1. "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).
Durante estos veinticinco años de pontificado, ¡cuántas veces he repetido estas
palabras! Las he pronunciado en las principales lenguas del mundo y en numerosas
partes de la tierra. En efecto, el Sucesor de Pedro no puede olvidar jamás el
diálogo que se entabló entre el Maestro y el Apóstol: "Tú eres el Cristo...",
"Tú eres Pedro...".
Pero este "tú" está precedido por un "vosotros": "Y vosotros ¿quién
decís que soy yo?" (Mt 16, 15). Esta pregunta de Jesús se dirige al grupo
de los discípulos, y Simón responde en nombre de todos. El primer servicio
que Pedro y sus Sucesores realizan a la comunidad de los creyentes es
precisamente este: profesar la fe en "Cristo, Hijo de Dios vivo".
2. "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Hoy renovamos la profesión de fe
del apóstol Pedro en esta basílica, que lleva su nombre. En esta basílica los
Obispos de Roma, que se suceden a lo largo de los siglos, convocan a los
creyentes de la urbe y del orbe y los confirman en la verdad y en la unidad de
la fe. Pero, al mismo tiempo, como bien expresa delante de nosotros la columnata
de Bernini, esta basílica abre de par en par sus brazos a la humanidad entera,
como queriendo indicar que la Iglesia es enviada a anunciar la buena nueva a
todos los hombres, sin excepción.
Unidad y apertura, comunión y misión: esta es la vida de la Iglesia. Esta es,
en particular, la doble dimensión del ministerio petrino: servicio de
unidad y de misión. El Obispo de Roma tiene la alegría de compartir este
servicio con los demás sucesores de los Apóstoles, unidos a él en el único
Colegio episcopal.
3. Según una antigua tradición, en este servicio el Sucesor de Pedro se vale, de
modo particular, de la colaboración de los cardenales. En su Colegio se
refleja la universalidad de la Iglesia, único pueblo de Dios extendido por la
multiplicidad de las naciones (cf.
Lumen gentium, 13).
En esta circunstancia me complace expresaros, amadísimos y venerados hermanos
cardenales, mi gratitud por la valiosa ayuda que me garantizáis. De modo
especial, quisiera saludar también a los nuevos miembros del Colegio
cardenalicio. El anillo que dentro de poco os entregaré, venerados hermanos,
es símbolo del renovado vínculo que os une íntimamente a la Iglesia y al Papa,
su Cabeza visible.
4. Volvamos a escuchar juntos las palabras del salmo, que acaban de resonar:
"Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre" (Sal
33, 4).
Es una invitación a la alegría y a la alabanza que, en círculos
concéntricos, se extiende a vosotros, amadísimos cardenales, patriarcas,
obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos. Os implica, además,
a todos vosotros, hombres y mujeres de buena voluntad, que miráis con aprecio a
la Iglesia de Cristo. Repito a todos y a cada uno: proclamad conmigo el Nombre
del Señor, porque es Padre, amor, misericordia. Por este nombre, venerados
hermanos cardenales, estamos llamados a dar nuestro testimonio "usque ad
sanguinis effusionem".
Si alguna vez nos sobreviene el temor y el desaliento, que nos sirva de aliento
la consoladora promesa del divino Maestro: "En el mundo tendréis tribulación.
Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).
Jesús anunció claramente que la persecución de los Apóstoles y de sus
sucesores no sería un hecho extraordinario (cf. Mt 10, 16-18). Nos
lo ha recordado también la primera lectura, presentando la detención y la
prodigiosa liberación de Pedro.
5. El libro de los Hechos subraya que, mientras Pedro estaba en la cárcel, "la
Iglesia oraba insistentemente por él a Dios" (Hch 12, 5). ¡Qué gran
valentía infunde el apoyo de la oración unánime del pueblo cristiano! Yo
mismo he podido experimentar su consuelo.
Amadísimos hermanos, esta es nuestra fuerza. Y es también uno de los
motivos por los cuales he querido que el vigésimo quinto año de mi pontificado
estuviera dedicado al santo rosario: para destacar la primacía de la
oración, de modo especial de la oración contemplativa, realizada en
unión espiritual con María, Madre de la Iglesia.
La presencia de María -deseada, invocada, acogida- nos ayuda a vivir también
esta celebración como un momento en el que la Iglesia se renueva en el encuentro
con Cristo y en la fuerza del Espíritu Santo.
¡Acerquémonos a Cristo, piedra viva!, nos ha dicho Pedro en la segunda
lectura (cf. 1 P 2, 4-9). Recomencemos desde él, desde Cristo,
para anunciar a todos los prodigios de su amor. Sin temer y sin dudar, porque él
nos asegura: "¡Ánimo!: yo he vencido al mundo".
Sí, Señor, confiamos en ti, y contigo proseguimos nuestro camino al servicio de
la Iglesia y de la humanidad.
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