The Holy See
back up
Search
riga

VISITA PASTORAL A KAZAJSTÁN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

 Astana- Plaza de la Madre Patria
Domingo 23 de septiembre de 2001

1. "Dios es uno, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos" (1 Tm 2, 5).

En esta expresión del apóstol san Pablo, tomada de la primera carta a Timoteo, está contenida la verdad central de la fe cristiana. Me alegra poder anunciárosla hoy a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas de Kazajstán. En efecto, estoy entre vosotros como apóstol y testigo de Cristo; estoy entre vosotros como amigo de todo hombre de buena voluntad. A todos y cada uno vengo a ofrecer la paz y el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Conozco vuestra historia. Conozco los sufrimientos que habéis padecido muchos de vosotros, cuando el régimen totalitario anterior os arrancó de vuestra tierra de origen y os deportó en condiciones de grave malestar y privación. Me alegra poder estar aquí hoy entre vosotros para deciros que el corazón del Papa está cerca de vosotros.

Os abrazo con afecto a cada uno, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio. En particular, saludo al obispo Tormasz Peta, administrador apostólico de Astana, y le agradezco los sentimientos que ha expresado en nombre de todos. Saludo a los representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, así como a los representantes de las diferentes religiones presentes en esta vasta región euroasiática. Saludo al señor presidente de la República, a las autoridades civiles y militares, y a todos los que han querido unirse a esta celebración.

2. "Dios es uno". El Apóstol afirma ante todo la absoluta unicidad de Dios. Los cristianos han heredado esta verdad de los hijos de Israel y la comparten con los fieles musulmanes:  es la fe en el único Dios, "Señor del cielo y de la tierra" (Lc 10, 21), omnipotente y misericordioso.

En el nombre de este único Dios, me dirijo al pueblo de Kazajstán, que tiene antiguas y profundas tradiciones religiosas. Me dirijo también a cuantos no se adhieren a una fe religiosa y a los que buscan la verdad. Quisiera repetirles las célebres palabras de san Pablo, que tuve la alegría de volver a escuchar el pasado mes de mayo en el Areópago de Atenas:  "Dios no se encuentra lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 27-28). Me viene a la mente lo que escribió vuestro gran poeta Abai Kunanbai:  "¿Se puede dudar de su existencia, si todo sobre la tierra es su testimonio?" (Poesía 14).

3. "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús". Después de referirse al misterio de Dios, el Apóstol dirige su mirada a Cristo, único mediador de salvación. Una mediación -subraya san Pablo en otra de sus cartas- que se realiza en la pobreza:  "Siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con su pobreza" (2 Co 8, 9, citado en el Aleluya).

Jesús "no hizo alarde de su categoría de Dios" (Flp 2, 6); no quiso presentarse a nuestra humanidad, que es frágil e indigente, con su abrumadora superioridad. Si lo hubiera hecho, no habría obedecido a la lógica de Dios, sino a la de los poderosos de este mundo, criticada sin ambages por los profetas de Israel, como Amós, de cuyo libro está tomada la primera lectura de hoy (cf. Am 8, 4-6).

La vida de Jesús fue coherente con el designio salvífico del Padre, "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tm 2, 4). Él testimonió con fidelidad esta voluntad, ofreciéndose "en rescate por todos" (1 Tm 2, 6). Al entregarse totalmente por amor, nos consiguió la amistad con Dios, perdida a causa del pecado. También a nosotros nos recomienda esta "lógica del amor", pidiéndonos que la apliquemos sobre todo mediante la generosidad hacia los necesitados. Es una lógica que puede unir a cristianos y musulmanes, comprometiéndolos a construir juntos la "civilización del amor". Es una lógica que supera cualquier astucia de este mundo y nos permite granjearnos amigos verdaderos, que nos acojan "en las moradas eternas" (cf. Lc 16, 9), en la "patria" del cielo.

4. Amadísimos hermanos, la patria de la humanidad es el reino de Dios. Es muy elocuente para nosotros meditar en esta verdad precisamente aquí, en la plaza dedicada a la Madre Patria, ante este monumento que la representa simbólicamente. Como enseña el concilio ecuménico Vaticano II, existe una relación entre la historia humana y el reino de Dios, entre las realizaciones parciales de la convivencia civil y la meta última, a la que, por libre iniciativa de Dios, está llamada la humanidad (cf. Gaudium et spes, 33-39).

El décimo aniversario de la independencia de Kazajstán, que celebráis este año, nos lleva a reflexionar en esta perspectiva. ¿Qué relación existe entre esta patria terrena, con sus valores y sus metas, y la patria celestial, en la que, superando toda injusticia y todo conflicto, está llamada a entrar la familia humana entera? La respuesta del Concilio es iluminadora:  "Aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al reino de Dios" (ib., 39).

5. Los cristianos son, a la vez, habitantes del mundo y ciudadanos del reino de los cielos. Se comprometen sin reservas en la construcción de la sociedad terrena, pero permanecen orientados hacia los bienes eternos, siguiendo un modelo superior, trascendente, para realizarlo cada vez más y cada vez mejor en la vida diaria.

El cristianismo no es alienación del compromiso terreno. Si en algunas situaciones contingentes a veces da esta impresión, se debe a la incoherencia de muchos cristianos. En realidad, el cristianismo auténticamente vivido es como levadura para la sociedad:  la hace crecer y madurar en el plano humano y la abre a la dimensión trascendente del reino de Cristo, realización plena de la humanidad nueva.

Este dinamismo espiritual encuentra su fuerza en la oración, como nos acaba de recordar la segunda lectura. Y es lo que, en esta celebración, queremos hacer orando por Kazajstán y por sus habitantes, a fin de que este gran país, dentro de la variedad de sus componentes étnicos, culturales y religiosos, progrese en la justicia, la solidaridad y la paz; para que progrese especialmente gracias a la colaboración de cristianos y musulmanes, comprometidos cada día, juntos, en la humilde búsqueda de la voluntad de Dios.

6. La oración siempre debe ir acompañada por obras coherentes. La Iglesia, fiel al ejemplo de Cristo, no separa nunca la evangelización de la promoción humana, y exhorta a sus fieles a ser en todo ambiente promotores de renovación y de progreso social.

Amadísimos hermanos y hermanas, ojalá que la "madre patria" de Kazajstán encuentre en vosotros hijos devotos y solícitos, fieles al patrimonio espiritual y cultural heredado de vuestros padres, y capaces de adaptarlo a las nuevas exigencias.

De acuerdo con el modelo evangélico, distinguíos por la humildad y la coherencia, haciendo fructificar vuestros talentos al servicio del bien común y privilegiando a las personas más débiles y desvalidas. El respeto a los derechos de cada uno, aunque tengan convicciones personales diferentes, es el presupuesto de toda convivencia auténticamente humana.

Vivid un profundo y efectivo espíritu de comunión entre vosotros y con todos, inspirándoos en lo que los Hechos de los Apóstoles atestiguan de la primera comunidad de los creyentes (cf. Hch 2, 44-45; 4, 32). Testimoniad en el amor fraterno y en el servicio a los pobres, a los enfermos y a los excluidos, la caridad, que alimentáis en la mesa eucarística. Sed artífices de encuentro, reconciliación y paz entre personas y grupos diferentes, cultivando el auténtico diálogo, para que prevalezca siempre la verdad.

7. Amad la familia. Defended y promoved esta célula fundamental del organismo social; cuidad de este primordial santuario de la vida. Acompañad con esmero el camino de los novios y de los matrimonios jóvenes, para que sean ante sus hijos y ante toda la comunidad signo elocuente del amor de Dios.

Amadísimos hermanos, con alegría y emoción deseo dirigiros a vosotros, aquí presentes, y a todos los creyentes que están unidos a nosotros la exhortación que en muchas ocasiones estoy repitiendo en este inicio de milenio:  Duc in altum!

Te abrazo con afecto, pueblo de Kazajstán, y te deseo que realices plenamente todo proyecto de amor y de salvación. Dios no te abandonará. Amén.

 

top