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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA PARROQUIA ROMANA
DE SAN GELASIO I PAPA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
LEÍDA POR EL CARDENAL RUINI


III domingo de Cuaresma
3 de marzo de 2002

 

1. "Señor, dame esa agua:  así no tendré más sed" (Jn 4, 15; cf. Aleluya).

La petición de la samaritana imprime un giro decisivo al largo e intenso diálogo con Jesús, que se desarrolla junto al pozo de Jacob, cerca de la ciudad de Sicar. Nos lo narra san Juan en la página evangélica de hoy.

Cristo dice a la mujer:  "Dame de beber" (Jn 4, 7). Su sed material es signo de una realidad mucho más profunda:  expresa el deseo ardiente de que su interlocutora y los paisanos de ella se abran a la fe. Por su parte, la mujer de Samaría, cuando le pide agua, manifiesta en el fondo la necesidad de salvación presente en el corazón de toda persona. Y el Señor se revela como el que ofrece el agua viva del Espíritu, que sacia para siempre la sed de infinito de todo ser humano.

La liturgia de este tercer domingo de Cuaresma nos propone un espléndido comentario del episodio joánico, cuando en el Prefacio se dice que Jesús "quiso estar sediento" de la salvación de la samaritana, para "encender en ella el fuego del amor divino".

2. El episodio de la samaritana delinea el itinerario de fe que todos estamos llamados a recorrer. También hoy Jesús "está sediento", es decir, desea la fe y el amor de la humanidad. Del encuentro personal con él, reconocido y acogido como Mesías, nace la adhesión a su mensaje de salvación y el deseo de difundirlo en el mundo.

Esto es lo que sucede en la continuación del relato del evangelio de san Juan. El vínculo con Jesús transforma completamente la vida de la mujer que, sin demora, corre a comunicar la buena noticia a la gente del pueblo vecino:  "Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho:  ¿será este el Mesías?" (Jn 4, 29). La revelación acogida con fe impulsa a transformarse en palabra proclamada a los demás y testimoniada mediante opciones concretas de vida. Esta es la misión de los creyentes, que brota y se desarrolla a partir del encuentro personal con el Señor.

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de San Gelasio, ¡gracias por vuestra cordial acogida y por las amables palabras que vuestros representantes han querido dirigirme al inicio de la celebración eucarística! Saludo cordialmente al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, a vuestro querido párroco, don Albino Marín, al vicepárroco, y a todos vosotros que pertenecéis a la comunidad parroquial, que este año celebra el trigésimo aniversario de su fundación. Extiendo mi afectuoso saludo a los que viven en esta populosa zona de Rebibbia.

Os felicito por lo que estáis haciendo, en particular en el campo de la catequesis, de la liturgia y de la caridad. En efecto, estos son los pilares insustituibles de la vida cristiana, que hay que desarrollar, aprovechando también el apoyo y los servicios de coordinación y animación que prestan las oficinas pastorales del Vicariato. En efecto, cada comunidad parroquial crece aún más unida y activa cuando camina en comunión afectiva y efectiva con los legítimos pastores y con toda la familia diocesana.

Dedicáis especial atención a las familias, para que realicen plenamente su vocación. Aun cuando encuentren dificultades en la vida conyugal o en la relación entre padres e hijos, los esposos deben tener siempre presente el "sí" fundamental que pronunciaron el día del matrimonio. Dios nunca deja de sostener con  su gracia a cuantos confían en él.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, seguid realizando con esmero la particular obra apostólica, tan necesaria para la vida de la Iglesia, que es la Misión permanente. Se trata de una valiosa herencia que brotó de la Misión ciudadana y del gran jubileo del año 2000. Al afrontar los problemas de los habitantes del barrio, tenéis la posibilidad de darles el testimonio concreto del amor infinito de Dios. Además de las visitas a las familias y del esfuerzo por entablar relaciones de amistad con la gente, tratad de intensificar las provechosas experiencias de formación realizadas en favor de los niños y los jóvenes, como el coro de niños y el oratorio. Si infundís confianza en los muchachos y las muchachas, serán generosos apóstoles de sus coetáneos y colaborarán activamente en las múltiples obras parroquiales.

Queridos jóvenes, os doy cita para el encuentro que, juntamente con vuestros amigos de las demás parroquias de Roma, viviremos en la plaza de San Pedro el 21 de marzo, como preparación para la Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en Toronto el próximo mes de julio. Seguirá la Asamblea eclesial diocesana de junio sobre el tema de las vocaciones. También para esta cita vuestra comunidad parroquial se prepara con la reflexión comunitaria y, sobre todo, con la oración. Que Dios suscite entre vosotros numerosas y santas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, esenciales para la vida y el futuro de la Iglesia.

5. "La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rm 5, 5).

También estas palabras del apóstol san Pablo, proclamadas en la segunda lectura, se refieren al don del Espíritu, simbolizado por el agua viva prometida por Jesús a la samaritana. El Espíritu es la "prenda" de la salvación definitiva que Dios nos ha prometido. El hombre no puede vivir sin esperanza. Sin embargo, muchas esperanzas naufragan contra los escollos de la vida. Pero la esperanza del cristiano "no defrauda", porque se apoya en el sólido fundamento de la fe en el amor de Dios, revelado en Cristo.

A María, Madre de la esperanza, le encomiendo vuestra parroquia y el camino cuaresmal hacia la Pascua. María, que siguió  a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a todos a ser discípulos fieles de aquel que hace saltar en nuestro corazón agua para la vida eterna (cf. Jn 4, 14).

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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