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VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A CROAZIA

HOMILÍA DE JUAN PABLO II

Osijek, sábado 7 de junio de 2003

 

1. "Os exhorto (...) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados" (Ef 4, 1), escribió san Pablo a los cristianos de Éfeso. Su invitación, amadísimos hermanos y hermanas, resuena hoy con particular actualidad en medio de nuestra asamblea.

Ahora bien, ¿cuál es la vocación del cristiano? La respuesta es exigente, pero clara:  la vocación del cristiano es la santidad. Es una vocación que hunde sus raíces en el bautismo y que proponen de nuevo los demás sacramentos, principalmente la Eucaristía.

Amadísimos hermanos y hermanas de la diócesis de Dakovo y Srijem, el Obispo de Roma está hoy entre vosotros para recordaros, en nombre del Señor, que estáis llamados a la santidad en todas las etapas de la vida:  en la primavera de la juventud, en la plenitud del verano de la edad madura, en el otoño y en el invierno de la ancianidad, y, por último, en la hora de la muerte e, incluso más allá de la muerte, en la purificación última predispuesta por el amor misericordioso de Dios.

2. Me complace recordar esta verdad fundamental al celebrar hoy junto con vosotros la solemne conclusión del segundo Sínodo de vuestra Iglesia local, en el que durante casi cinco años os habéis dedicado a la oración y a la reflexión sobre el tema:  "Tú eres Cristo, para nosotros y para todos los hombres". Ojalá que este acontecimiento dé frutos abundantes de renovado compromiso cristiano en  esta tierra, que tiene sólidos vínculos con la Sede de Pedro. Precisamente hoy, 7 de junio, se celebra el aniversario de las cartas que el Papa Juan VIII envió en el año 879 al príncipe Branimiro y al obispo Teodosio, marcando con ellas una fecha importante para vuestra historia.

Saludo cordialmente a vuestro obispo, monseñor Marin Srakic, y le agradezco las palabras de bienvenida que me ha dirigido al inicio de la celebración litúrgica. Saludo, asimismo, a los obispos auxiliares y al obispo emérito, monseñor Ciril Kos. Abrazo con afecto a los obispos y a todos los fieles de las diócesis de la provincia eclesiástica de Zagreb, que conmemora los 150 años de su constitución. Mi saludo se extiende también a los peregrinos que han venido con sus pastores desde Bosnia y Herzegovina, de Hungría, y de Serbia y Montenegro. Saludo en particular a los cardenales Sodano y Puljic.

En esta ciudad de Osijek deseo recordar con gratitud al cardenal Franjo Seper, que nació aquí. Servidor fiel de la Iglesia, fue mi valioso colaborador como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe en los comienzos de mi pontificado.

Saludo a los hermanos que comparten con nosotros la fe en Jesús, Hijo de Dios, único Salvador del mundo. En particular, saludo al metropolita Jovan y a los demás obispos de la Iglesia ortodoxa serbia. Les pido que transmitan a Su Beatitud, el patriarca Pavle, mi saludo fraterno en la caridad de Cristo. Saludo también a los hermanos de las comunidades nacidas de la Reforma.

Dirijo, asimismo, un saludo deferente a los miembros de la comunidad judía y a los fieles del islam. Por último, extiendo mi cordial saludo al presidente de la República y a las autoridades civiles y militares, a las que agradezco vivamente el empeño que han puesto en la preparación de este viaje apostólico.

3. "Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). No podemos menos de dar gracias a Dios por el hecho de que, en los años posteriores al concilio Vaticano II, los fieles laicos -hombres y mujeres- han cobrado una conciencia más clara de su dignidad y de su responsabilidad de bautizados. El discípulo de Cristo ha de cultivar siempre la conciencia de su identidad, pues de ella deriva su misión.

Así pues, hay preguntas esenciales a las que es necesario responder continuamente:  ¿qué he hecho de mi bautismo y de mi confirmación? ¿Es Cristo verdaderamente el centro de mi vida? ¿Encuentra espacio la oración en mis jornadas? ¿Vivo mi vida como una vocación y una misión?

4. Al inicio del tercer milenio Dios llama a los creyentes, de modo especial a los laicos, a un renovado impulso misionero. La misión no es algo "añadido" a la vocación cristiana. Más aún, como afirma el Concilio, la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado (cf. Apostolicam actuositatem, 2).

Amadísimos hermanos y hermanas, la Iglesia que está en Eslavonia y Srijem os necesita. Después de los duros tiempos de la guerra, que ha dejado en los habitantes de esta región heridas profundas, aún no completamente cicatrizadas, el compromiso en favor de la reconciliación, la solidaridad y la justicia social requiere la valentía de hombres animados por la fe, abiertos al amor fraterno y sensibles a la defensa de la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios.

Queridos fieles laicos, hombres y mujeres, estáis llamados a asumir generosamente vuestra parte de responsabilidad en la vida de las comunidades eclesiales a las que pertenecéis. El rostro de las parroquias, lugar de acogida y de misión, depende también de vosotros. Dado que participáis en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo (cf. Lumen gentium, 34-36) y habéis sido enriquecidos por los dones del Espíritu, podéis dar vuestra contribución en el ámbito de la liturgia y de la catequesis, en la promoción de diferentes tipos de iniciativas misioneras y caritativas. Ningún bautizado puede permanecer ocioso.

No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración el manantial de toda fuerza apostólica; sacad del Evangelio la luz que ilumine vuestros pasos.

5. "El Señor es bondadoso en todas sus acciones", proclama el Salmo responsorial. Al venir a Osijek, he podido admirar desde el avión las bellezas de la llanura de Eslavonia -llamada "el granero de Croacia"-, y mi pensamiento ha ido espontáneamente a los campesinos, numerosos en esta región. A ellos me dirijo con especial afecto.

Queridos hermanos y hermanas, sé que vuestra vida es dura y que la abundancia de los frutos de la tierra a veces no corresponde al gran esfuerzo que realizáis. Sé también que el trabajo del campo implica muchas dificultades:  ha perdido parte de su valor, y los jóvenes han elegido la vida urbana ya desde antes de la última guerra, tras la cual numerosas aldeas se han quedado casi sin habitantes.

Os invito a no perder la confianza y a considerar que con vuestro trabajo manual -que recuerda de modo tan elocuente el deber bíblico impuesto al hombre de "someter" la tierra y "dominar" el mundo visible (cf. Gn 1, 28)- "cooperáis" diariamente con Dios creador. Sabed que el Papa y la Iglesia están cerca de vosotros y, a la vez que aprecian mucho la importancia y la dignidad de vuestro trabajo diario, desean que se reconozca a la agricultura y a los hombres y mujeres del campo su justo valor en el conjunto del desarrollo de la comunidad social (cf. Gaudium et spes, 67; Laborem exercens, 21).

6. "Un solo Dios y Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo" (Ef 4, 6), nos ha recordado el apóstol san Pablo. Es él, Dios Padre, quien llama a todos a la santidad y a la misión. Viviendo la experiencia de la novedad pascual, los cristianos pueden transformar el mundo y construir la civilización de la verdad y del amor. ¡A él, que reina glorioso por los siglos, alabanza, gloria y honor!

Os encomiendo a María, Esposa de José y Madre de Jesús, tan venerada por vosotros en los santuarios de Aljmas y Vocin. Que ella os enseñe y os obtenga el espíritu de contemplación que vivió en Nazaret, la valiente fortaleza que manifestó en el Calvario y la disponibilidad misionera al Espíritu, al que, juntamente con la comunidad primitiva, acogió en Pentecostés. María os lleve a todos a Jesús.

 

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