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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Jueves 22 de junio
1. La institución de la Eucaristía, el sacrificio de
Melquisedec y la multiplicación de los panes es el sugestivo tríptico
que nos presenta la liturgia de la Palabra en esta solemnidad del Corpus
Christi.
En el centro, la institución de la Eucaristía. San Pablo, en el pasaje
de la primera carta a los Corintios, que acabamos de escuchar, ha recordado con
palabras precisas ese acontecimiento, añadiendo: "Cada vez que coméis
de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que
vuelva" (1 Co 11, 26). "Cada vez", por tanto también
esta tarde, en el corazón del Congreso eucarístico internacional, al celebrar
la Eucaristía, anunciamos la muerte redentora de Cristo y reavivamos en nuestro
corazón la esperanza de nuestro encuentro definitivo con él.
Conscientes de ello, después de la consagración, respondiendo a la invitación
del Apóstol, aclamaremos: "Anunciamos tu muerte. Proclamamos tu
resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!".
2. Nuestra mirada se ensancha hacia los otros elementos del tríptico bíblico,
que la liturgia presenta hoy a nuestra meditación: el sacrificio de
Melquisedec y la multiplicación de los panes.
La primera narración, muy breve pero de gran relieve, está tomada del libro
del Génesis, y ha sido proclamada en la primera lectura. Nos habla de
Melquisedec, "rey de Salem" y "sacerdote del Dios altísimo",
que bendijo a Abraham y "ofreció pan y vino" (Gn 14, 18). A
este pasaje se refiere el Salmo 109, que atribuye al Rey Mesías un carácter
sacerdotal singular, por consagración directa de Dios: "Tú eres
sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec" (Sal 109, 4).
La víspera de su muerte en la cruz, Cristo instituyó en el Cenáculo la
Eucaristía. También él ofreció pan y vino, que "en sus santas y
venerables manos" (Canon romano) se convirtieron en su Cuerpo y su
Sangre, ofrecidos en sacrificio. Así cumplía la profecía de la antigua
Alianza, vinculada a la ofrenda del sacrificio de Melquisedec. Precisamente por
ello, -recuerda la carta a los Hebreos- "él (...) se convirtió en
causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios
sumo sacerdote a semejanza de Melquisedec" (Hb 5, 7-10).
En el Cenáculo se anticipa el sacrificio del Gólgota: la muerte en la
cruz del Verbo encarnado, Cordero inmolado por nosotros, Cordero que quita el
pecado del mundo. Con su dolor, Cristo redime el dolor de todo hombre; con su
pasión, el sufrimiento humano adquiere nuevo valor; con su muerte, nuestra
muerte queda derrotada para siempre.
3. Fijemos ahora la mirada en el relato evangélico de la multiplicación
de los panes, que completa el tríptico eucarístico propuesto hoy a nuestra
atención. En el contexto litúrgico del Corpus Christi, esta perícopa
del evangelista san Lucas nos ayuda a comprender mejor el don y el misterio de
la Eucaristía.
Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo,
los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la
gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta
saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado
(cf. Lc 9, 17).
Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo
proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan
de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio
sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la
consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico
de generación en generación.
El pueblo de Dios lo recibe con devota participación. Con este Pan de vida,
medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires,
obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones.
Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm:
"Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá
para siempre" (Jn 6, 51).
4. "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo".
Después de haber contemplado el extraordinario "tríptico" eucarístico,
constituido por las lecturas de la liturgia de hoy, fijemos ahora la mirada del
espíritu directamente en el misterio. Jesús se define "el Pan de
vida", y añade: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida
del mundo" (Jn 6, 51).
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso
unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la
Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres
pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el
sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Como los discípulos, que escucharon con asombro su discurso en Cafarnaúm,
también nosotros experimentamos que este lenguaje no es fácil de entender (cf. Jn
6, 60). A veces podríamos sentir la tentación de darle una interpretación
restrictiva. Pero esto podría alejarnos de Cristo, como sucedió con aquellos
discípulos que "desde entonces ya no andaban con él" (Jn 6,
66).
Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro:
"Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn
6, 68). Con la misma convicción de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el
Sacramento del altar y renovamos nuestra profesión de fe en la presencia real
de Cristo.
Este es el significado de la celebración de hoy, que el Congreso eucarístico
internacional, en el año del gran jubileo, subraya con fuerza particular. Y
este es también el sentido de la solemne procesión que, como cada año, dentro
de poco se desarrollará desde esta plaza hasta la basílica de Santa María la
Mayor.
Con legítimo orgullo escoltaremos al Sacramento eucarístico a lo largo de las
calles de la ciudad, junto a los edificios donde la gente vive, goza y sufre; en
medio de los negocios y las oficinas donde se realiza su actividad diaria. Lo
llevaremos unido a nuestra vida asechada por un sinfín de peligros, oprimida
por las preocupaciones y las penas, y sujeta al lento pero inexorable desgaste
del tiempo.
Lo escoltaremos, elevando hacia él el homenaje de nuestros cantos y de nuestras
súplicas: "Bone Pastor, panis vere (...) Buen Pastor, verdadero pan
-le diremos con confianza-. Oh Jesús, ten piedad de nosotros, aliméntanos y
defiéndenos, llévanos a los bienes eternos.
"Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, que nos alimentas en la tierra, guía
a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Amén.
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