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SANTA MISA EN RITO BIZANTINO-UCRANIANO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Lunes 25 de junio de 2001

1. "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21).

El texto del evangelio de san Juan, recién proclamado, nos lleva con la mente y el corazón al Cenáculo, al lugar de la última Cena, donde Jesús, antes de su pasión, ruega al Padre por los Apóstoles. Acaba de confiarles la sagrada Eucaristía y los ha constituido ministros de la nueva Alianza, continuadores de su misión para la salvación del mundo.

De las palabras del Salvador brota el ardiente deseo de rescatar a la humanidad del espíritu y de las lógicas del mundo. Al mismo tiempo, surge la convicción de que la salvación pasa a través de ese ser "uno", que, según el modelo de la vida trinitaria, debe caracterizar la experiencia diaria y las opciones de todos sus discípulos.

2. "Ut unum sint!", "¡Que todos sean uno!" (Jn 17, 21). El Cenáculo es el lugar de la unidad que nace del amor. Es el lugar de la misión:  "Para que el mundo crea" (Jn 17, 21). No hay auténtica evangelización sin plena comunión fraterna.

Por eso, al atardecer del primer día de la semana, cuando se aparece en el Cenáculo a sus discípulos, el Resucitado reafirma el nexo estrecho que existe entre misión y comunión, diciéndoles:  "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21), y añade:  "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).

También en el Cenáculo, el día de Pentecostés, los Apóstoles reunidos con María, la Madre de Jesús, reciben el Espíritu Santo, que se manifiesta "como una ráfaga de viento impetuoso que viene del cielo y llena toda la casa en la que se encontraban, mientras unas lenguas como de fuego se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos" (Hch 2, 3). Del don de Cristo resucitado nace la humanidad nueva, la Iglesia, en la que la comunión vence las divisiones y la dispersión, engendradas por el espíritu del mundo y simbolizadas en la narración bíblica de la torre de Babel:  "Cada uno los oía hablar en su propia lengua" (Hch 2, 6). Los discípulos, habiendo llegado a ser uno por obra del Paráclito, se convierten en instrumentos de diálogo y de paz, y comienzan su misión de evangelización de los pueblos.

3. "Que todos sean uno". Este es el misterio de la Iglesia querida por Cristo. La unidad fundada en la verdad revelada y en el amor no anula al hombre, su cultura y su historia, sino que lo introduce en la comunión trinitaria, donde todo lo que es auténticamente humano queda enriquecido y potenciado.

Esta liturgia, concelebrada por obispos y sacerdotes católicos de tradición oriental y de tradición latina, también es una expresión de ese misterio. En la humanidad nueva, que nace del corazón del Padre y que tiene como Cabeza a Cristo y vive por el don del Espíritu, existen diversas tradiciones, ritos y disciplinas canónicas que, lejos de menoscabar la unidad del Cuerpo de Cristo, la enriquecen con los dones que aporta cada uno. En ella se repite continuamente el milagro de Pentecostés:  hombres de lenguas, tradiciones y culturas diversas se sienten unidos en la profesión de la única fe dentro de la única comunión, que nace de lo alto.

Con estos sentimientos saludo a todos los presentes. Saludo especialmente a los señores cardenales Lubomyr Husar, arzobispo mayor de Lvov de los ucranios, y a Marian Jaworski, arzobispo de Lvov de los latinos, así como a los obispos de los respectivos ritos, a los sacerdotes y a los fieles. Saludo a cada uno de los miembros de la comunidad eclesial, que manifiesta su riqueza multiforme de modo original en esta tierra, donde se encuentran la tradición oriental y la occidental. Vuestra coexistencia en la caridad está llamada a convertirse en modelo de una unidad que vive en el seno de un legítimo pluralismo y está garantizada por el Obispo de Roma, el Sucesor de Pedro.

4. En efecto, ya desde los orígenes vuestra Iglesia ha podido beneficiarse de múltiples relaciones culturales y de testimonios cristianos de diversa proveniencia. Según la tradición, en los albores del cristianismo el mismo apóstol san Andrés, visitando los lugares donde nos encontramos, testimonió su santidad. En efecto, se cuenta que, al contemplar los acantilados del Dniéper, bendijo la tierra de Kiev y dijo:  "En estos montes brillará la gloria de Dios". De ese modo anunciaba la conversión a la fe cristiana del gran príncipe de Kiev, el santo bautista Vladimiro, gracias al cual el Dniéper ha llegado a ser el "Jordán de Ucrania" y la capital Kiev una "nueva Jerusalén", madre del cristianismo eslavo en la Europa del Este.

¡Qué testimonios de santidad se han sucedido en vuestra tierra desde el día de su bautismo! Destacan en los comienzos los mártires de Kiev, los príncipes Boris y Hlib, que soléis definir "portadores de pasión", pues aceptaron el martirio de manos de su hermano, sin empuñar las armas contra él. Diseñaron el rostro espiritual de la Iglesia de Kiev, donde el martirio en nombre del amor fraterno, en nombre de la unidad de los cristianos, se ha manifestado como un auténtico carisma universal. También la historia del pasado reciente lo ha confirmado ampliamente.

5. "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados, vuestra vocación" (Ef 4, 4). Las vicisitudes de los mártires de vuestra Iglesia son la realización de las palabras del apóstol san Pablo, que se acaban de proclamar en la lectura de la epístola. Decía a los cristianos de Éfeso:  "Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4, 1-3).

La independencia recuperada ha abierto un período nuevo y prometedor, que compromete a los ciudadanos, como solía recordar el metropolita Andrej Septyckyj, a fijarse como objetivo "construir la propia casa", Ucrania. Desde hace diez años el país es un Estado libre e independiente. Este decenio ha mostrado que, a pesar de las tentaciones de ilegalidad y corrupción, sus raíces espirituales son fuertes. Deseo de todo corazón que Ucrania siga alimentándose de los ideales de la moral personal, social y eclesial, del servicio al bien común, de la honradez y el sacrificio, sin olvidar el don de los diez mandamientos. Su fe viva y la fuerza de recuperación de su Iglesia son sorprendentes:  las raíces de su pasado se han transformado en prenda de esperanza para el futuro.

Amadísimos hermanos y hermanas, la fuerza del Señor, que ha sostenido vuestro país, es una fuerza dulce, que hay que secundar. Actúa a través de vuestra fidelidad y de vuestra generosidad para responder a la invitación de Cristo.

En este momento particular, deseo rendir homenaje a los que os han precedido en la fe y que, a pesar de las grandes pruebas soportadas, han custodiado la sagrada Tradición. Que su ejemplo luminoso os anime a no tener miedo. Rebosantes del Espíritu de Cristo, sed solícitos en la construcción de vuestro futuro según su proyecto de amor.

6. El recuerdo de la secular fidelidad de vuestra tierra al Evangelio nos lleva hoy de modo natural al Cenáculo y a las palabras que pronunció Cristo en la víspera de su pasión.
La Iglesia vuelve constantemente al Cenáculo, donde nació y donde comenzó su misión. La Iglesia necesita volver a ese lugar donde los Apóstoles, después de la resurrección del Señor, quedaron llenos del Espíritu Santo y recibieron el don de lenguas para poder anunciar en medio de los pueblos y las naciones del mundo las maravillas de Dios (cf. Hch 2, 11).

Hoy queremos volver espiritualmente al Cenáculo para comprender mejor las razones de la unidad y de la misión, que han guiado hasta aquí, a orillas del Dniéper, los pasos de intrépidos heraldos del Evangelio para que, entre la multitud de las lenguas, no faltara la de los habitantes de la Rus'.
"Ut unum sint". Queremos unirnos a la oración del Señor por la unidad de sus discípulos. Es una ardiente invocación por la unidad de los cristianos. Es una oración incesante, que se eleva desde corazones humildes y dispuestos a sentir, pensar y trabajar generosamente para que se realice el deseo de Cristo. Desde esta tierra, santificada por la sangre de innumerables mártires, elevo con vosotros mi oración al Señor para que todos los cristianos vuelvan a ser "uno", según el anhelo de Jesús en el Cenáculo. Quiera Dios que los cristianos del tercer milenio se presenten al mundo con un solo corazón y una sola alma.

Encomiendo este ardiente deseo a la Madre de Jesús, que desde el principio ora con la Iglesia y por la Iglesia. Ella nos sostenga, como en el Cenáculo, con su intercesión, y nos guíe por el camino de la reconciliación y de la unidad, para que en toda la tierra los cristianos finalmente anuncien juntos a Cristo y su mensaje de salvación a los hombres y mujeres del nuevo milenio.

 

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