 |
CONSISTORIO ORDINARIO PÚBLICO
PARA LA CREACIÓN DE NUEVOS CARDENALES
HOMILÍA
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Miércoles 21 de febrero de 2001
1. "El que quiera llegar a ser
grande entre vosotros, será vuestro servidor" (Mc 10, 43).
Hemos escuchado una vez más estas desconcertantes palabras de Cristo. Hoy, en
esta plaza, resuenan particularmente para vosotros, venerados y queridos
hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, a los que he tenido la alegría de
incluir entre los miembros del Colegio cardenalicio. Con profundo afecto os
dirijo mi cordial saludo, que extiendo a las numerosas personas que os acompañan.
Expreso mi gratitud de manera especial al querido cardenal Giovanni Battista Re
por las amables palabras que me ha dirigido, interpretando con vigor los
sentimientos de todos vosotros.
Saludo fraternalmente a todos los demás cardenales presentes, así como a los
arzobispos y obispos que están aquí con nosotros. Saludo también a las
delegaciones oficiales, que han venido de varios países para festejar a sus
cardenales: a través de ellas envío mi afectuoso saludo a las
autoridades y a las queridas poblaciones que representan.
Me alegra que en el consistorio estén presentes delegados fraternos de algunas
Iglesias y comunidades eclesiales. Les dirijo un cordial saludo, con la certeza
de que también este gesto delicado de su parte contribuirá a favorecer el
entendimiento recíproco cada vez mayor y el progreso hacia la comunión plena.
Hoy es una gran fiesta para la Iglesia universal, que se enriquece con cuarenta
y cuatro nuevos cardenales. Y también es una gran fiesta para la ciudad de
Roma, sede del Príncipe de los Apóstoles y de su Sucesor, no sólo porque
instaura una relación especial con cada uno de los nuevos purpurados, sino
también porque la llegada de tantas personas de todas las partes del mundo le
brinda la posibilidad de revivir un momento de gozosa acogida. En efecto, esta
reunión solemne trae a la mente los numerosos eventos que han marcado el gran
jubileo, concluido hace poco más de un mes. Con ese mismo entusiasmo, esta mañana
la Roma "católica" estrecha a los nuevos cardenales en un cordial
abrazo, convencida de que se está escribiendo otra página significativa de su
historia bimilenaria.
2. "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45).
Estas palabras del evangelista san Marcos nos ayudan a comprender mejor el
sentido profundo de un acontecimiento como el consistorio que estamos
celebrando. La Iglesia no se apoya en cálculos y fuerzas humanas, sino en Jesús
crucificado y en el coherente testimonio que han dado de él los apóstoles, los
mártires y los confesores de la fe. Es un testimonio que puede exigir incluso
el heroísmo de la entrega total a Dios y a los hermanos. Cada cristiano sabe
que está llamado a una fidelidad sin componendas, que puede requerir incluso el
sacrificio supremo. Y esto lo sabéis especialmente vosotros, venerados
hermanos, elegidos para la dignidad cardenalicia. Os comprometéis a seguir
fielmente a Cristo, el Mártir por excelencia y el Testigo fiel.
Vuestro servicio a la Iglesia se manifiesta prestando al Sucesor de Pedro
vuestra asistencia y colaboración para aligerar el trabajo que implica su
ministerio, que se extiende hasta los confines de la tierra. Juntamente con él
debéis ser defensores valientes de la verdad y custodios del patrimonio de fe y
de costumbres que tiene su origen en el Evangelio. Así seréis guías seguros
para todos y, en primer lugar, para los presbíteros, las personas consagradas y
los laicos comprometidos.
El Papa cuenta con vuestra ayuda al servicio de la comunidad cristiana, que se
introduce con confianza en el tercer milenio. Como auténticos pastores, sabréis
ser centinelas vigilantes en defensa de la grey encomendada a vosotros por el
"Pastor supremo", que os tiene preparada "la corona de gloria que
no se marchita" (1 P 5, 4).
3. Un vínculo especialísimo os une desde hoy al Sucesor de Pedro, que por
voluntad de Cristo -como se ha recordado oportunamente- es "el principio y
fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la
muchedumbre de fieles" (Lumen gentium, 23). Este vínculo os hace,
con un nuevo título, signos elocuentes de comunión. Si sois promotores de
comunión, se beneficiará la Iglesia entera. San Pedro Damiani, cuya memoria
litúrgica se celebra hoy, afirma: "La unidad hace que muchas partes
constituyan un solo todo, que converjan las diversas voluntades de los hombres
en la unión de la caridad y de la armonía del espíritu" (Opusc.
XIII, 24).
"Muchas partes" de la Iglesia encuentran expresión en vosotros, que
habéis madurado vuestras experiencias en diferentes continentes y en diversos
servicios al pueblo de Dios. Es esencial que las "partes" que
representáis estén reunidas en "un solo todo" mediante la caridad,
que es el vínculo de perfección. Sólo así podrá hacerse realidad la oración
de Cristo: "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn
17, 21).
Desde el concilio Vaticano II hasta hoy se ha hecho mucho para ensanchar los
espacios de la responsabilidad de cada uno al servicio de la comunión eclesial.
No cabe duda de que, con la gracia de Dios, se podrá realizar aún mucho más.
Hoy vosotros sois proclamados y constituidos cardenales para que os comprometáis,
en lo que de vosotros dependa, a hacer que la espiritualidad de la comunión
crezca en la Iglesia. En efecto, sólo esa espiritualidad puede dar "un
alma a la estructura institucional, con una llamada a la confianza y a la
apertura que responde plenamente a la dignidad y responsabilidad de cada miembro
del pueblo de Dios" (Novo millennio ineunte, 45).
4. Venerados hermanos, sois los primeros cardenales creados en el nuevo
milenio. Después de haber tomado en abundancia de las fuentes de la
misericordia divina durante el Año santo, la mística nave de la Iglesia se
apresta a "bogar mar adentro" de nuevo para llevar al mundo el mensaje
de la salvación. Juntos queremos desplegar las velas al viento del Espíritu,
escudriñando los signos de los tiempos e interpretándolos a la luz del
Evangelio, para responder "a los perennes interrogantes de los hombres
sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre
ambas" (Gaudium et spes, 4).
El mundo se hace cada vez más complejo y mudable, y la viva conciencia de las
discrepancias existentes produce o aumenta las contradicciones y los
desequilibrios (cf. ib., 8). Las enormes potencialidades del progreso
científico y técnico, así como el fenómeno de la globalización, que se
extiende continuamente a campos nuevos, nos exigen estar abiertos al diálogo
con toda persona y con toda instancia social, a fin de dar a cada uno razón de
la esperanza que llevamos en el corazón (cf. 1 P 3, 15).
Sin embargo, venerados hermanos, sabemos que, para poder afrontar adecuadamente
las nuevas tareas es necesario cultivar una comunión cada vez más íntima con
el Señor. El mismo color púrpura de las vestiduras que lleváis os recuerda
esta urgencia. ¿No es ese color un símbolo del amor apasionado a Cristo? Ese
rojo encendido, ¿no indica el fuego ardiente del amor a la Iglesia que debe
alimentar en vosotros la disponibilidad, si es necesario, incluso a dar el
supremo testimonio de la sangre? "Usque ad effusionem sanguinis",
reza la antigua fórmula. Al contemplaros, el pueblo de Dios debe poder
encontrar un punto de referencia concreto y luminoso que lo estimule
a ser verdaderamente luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,
13).
5. Procedéis de veintisiete países de cuatro continentes y habláis
lenguas diversas. ¿No es este también un signo de la capacidad que tiene la
Iglesia, extendida ya por todos los rincones del planeta, de comprender pueblos
con tradiciones y lenguajes diferentes para llevar a todos el anuncio de Cristo?
En él, y sólo en él, es posible encontrar salvación. He aquí la verdad que
queremos reafirmar hoy juntos. Cristo camina con nosotros y guía nuestros
pasos.
A doscientos años del nacimiento del cardenal Newman, me parece volver a
escuchar las palabras con las que aceptó de mi predecesor, el Papa León XIII,
la sagrada púrpura: "La Iglesia -dijo- no debe hacer más que
proseguir su misión, con confianza y en paz; permanecer firme y tranquila, y
esperar la salvación de Dios. Mansueti hereditabunt terram, et delectabuntur
in multitudine pacis" (Sal 37, 11). Que estas palabras de ese
gran hombre de Iglesia nos estimulen a todos a amar cada vez más nuestro
ministerio pastoral.
Venerados hermanos, en torno a vosotros se encuentran reunidos, para compartir
este momento de alegría, vuestros familiares y amigos, así como muchos de los
fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral. Juntamente con todo el pueblo
cristiano, espiritualmente presente, dirigen al Señor fervientes súplicas por
vuestro nuevo servicio a la Sede apostólica y a la Iglesia universal.
Sobre vosotros extiende su manto materno María que, acogiendo la invitación
del mensajero divino, supo responder prontamente: "Hágase en mí según
tu palabra" (Lc 1, 38). Interceden por vosotros los apóstoles san
Pedro y san Pablo, así como vuestros santos protectores. Os acompaña también
mi recuerdo fraterno en la oración y mi bendición.
|