de su Hijo unigénito. «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14), exclama san Pablo. Sí, Jesús es la paz, es nuestra reconciliación. Él acabó con la enemistad, nacida después del pecado del hombre, y reconcilió a todos los hombres con el Padre mediante su muerte en la cruz. En el Gólgota el Corazón de Cristo fue traspasado por una lanza, como signo de entrega total de sí, del amor oblativo y salvífico con que nos «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), poniendo los cimientos de la amistad de Dios con los hombres.

Por eso la paz de Cristo es diversa de la paz imaginada por el mundo. En el cenáculo, antes de su muerte, dirigiéndose a los Apóstoles, Cristo les dijo claramente: «Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27). Mientras los hombres consideraban la paz ante todo como algo temporal y exterior, Cristo dice que brota del orden sobrenatural, que es el resultado de la unión con Dios en el amor.

La Iglesia vive incesantemente del evangelio de la paz. Lo anuncia a todos los pueblos y a todas las naciones. Indica incansablemente los caminos de la paz y la reconciliación. Introduce la paz, derrumbando los muros de prejuicios y hostilidad entre los hombres. Lo hace, en primer lugar, con el sacramento de la penitencia y la reconciliación: comunicando la gracia de la misericordia divina y del perdón, llega a las raíces mismas de las angustias humanas y sana las conciencias heridas por el pecado, para que el hombre experimente consuelo interior y se convierta en mensajero de paz. La Iglesia comparte también la paz que ella misma experimenta diariamente en la Eucaristía. La Eucaristía es el culmen de nuestra paz. En ella se realiza el sacrificio de la reconciliación con Dios y con los hermanos, resuena la palabra de Dios que anuncia la paz, y se eleva sin cesar la oración: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros». En la Eucaristía recibimos el don de Cristo mismo, que se ofrece y llega a ser nuestra paz. Entonces, con particular claridad, experimentamos que el mundo no puede dar esta paz, porque no la conoce (cf. Jn 14, 27).

Alabamos hoy la paz de nuestro Señor Jesucristo; la paz que concedió a todos los que se encontraron con él durante su vida terrena. La paz con la que saludó gozosamente a los discípulos después de su resurrección.

3. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

Así nos dice Cristo en el sermón de la Montaña. Desde lo más profundo de su corazón que ama, expresa el deseo de nuestra felicidad. Cristo sabe que la mayor felicidad es la unión con Dios, que convierte al hombre en su hijo. Entre los diversos caminos que conducen a la plenitud de la felicidad, él indica también el de trabajar en favor de la paz y compartirla con los demás. Los hombres de paz son dignos del nombre de hijos de Dios. Jesús llama dichosas a estas personas.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz». La dignidad de esta condición corresponde justamente a don Esteban Vicente Frelichowski, elevado hoy a la gloria de los altares. En efecto, toda su vida es como un espejo en el que se refleja el esplendor de la filosofía de Cristo, según la cual sólo alcanza la verdadera felicidad aquel que, en unión con Dios, se convierte en un hombre de paz, trabaja por la paz y lleva la paz a los demás. Este sacerdote de Toruncuyo servicio pastoral duró menos de ocho años, dio un testimonio palpable de su entrega a Dios y a los hombres. Viviendo de Dios, ya desde los primeros años de sacerdocio, con la riqueza de su carisma sacerdotal iba a todos los lugares donde había necesidad de la gracia de la salvación. Aprendía los secretos del corazón humano y adaptaba los métodos de la pastoral a las necesidades de todos los hombres con quienes se encontraba. Adquirió esa capacidad de los scouts, entre los que desarrolló una particular sensibilidad frente a las necesidades de los demás, que ponía en práctica constantemente con el espíritu de la parábola del buen pastor que busca las ovejas perdidas y está dispuesto a dar su vida para salvarlas (cf. Jn 10, 1-21). Como sacerdote, siempre tenía la convicción de ser testigo de una gran causa, y, al mismo tiempo, servía a los hombres con una profunda humildad. Gracias a su bondad, mansedumbre y paciencia, conquistó a muchos para Cristo, incluso en las trágicas circunstancias de la guerra y la ocupación.

En el drama de la guerra escribió, en cierto sentido, una serie de capítulos del servicio a la paz. El así llamado Fuerte VII, Stutthof, Grenzdorf, Oranienburgo-Sachsenhausen y, por último, Dachau, fueron las estaciones sucesivas de su vía crucis, en el que siguió siendo siempre él mismo: intrépido en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Lo ejercía especialmente con quienes más lo necesitaban, con los numerosos hombres que morían a causa del tifus, y del que al final se contagió también él. Entregó su vida sacerdotal a Dios y a los hombres, llevando la paz a las víctimas de la guerra. Compartía generosamente la paz con los demás, porque su alma obtenía la fuerza de la paz de Cristo. Y fue una fuerza tan grande, que ni siquiera su martirio logró eliminar.

4. Queridos hermanos y hermanas, sin la renovación interior y sin el esfuerzo por derrotar el mal y el pecado en el corazón, y especialmente sin el amor, el hombre no conquistará la paz interior. Ésta sólo puede sobrevivir cuando está arraigada en los valores más altos, cuando se basa en las normas morales y está abierta a Dios. Por el contrario, no puede resistir si ha sido construida en el terreno pantanoso de la indiferencia religiosa y de un árido pragmatismo. La paz interior nace en el corazón del hombre y en la vida de la sociedad mediante el orden moral, el orden ético y el cumplimiento de los mandamientos de Dios.

Compartamos con otros esta paz de Dios, como lo hizo el beato sacerdote y mártir Vicente Frelichowski. Así, llegaremos a ser un germen de paz en el mundo, en la sociedad y en el ambiente en que vivimos y trabajamos. Dirijo esta exhortación a todos, sin excepción, y, de modo particular, a vosotros, queridos sacerdotes. Sed testigos del amor misericordioso de Dios. Anunciad con alegría el evangelio de Cristo, dispensando el perdón de Dios en el sacramento de la reconciliación. Con vuestro servicio, procurad acercar a todos a Cristo, dador de la paz.

Os dirijo estas palabras también a vosotros, queridos padres, que sois los primeros educadores de vuestros hijos. Sed para ellos la imagen del amor y del perdón divino, procurando con todas vuestras fuerzas construir una familia unida y solidaria. Familia, precisamente a ti se te ha encomendado una misión de importancia fundamental: debes participar en la construcción de la paz, del bien que es indispensable para el desarrollo y para el respeto a la vida humana.

Os pido a vosotros, educadores, que estáis llamados a inculcar en las generaciones jóvenes los valores auténticos de la vida: enseñad a los niños y a los jóvenes la tolerancia, la comprensión y el respeto a todo hombre; educad a las generaciones jóvenes en un clima de verdadera paz. Es su derecho y vuestro deber.

Vosotros, jóvenes, que lleváis en el corazón grandes aspiraciones, aprended a vivir en la concordia y el respeto recíproco, ayudándoos solidariamente unos a otros. Cultivad en vuestro corazón la aspiración al bien y el deseo de la paz (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1 de enero de 1997, n. 8).

La sociedad y las naciones necesitan hombres de paz, sembradores auténticos de concordia y respeto recíproco. Hombres que colmen su corazón con la paz de Cristo y la lleven a los demás, a las casas, a las oficinas y a las instituciones, a los lugares de trabajo, a todo el mundo. La historia y nuestros días demuestran que el mundo no puede dar la paz. El mundo a menudo es impotente. Por eso es preciso mostrarle a Jesucristo, quien, con su muerte en la cruz, ha dejado su paz a los hombres, garantizándonos su presencia hasta la consumación de los siglos (cf. Jn 14, 7-31). ¡Cuánta sangre inocente se ha derramado durante el siglo XX en Europa y en todo el mundo, porque algunos sistemas políticos y sociales abandonaron los principios de Cristo, que garantizan una paz justa! ¡Cuánta sangre inocente se está derramando ante nuestros ojos! Los trágicos acontecimientos en Kosovo lo han demostrado y siguen mostrándolo de modo muy doloroso. Somos testigos de cómo la gente invoca y desea la paz.

Pronuncio estas palabras en una tierra que en su historia ha experimentado los trágicos efectos de la falta de paz, y ha sido víctima de guerras crueles y desastrosas. El recuerdo de la segunda guerra mundial sigue siempre vivo, las heridas de ese cataclismo de la historia necesitarán mucho tiempo para cicatrizar completamente. Que el clamor de paz llegue desde este lugar a todo el mundo. Quiero repetir las palabras que pronuncié este año en el Mensaje pascual Urbi et orbi: «¡La paz es posible, la paz es apremiante, la paz es responsabilidad primordial de todos! Que el alba del tercer milenio vea el surgir de una nueva era en la que el respeto por cada hombre y la solidaridad fraterna entre los pueblos derroten, con la ayuda de Dios, la cultura del odio, de la violencia y de la muerte».

5. Acojamos con inmensa gratitud el testimonio de la vida del beato Vicente Frelichowski, héroe de nuestro tiempo, sacerdote y hombre de paz, como una llamada para nuestra generación. Quiero encomendar el don de esta beatificación de modo particular a la Iglesia de Torun, para que conserve y difunda la memoria de las maravillas que Dios realizó en la breve vida de este sacerdote. Lo encomiendo, sobre todo, a los sacerdotes de esta diócesis y de toda Polonia. Don Frelichowski escribió al comienzo de su camino sacerdotal: «Debo ser un sacerdote según el Corazón de Cristo». Si esta beatificación es una gran acción de gracias a Dios por su sacerdocio, es también una alabanza al Señor por las maravillas de su gracia, que realiza a través de las manos de todos los sacerdotes, también de las vuestras. Quiero dirigirme, asimismo, a toda la familia de los scouts polacos, a la que el nuevo beato estaba profundamente unido. Que sea vuestro patrono, maestro de nobleza de ánimo e intercesor de paz y reconciliación.

Dentro de pocos días se celebrará el centenario de la consagración de la humanidad al sacratísimo Corazón de Jesús. Se realizó en todas las diócesis por obra del Papa León XIII, quien, con esta finalidad, publicó la encíclica Annum sacrum. En ella escribió: «El Corazón divino es símbolo e imagen viva del infinito amor de Jesucristo, que nos impulsa a pagarle también con amor» (n. 2). Acabamos de renovar juntos el acto de consagración al sacratísimo Corazón de Jesús. De esta manera, hemos expresado nuestro mayor homenaje, y también nuestra fe en Cristo, Redentor del hombre. Él es «el alfa y la omega, el principio y el fin» (Ap 21, 6), a él le pertenece este mundo y su destino.

Hoy, mientras adoramos su sacratísimo Corazón, oramos con fervor por la paz. En primer lugar, por la paz en nuestro corazón, pero también por la paz en nuestras familias, en nuestra nación y en todo el mundo.

Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.

  

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