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MISA PRESIDIDA POR EL ROMANO PONTÍFICE
EN FROSINONE (ITALIA)
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Domingo
16 de septiembre de 2001
1. "Danos, Padre, la alegría del perdón" (cf. Salmo
responsorial).
La alegría del perdón: esta es la "buena nueva" que hoy
la liturgia hace resonar con vigor entre nosotros. El perdón es alegría de
Dios, antes que alegría del hombre. Dios se alegra al acoger al pecador
arrepentido; más aún, él mismo, que es Padre de infinita misericordia, "dives
in misericordia", suscita en el corazón humano la esperanza del perdón
y la alegría de la reconciliación.
Con este anuncio de consolación y paz vengo a vosotros, amadísimos hermanos y
hermanas de la querida Iglesia de Frosinone-Veroli-Ferentino, para devolveros la
visita que, el 2 de diciembre del año pasado, me hicisteis en la plaza de San
Pedro, con ocasión de vuestra peregrinación jubilar. Doy gracias a la
Providencia divina que me ha guiado hasta vosotros.
Agradezco a vuestro obispo, el querido monseñor Salvatore Boccaccio, los
fervientes sentimientos que me ha manifestado en nombre de todos. Que el Señor
conceda frutos abundantes a su celo pastoral. Me alegra saludar también al
obispo emérito, monseñor Angelo Cella, a los cardenales y obispos presentes,
así como a los sacerdotes concelebrantes, a la vez que aseguro una oración
especial por los más ancianos o enfermos, que se unen espiritualmente a
nosotros. Saludo a los representantes del Gobierno italiano y a las autoridades
regionales, provinciales y municipales, con especial gratitud al alcalde y a la
administración de Frosinone. A cada uno de vosotros, hermanos y hermanas
reunidos aquí, dirijo mi cordial saludo y mi agradecimiento sincero por la
cordial acogida.
2. "Dios es más grande que nuestro corazón". Así hemos cantado
en el Aleluya. En la primera lectura Moisés demuestra conocer el corazón de
Dios, invocando su perdón para el pueblo infiel (cf. Ex 32, 11-13),
pero es la página evangélica de hoy la que nos introduce plenamente en el
misterio de la misericordia de Dios: Jesús nos revela a todos el rostro
de Dios, haciéndonos penetrar en su corazón de Padre, dispuesto a
alegrarse por la vuelta del hijo perdido.
También es testigo privilegiado de la misericordia divina el apóstol san
Pablo, que, como hemos proclamado en la segunda lectura, al escribir a su fiel
colaborador Timoteo, aduce su propia conversión como prueba de que Cristo vino
al mundo para salvar a los pecadores (cf. 1 Tm 1, 15-16).
Esta es la verdad que la Iglesia no se cansa de proclamar: Dios nos ama
con un amor infinito. Dio a la humanidad a su Hijo unigénito, muerto en la
cruz para el perdón de nuestros pecados. Así, creer en Jesús significa
reconocer en él al Salvador, a quien podemos decir desde lo más profundo de
nuestro corazón: "Tú eres mi esperanza" y, juntamente
con todos nuestros hermanos, "tú eres nuestra esperanza".
3. Jesús, nuestra esperanza. Queridos hermanos, sé que esta
expresión ya os resulta familiar. En efecto, es el tema del proyecto pastoral
que vuestra diócesis ha elaborado para los próximos años. Ojalá que mi
visita contribuya a imprimir aún más esta certeza en vuestro corazón. El
compromiso, las iniciativas, el trabajo de cada uno y de todas las comunidades
deben convertirse en testimonio evangélico, arraigado en la experiencia
gozosa del amor y del perdón de Dios.
¡El perdón de Dios! Que este anuncio de felicidad, que el mundo necesita hoy
particularmente, esté de modo especial en el centro de vuestra vida, queridos sacerdotes,
llamados a ser ministros de la misericordia divina, que se manifiesta en su
grado supremo en el perdón de los pecados. Precisamente al sacramento de la
reconciliación quise dedicar la Carta a los sacerdotes del pasado Jueves santo.
Y por eso, queridos hermanos en el sacerdocio, hoy vuelvo a entregaros
idealmente este mensaje, invocando para cada uno de vosotros y para todo el
presbiterio la sobreabundancia de gracia de la que nos ha hablado el apóstol
san Pablo (cf. 1 Tm 1, 14).
Y vosotros, religiosos y religiosas, irradiad con vuestro ejemplo
la alegría de quien ha experimentado el misterio del amor de Dios, expresado
muy bien en el Aleluya: "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y
hemos creído en él" (1 Jn 4, 16).
4. En nuestro tiempo, es urgente proclamar a Cristo, Redentor del hombre,
para que su amor sea conocido por todos y se difunda por doquier. El gran
jubileo del año 2000 fue un vehículo providencial de este anuncio. Pero
es preciso seguir recorriendo este camino. Por eso, en la clausura del Año
santo, volví a dirigir a la Iglesia y al mundo la invitación que Cristo hizo a
Pedro: "Duc in altum, Rema mar adentro" (Lc 5, 4).
A ti, querida diócesis de Frosinone-Veroli-Ferentino, te renuevo esta invitación,
para que te impulse a una valiente renovación espiritual, traducida en
una concreta programación pastoral. Construye tu presente y tu futuro teniendo
fija tu mirada en Jesús. Él es todo: todo para la Iglesia, todo
para la salvación del hombre. A partir del jubileo, la Iglesia universal busca
el rostro de Cristo. Ahora debe percibir cada vez más esta exigencia, el deseo
de contemplar la luz que irradia ese Rostro, para reflejarla en su camino
diario: Jesús-Hijo de Dios; Jesús-Eucaristía; Jesús-caridad. ¡Jesús,
nuestra esperanza! Jesús, todo para nosotros.
Ojalá que se multipliquen en las comunidades parroquiales los momentos
fuertes de estudio y reflexión sobre la palabra de Dios. Meditar,
profundizar y amar la sagrada Escritura quiere decir ponerse a la escucha
humilde y atenta del Señor, para que la comunidad crezca en torno a la mesa de
esta Palabra: ella ilumina las orientaciones y las opciones, muestra los
objetivos que hay que alcanzar, pero, ante todo, hace arder la fe en los
corazones, alimenta la esperanza, y da vigor al deseo de anunciar a todos la
buena nueva. Esta es la nueva evangelización, para la cual vuestra
comunidad diocesana ha instituido un "Centro pastoral" específico.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, que la Eucaristía sea el centro y la
guía de vuestro itinerario espiritual y apostólico. En efecto, la vida
sacramental es fuente de gracia y salvación para la Iglesia. Todo parte de
Cristo-Eucaristía y todo vuelve a Cristo vivo, corazón del mundo, corazón
de la comunidad diocesana y parroquial. Si, como os deseo, lográis poner a
Cristo en el centro de vuestra vida, descubriréis que no sólo os pide a cada
uno acogerlo personalmente, sino también ofrecerlo, darlo, transmitirlo,
comunicarlo a los demás. Así, en su nombre os convertiréis en "buenos
samaritanos" para las personas necesitadas, para los pobres, para los últimos
y para tantos inmigrantes que han venido a esta región desde países lejanos.
Experimentaréis que toda la actividad pastoral de los centros diocesanos
"para el culto y la santificación" y "para el servicio y el
testimonio de la caridad" brota de la fuente sobreabundante de santidad que
es el misterio eucarístico, y a todos llama a tender a la santidad.
Tras la huellas de los santos y santas de esta tierra de Ciociaria, también
vosotros tened como objetivo fundamental llegar a ser santos, como es santo el
Padre celestial, como es santo el Hijo Jesucristo y como es santo el Espíritu
Santo que habita en nuestro corazón. Y se llega a ser santo con la oración,
con la participación en la Eucaristía, con las obras de caridad y con el
testimonio de una vida humilde y generosa en el bien.
6. Quiero dirigir ahora mi palabra en particular a los padres.
Queridas madres y queridos padres, con vuestra entrega mostrad a vuestros hijos
que Dios es bueno y grande en el amor. Indicadles con una vida honrada y
laboriosa que la santidad es el camino "normal" de los cristianos.
El domingo 21 de octubre tendré la alegría de elevar al honor de los altares a
una pareja de esposos romanos: los cónyuges Luigi y María Beltrame
Quattrocchi. Esta beatificación se celebrará en el ámbito del Encuentro
nacional de las familias organizado por la Conferencia episcopal italiana, que
tendrá lugar en Roma, en la plaza de San Pedro, el sábado 20 de octubre por la
tarde y el domingo 21. A estas dos citas de gran significado, en las que quiero
participar personalmente, invito a los obispos, a los sacerdotes y a todas las
familias italianas, de modo especial a las de la región del Lacio, donde
vivieron los dos nuevos beatos. Será una ocasión para reflexionar en la vocación
de las familias cristianas a la santidad y, al mismo tiempo, para tomar
mayor conciencia de la función social de la familia y pedir a las instituciones
que la defiendan y la promuevan con leyes y normas adecuadas.
Diócesis de Frosinone-Veroli-Ferentino, ¡sé una familia de santos! En esta
amada tierra de Ciociaria, patria de ilustres personajes y generosos servidores
del Evangelio, sé "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt
5, 13-14).
Que María, Madre de la Iglesia, te acompañe con su intercesión para que, así
como has orado intensamente preparando mi visita pastoral, así también sigas
siendo una comunidad viva, firme en la fe, unida en la esperanza y perseverante
en la caridad. Amén.
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