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HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA DE ORDENACIÓN SACERDOTAL
DE 31 DIÁCONOS DE LA DIÓCESIS DE ROMA


Domingo 11 de mayo de 2003

 

1. "Yo soy el buen Pastor" (Jn 10, 11).

En la página evangélica que nos propone la liturgia de hoy Jesús se define a sí mismo como el buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

El mercenario, que no siente como suyas las ovejas, ante las dificultades y los peligros las abandona y huye. El pastor, en cambio, que conoce a cada una de sus ovejas, entabla con ellas una relación de familiaridad tan profunda, que está dispuesto a dar su vida por ellas.

Jesús, ejemplo sublime de entrega amorosa, invita a sus discípulos, en particular a los sacerdotes, a seguir sus mismas huellas. Llama a cada presbítero a ser buen pastor de la grey que la Providencia le confía.

2. Amadísimos ordenandos presbíteros, hoy también vosotros sois configurados con el buen Pastor, convirtiéndoos en colaboradores de los sucesores de los Apóstoles.

Os saludo con afecto a todos. Saludo, en primer lugar, al cardenal vicario, al monseñor vicegerente y a los obispos auxiliares. Saludo a los rectores y a los superiores del Pontificio Seminario Romano Mayor y del seminario diocesano Redemptoris Mater, que han velado por vuestra formación. Saludo al cardenal Andrzej María Deskur y a los formadores de los "Hijos de la Cruz", a los responsables y a los formadores de cuantos, entre vosotros, pertenecen a la Sociedad de Nuestra Señora de la Santísima Trinidad y a la Sociedad del Apostolado Católico.

Deseo expresar mi agradecimiento a vuestras comunidades parroquiales, a las asociaciones, a los movimientos y a los grupos de pertenencia, así como a cuantos os han ayudado a reconocer y acoger la llamada del Señor y, especialmente, a vuestras familias, que os han educado en la fe y hoy se alegran juntamente con vosotros.

3. Amadísimos ordenandos, este día será inolvidable para cada uno de vosotros. Hoy sois "promovidos para servir a Cristo maestro, sacerdote y rey, participando en su ministerio, que construye sin cesar la Iglesia aquí en la tierra como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo" (Presbyterorum ordinis, 1).

Quisiera simplemente atraer vuestra atención hacia algunos rasgos que ponen de relieve quién es, en el proyecto salvífico de Dios, el sacerdote, y qué esperan de él la Iglesia y el mundo. El sacerdote es el hombre de la Palabra, a quien corresponde la tarea de llevar el anuncio evangélico a los hombres y a las mujeres de su tiempo. Debe hacerlo con gran sentido de responsabilidad, comprometiéndose a estar siempre en plena sintonía con el magisterio de la Iglesia. Es también el hombre de la Eucaristía, mediante la cual penetra en el corazón del misterio pascual. Especialmente en la santa misa siente la exigencia de una configuración cada vez más íntima con Jesús, buen Pastor, sumo y eterno Sacerdote.

Por eso, alimentaos de la palabra de Dios; conversad todos los días con Cristo realmente presente en el Sacramento del altar. Dejaos conquistar por el amor infinito de su Corazón y prolongad la adoración eucarística en los momentos importantes de vuestra vida, en los de las decisiones personales y pastorales difíciles, al inicio y al final de vuestras jornadas. Puedo aseguraros que "yo he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo" (Ecclesia de Eucharistia, 25).

4. Configurados con Cristo, buen Pastor, queridos ordenandos, seréis los ministros de la misericordia divina. Administraréis el sacramento de la reconciliación, cumpliendo así el mandato que el Señor transmitió a los Apóstoles después de su resurrección:  "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23). ¡De cuántos milagros y prodigios realizados por la misericordia de Dios en el confesonario seréis testigos!

Pero, para poder cumplir dignamente la misión que hoy se os confía, deberéis manteneros constantemente unidos a Dios en la oración, y experimentar vosotros mismos su amor misericordioso mediante una práctica regular de la confesión, dejándoos también guiar por expertos consejeros espirituales, sobre todo en los momentos más difíciles de la existencia.

5. Amadísimos hermanos y hermanas de la diócesis de Roma y vosotros que acompañáis a estos ordenandos:  El sacerdote, llamado de modo especial a tender a la santidad, es para todo el pueblo cristiano el testigo del amor y de la alegría de Cristo. Imitando el ejemplo del buen Pastor, ayuda a los creyentes a seguir a Cristo, correspondiendo a su amor. Estad cerca de vuestros sacerdotes; acompañadlos con constante oración y pedid al Señor con insistencia que no falten obreros en su mies.

Y tú, María, "Mujer eucarística", Madre y modelo de todo sacerdote, permanece junto a estos hijos tuyos hoy y a lo largo de los años de su ministerio pastoral. Como el apóstol san Juan, hoy te acogen "en su casa". Haz que conformen su vida al divino Maestro, que los ha elegido como ministros suyos. Que el "¡presente!", que acaba de pronunciar cada uno con entusiasmo juvenil, se exprese cada día en la generosa adhesión a las tareas del ministerio y florezca en la alegría del "magníficat" por las "maravillas" que la misericordia de Dios quiera realizar a través de sus manos.
Amén.

 

 

© Copyright 2003 - Libreria Editrice Vaticana

 

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