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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA SANTA MISA PARA LOS ESTUDIANTES
DE LAS UNIVERSIDADES Y ATENEOS ROMANOS


Martes 10 de diciembre de 2002

 

1. "Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios" (Is 40, 1).

Con esta invitación comienza el así llamado "Libro de la consolación", en el que el segundo Isaías da al pueblo en el exilio el anuncio gozoso de la liberación. El tiempo del castigo ha terminado; Israel puede mirar con confianza al futuro:  le espera, por fin, el regreso a la patria.

Este anuncio gozoso vale también para nosotros. En el fondo, todos somos viandantes en camino. La vida es un largo viaje en el que todo ser humano, peregrino del Absoluto, se esfuerza por buscar una morada estable y segura. El paso del tiempo le confirma que esa morada no puede encontrarla aquí abajo. Nuestra patria verdadera y definitiva es el cielo. El autor de la carta a los Hebreos dirá:  "No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro" (Hb 13, 14).

Desde esta perspectiva, son consoladoras las palabras del profeta. Asegura que Dios camina con nosotros:  "Consolad, consolad a mi pueblo. (...) Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres" (Is 40, 1-5). En la noche de Belén el Verbo de Dios se hizo nuestro compañero de viaje; tomó nuestra misma carne y aceptó compartir hasta el fondo nuestra condición. Así pues, en la fe podemos acoger con toda la riqueza de su significado el deseo:  "Consolad, consolad a mi pueblo".

2. Con este sentimiento de íntima alegría os dirijo mi saludo a vosotros, ilustres rectores y profesores, y a vosotros, queridos alumnos de las universidades romanas. A cada uno le expreso mi gratitud por haber querido participar en esta cita tradicional del tiempo de Adviento.

Saludo en particular al viceministro para las Universidades y a la delegación de rectores italianos presentes en esta celebración, así como a los representantes de las antiguas universidades europeas. Agradezco al rector de la universidad "Tor Vergata" y a la joven estudiante de "La Sapienza" las palabras que me han dirigido, interpretando vuestros sentimientos. Me siento muy a gusto con vosotros.

3. Volvamos a escuchar al profeta. Nos ayuda a comprender mejor el mensaje de alegría que el misterio de la Navidad trae a los hombres de todo tiempo y de toda cultura. El nacimiento de Cristo es anuncio consolador para la humanidad entera.

Sí, entonces "se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres" (Is 40, 5). Todos podemos contemplarla y ser iluminados por ella. Ante esta gloria, prosigue el profeta, "todo hombre es hierba y todo su esplendor como flor del campo" (Is 40, 6).

La gloria de Dios y la gloria de los hombres:  ¿hay acaso gloria humana que pueda confrontarse con la divina?, ¿hay acaso poder terreno que pueda competir con el Señor? Incluso los grandes de la tierra, como Nabucodonosor, Darío y Ciro, son como "hierba", como la flor que "se marchita en cuanto le da el viento del Señor" (Is 40, 7). Nada resiste a Dios. Sólo él, con su omnipotencia, gobierna el universo y dirige el destino de los hombres y el rumbo de la historia.

Miremos al siglo que acaba de transcurrir y a nuestros tiempos:  ¡cuán frágiles se han mostrado potencias que pretendían imponer su dominio! Incluso la ciencia, la técnica, la cultura, cuando hacen gala de omnipotencia, se revelan en el fondo como la hierba que rápidamente se seca, como una flor que se marchita y muere.

4. Que resuenen en el corazón de cada uno estas palabras del profeta que acabamos de escuchar. No menoscaban la libertad humana; al contrario, la enriquecen guiándola por senderos de auténtica promoción del hombre. Desde esta perspectiva, brinda una gran ayuda la pastoral universitaria, que la Iglesia promueve con sumo esmero en los centros de estudio y de investigación científica.
Recuerdo mi experiencia personal en la universidad. El contacto diario con alumnos y profesores me enseñó que es necesario proporcionar una formación integral, que prepare a los jóvenes para la vida:  una enseñanza que los capacite para asumir de modo responsable su papel en la familia y en la sociedad con competencia profesional, pero también humana y espiritual. Aquellos años, que marcaron mi existencia, me dieron lecciones muy útiles, que traté de reproducir en el ensayo de ética cristiana "Amor y responsabilidad", y en la obra dramática sobre el matrimonio "El taller del orfebre".

5. Volvamos de nuevo al texto del profeta que nos propone la liturgia de hoy. Es una página muy densa de significado, que anuncia al pueblo desalentado:  "He aquí que viene el Señor Dios con poder, y su brazo domina" (Is 40, 10). La omnipotencia de Dios, como comprenderemos mejor en el misterio de la Navidad, está impregnada de ternura y de misericordia. Es un poder de amor, que siente predilección por los débiles y los humildes.

La página evangélica que se acaba de proclamar nos ayuda a comprender más a fondo este mensaje de esperanza. El pastor del que habla Jesús abandona a las noventa y nueve ovejas en los montes para ir en busca de la perdida (cf. Mt 18, 12-14). Dios no considera a la humanidad como una masa anónima, sino que piensa en cada uno, cuida personalmente de cada uno. Cristo es el verdadero pastor que reúne a la grey con su brazo, "toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres" (Is 40, 11).

6. Es elocuente la parábola de la oveja perdida. La oveja, a diferencia de otros animales, como por ejemplo el perro, no sabe volver por sí sola a casa y necesita que el pastor la guíe. Así somos también nosotros, incapaces de salvarnos sólo con nuestras fuerzas. Necesitamos la intervención de lo alto. Y en Navidad se realiza este prodigio de amor:  Dios se ha hecho uno de nosotros para ayudarnos a encontrar nuevamente el camino que lleva a la felicidad y a la salvación.
Ilustres rectores y profesores, queridos estudiantes, abramos el corazón al Niño que nacerá en Belén por nosotros. Preparémonos para recibir su luz, que ilumina nuestros pasos, y su amor, que da vigor a nuestra existencia. Que nos acompañe en esta intensa espera la Virgen santísima, Sede de la Sabiduría.

Con estos sentimientos, os expreso a vosotros y a vuestras familias mis mejores deseos. Que las próximas fiestas navideñas sean serenas y santas. ¡Feliz Adviento! y ¡Feliz Navidad! Amén.

 

 

© Copyright 2002 - Libreria Editrice Vaticana

 

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