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EXEQUIAS EN SUFRAGIO DEL CARDENAL OPILIO
ROSSI
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Viernes 13 de febrero de 2004
1. "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y yo lo
resucitaré el último día" (Jn 6, 54).
Mientras nos disponemos a dar la despedida al querido cardenal Opilio Rossi,
sentimos resonar en nuestro corazón la solemne promesa de Cristo. A este hermano
nuestro nos unían sentimientos de afecto y comunión eclesial. A él nos unía,
sobre todo, la fe en Cristo muerto y resucitado, fe que ahora expresamos en la
celebración de estos santos misterios.
En la Eucaristía, testamento del amor de Cristo, nuestro Redentor se hace
alimento y bebida espiritual para el viaje que estamos realizando hacia la
Pascua eterna. En el pan y el vino consagrados se nos da la prenda de la vida
futura, que no tendrá fin. Por tanto, el que come el Cuerpo de Cristo y bebe su
Sangre, aunque muera, vivirá para siempre. A esta meta ya ha llegado el querido
purpurado del que hoy nos despedimos.
2. La fe animó el largo y fecundo ministerio sacerdotal del cardenal Opilio
Rossi. ¡Cuántas veces celebró el divino sacrificio, sacando precisamente de la
Eucaristía la luz y la fuerza interior para sus opciones diarias y para su
apostolado! Confiamos en que hoy participe en el banquete del cielo y vea "cara
a cara" a Cristo, nuestro Señor.
"Omnia in Christo": el cardenal Rossi había elegido como lema episcopal estas
palabras, tomadas de la conocida expresión paulina: "Instaurare omnia in
Christo" (Ef 1, 10). Con ellas quería poner de relieve que el cristiano
debe recoger, reunir y poner todo bajo el dominio de Cristo.
3. Podemos decir que, aun dentro de los límites de la fragilidad humana, esta
orientación total hacia Cristo animó el incansable servicio que prestó a la
Santa Sede en las representaciones pontificias de diversos países de América y
Europa, y a continuación en el ámbito de la Curia romana.
Durante los momentos dramáticos de la segunda guerra mundial, don Opilio Rossi,
entonces auditor en la representación pontificia en Berlín, tuvo que prodigarse,
con monseñor Orsenigo, el recordado nuncio apostólico, en favor de numerosos
hermanos que sufrían, infundiéndoles valentía y alimentando en ellos la fe y la
esperanza cristiana. Fue una experiencia enriquecedora de humanidad y
solidaridad con los más débiles. Después, a lo largo de su existencia, trató de
transmitir esa experiencia a las nuevas generaciones, pues estaba convencido de
que los jóvenes debían sacar de la historia del siglo XX una importante
lección: que del odio, del desprecio a los demás, de la violencia y del
nacionalismo exasperado brotan sólo lágrimas y sangre.
4. Por la sabiduría que demostró en su servicio eclesial, así como por las
notables cualidades humanas y espirituales que enriquecían su personalidad, fue
llamado por mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI a formar parte del
Colegio cardenalicio; así se insertó aún más en la vida de la Iglesia de Roma.
Con un título nuevo y más elevado siguió prestando su apreciada colaboración a
la Sede apostólica, en particular como primer presidente del Consejo pontificio
para los laicos, del que dependía también el Comité para la familia. Yo mismo
quise llamarlo luego a presidir el Comité permanente para los Congresos
eucarísticos internacionales.
Dondequiera que realizó su actividad pastoral y diplomática, el cardenal Opilio
Rossi dejó el recuerdo de un digno ministro de Dios, que sabía "hacerse prójimo"
de todos.
5. "Las almas de los justos están en las manos de Dios" (Sb 3, 1). Con
esta certeza le damos ahora la despedida, mientras nos complace pensar que lo
acogerán las "manos" misericordiosas del Padre celestial. Nuestra esperanza,
como acabamos de escuchar en la primera lectura, "está llena de inmortalidad" (Sb
3, 4).
Venerado hermano, que en el paso al cielo te acompañe la Virgen María, de la que
fuiste tan fiel devoto, que quisiste representarla en tu escudo episcopal con el
símbolo de la estrella. Que ella, la Estrella de la mañana, te introduzca en la
gloria de la resurrección. Amén.
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