JUAN PABLO II
HOMILIA
4 de julio de 1999
1. «Este día está consagrado al Señor» (Ne
8, 10).
Esas palabras, que acabamos de escuchar en la primera lectura,
corresponden muy bien al momento que estamos viviendo en este santuario
del Amor Divino, tan querido para los habitantes de Roma y del Lacio. Sí,
este día está consagrado a Dios, y por eso es un día
de fiesta y alegría singularmente denso. El Señor nos ha
congregado en su casa para que experimentemos de modo más intenso
el don de su presencia. Como el pueblo israelita, también nosotros,
siguiendo lo que narra Nehemías, acogemos su palabra con la
aclamación: «Amén, amén» y nos postramos
con el corazón ante él, manifestando una profunda adhesión
a su voluntad.
También nosotros repetimos con el salmo responsorial: «Tus
palabras, Señor, son espíritu y vida».
La palabra de Dios ilumina el rito de dedicación de este nuevo
templo mariano, donde los fieles, que aquí se reunirán para
orar sobre todo durante el gran jubileo, encontrarán una ayuda para
abrirse a la acción renovadora del Espíritu.
Así pues, todo en este lugar debe preparar para el encuentro con
el Señor; todo debe impulsar a los creyentes a proclamar su fe en
Cristo, ayer, hoy y siempre.
2. «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt
16, 16).
Ésta es la profesión de fe del apóstol Pedro, que
hemos escuchado en el pasaje evangélico de hoy. Jesús
responde a Pedro, encomendándole la misión de sostener todo
el edificio espiritual de su Iglesia: «Tú eres Pedro y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).
El templo en que nos encontramos y que ahora es consagrado para el
culto, es signo de la otra Iglesia, formada por piedras vivas, que son los
creyentes en Cristo, admirablemente unidos por el cemento
espiritual de la caridad. Mediante la acción del Espíritu
Santo, los dones y carismas de cada miembro de la comunidad eclesial no se
oponen; al contrario, enriquecen la armonía de la única
construcción espiritual del Cuerpo de Cristo. Así, el templo
material expresa la comunión interior de cuantos aquí se
congregan para escuchar la palabra de Dios, como nos ha recordado la
primera lectura: «Los oídos del pueblo estaban atentos al
libro de la Ley» (Ne 8, 3). Aquí los fieles recibirán
los sacramentos, especialmente los de la reconciliación y la
Eucaristía, y podrán expresar con mayor intensidad su devoción
a la Virgen del Amor Divino.
3. «La alegría del Señor es vuestra fortaleza» (Ne
8, 10).
Así saludaba Nehemías a la asamblea de los israelitas
reunidos en una plaza para renovar la alianza con Dios. Con esas mismas
palabras deseo saludaros hoy a todos vosotros, congregados en este
santuario mariano.
Os doy las gracias, amadísimos hermanos y hermanas, por vuestra
presencia, tan numerosa. Saludo con afecto al cardenal vicario, a quien
expreso mi agradecimiento por las palabras que me ha dirigido al inicio de
la celebración. Asimismo, saludo a los obispos, a los sacerdotes y
a los rectores de otros santuarios marianos, aquí presentes. Saludo
al rector párroco del santuario, don Pasquale Silla, que tanto ha
hecho porque llegara este día, y a todos los hijos e hijas de la
Virgen del Amor Divino, que se encargan con esmero de estos lugares.
Prosiguen la obra meritoria de su fundador, don Umberto Terenzi, que con
tenacidad quiso aquí una nueva casa para la Virgen santísima,
la que precisamente hoy estamos dedicando. Saludo en particular a los
feligreses de este santuario-parroquia, testigos directos del gran amor
que el pueblo romano siente hacia la Virgen del Amor Divino, y de cómo
viene con frecuencia a visitarla en peregrinación, encomendándose
a su intercesión.
Saludo, por último, a los que proyectaron y realizaron esta
construcción: al padre Costantino Ruggeri y al arquitecto Luigi
Leoni, así como a todos los bienhechores, los empresarios y los
obreros.
4. Con la dedicación de este nuevo santuario se cumple hoy, al
menos en parte, un voto que los romanos, invitados por el Papa Pío
XII, hicieron a la Virgen del Amor Divino en el año 1944, cuando
las tropas aliadas estaban a punto de lanzar el ataque decisivo sobre
Roma, ocupada por los alemanes. Ante la imagen de la Virgen del Amor
Divino, el 4 de junio de ese año, los romanos suplicaron la salvación
de Roma, prometiendo a María que cambiarían su conducta
moral, construirían el nuevo santuario del Amor Divino y realizarían
una institución de caridad en Castel di Leva. Ese mismo día,
algo más de una hora después de la lectura del voto, el ejército
alemán abandonó Roma sin oponer resistencia, mientras las
fuerzas aliadas entraban por la puerta de San Juan y la Puerta Mayor,
acogidos por el pueblo romano con manifestaciones de júbilo.
Hoy el santuario es una realidad y está a punto de llevarse a
cabo también la institución de caridad: una casa para
ancianos, no lejos de aquí. Pero el voto de los romanos incluía
también una promesa a María santísima que no termina
y que es mucho más difícil de realizar: el cambio de la
conducta moral, es decir, el esfuerzo constante por renovar la vida y
hacerla cada vez más acorde con la de Cristo. Amadísimos
hermanos y hermanas, ésta es la tarea a la que nos invita el
edificio sagrado que hoy dedicamos a Dios.
Las paredes que encierran el espacio sagrado en que nos hallamos
reunidos, y mucho más el altar, las grandes vidrieras polícromas
y los demás símbolos religiosos, son signos de la presencia
de Dios en medio de su pueblo. Una presencia que se manifiesta de manera
real en la Eucaristía, celebrada diariamente y conservada en el
Tabernáculo; una presencia que se revela viva y vivificante en la
administración de los sacramentos; una presencia que se podrá
experimentar continuamente en la oración y en el recogimiento. Ojalá
que esa presencia sea para todos una llamada constante a la conversión
y a la reconciliación fraterna.
5. «Ven, te voy a enseñar a la novia, a la esposa del
Cordero (...), resplandeciente de la gloria de Dios» (Ap 21,
9).
La gran visión de la Jerusalén celestial, con la que se
concluye el libro del Apocalipsis, nos invita a elevar la mirada desde la
belleza y armonía arquitectónica de este nuevo templo hasta
el esplendor de la Iglesia celestial, plenitud del amor y de la comunión
con la santísima Trinidad, a la que tiende desde el inicio toda la
historia de la salvación.
Como afirma el concilio Vaticano II, María es imagen y primicia
de la Jerusalén celestial, hacia la que nos encaminamos. «La
Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es
la imagen y el comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en
el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día
del Señor, brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal
de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68).
A María dirigimos confiados nuestro corazón e invocamos su
maternal protección sobre todos.
A ti, Madre del Amor Divino, te encomendamos la comunidad diocesana, la
continuación de la misión ciudadana, que concluyó
hace pocas semanas, así como esta amada ciudad de Roma, con sus
problemas y sus recursos, sus anhelos y sus esperanzas.
Te encomendamos las familias, los enfermos, los ancianos y las personas
solas. En tus manos depositamos los frutos del Año santo y de modo
especial las expectativas y las esperanzas de los jóvenes que,
durante el jubileo, vendrán a Roma para la XV Jornada mundial de la
juventud.
Te encomendamos, por último, la petición que ya te dirigí
con ocasión de mi primera visita a este santuario: que, por tu
intercesión, se multiplique el número de los obreros de la
mies del Señor y que la juventud sepa apreciar, en toda su belleza,
el don de la llamada al sacerdocio y a la vida religiosa, que tanto
necesita hoy el mundo.
Amén.
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