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  HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CELEBRACI
ÓN EUCARÍSTICA
PARA LOS FIELES DE CUATRO PARROQUIAS ROMANAS


Sábado 28 de febrero
de 2004

 

1. «Jesús... fue conducido por el Espíritu al desierto, y tentado allí por el diablo durante cuarenta días» (Lc 4, 1-2). La narración de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, al inicio de su vida pública, nos ayuda a comprender mejor el valor del «tiempo fuerte» de la Cuaresma, recién iniciada.

Mientras emprendemos el itinerario cuaresmal, miramos a Cristo que ayuna y lucha contra el diablo. En efecto, también a nosotros, al prepararnos para la Pascua, el Espíritu nos «conduce» al desierto de la oración y de la penitencia, para alimentarnos intensamente con la palabra de Dios. También nosotros, como Cristo, estamos llamados a una lucha fuerte y decidida contra el demonio. Sólo así, con una adhesión renovada a la voluntad de Dios, podemos permanecer fieles a nuestra vocación cristiana: ser heraldos y testigos del Evangelio.

2. Os acojo con gusto, amadísimos hermanos y hermanas de las parroquias de San Anselmo en€la Cecchignola, San Carlos Borromeo en la Fuente Laurentina, San Juan Bautista de la Salle y Santa María, Estrella de la Evangelización, en el Torrino.

Me alegra celebrar con vosotros la Eucaristía, prosiguiendo, de modo diverso, la hermosa tradición de la visita a las parroquias romanas. Estos encuentros me permiten manifestar el afecto que me une más intensamente a vosotros, queridos fieles de la diócesis de Roma. No lo olvidéis nunca: os llevo en mi corazón. Sois la porción de pueblo cristiano encomendado, de modo especial, a la solicitud pastoral del Obispo de Roma.

3. Saludo ante todo al cardenal vicario y al obispo auxiliar del sector sur. Saludo a los párrocos: don Mario Sanfilippo, don Fernando Altieri, don Ilija Perleta y don Francesco De Franco, y les doy las gracias por haberme ilustrado, en los encuentros que mantuvimos antes, las diversas realidades parroquiales. Saludo a los sacerdotes y a los diáconos que les ayudan, así como a las Franciscanas Misioneras del Corazón Inmaculado de María, valiosas colaboradoras€en€la parroquia de San Juan Bautista de la Salle.

Dirijo un cordial saludo a los miembros de los consejos parroquiales pastorales y de asuntos económicos, a los catequistas, a los grupos de Cáritas, a los acólitos y a todos los miembros de los diversos grupos que trabajan activamente en vuestras comunidades. Quisiera reservar un recuerdo especial para los cantores, que en esta ocasión han formado un hermoso coro interparroquial y que con entusiasmo están animando nuestra asamblea litúrgica.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, los barrios donde se encuentran vuestras parroquias están en continua expansión y sus habitantes son, en gran parte, familias jóvenes. Dadles una acogida abierta y cordial; fomentad su conocimiento recíproco, para que las comunidades se conviertan cada vez más en «familias de familias», capaces de compartir alegrías y dificultades.

Comprometed a los padres en la preparación de los muchachos y de los jóvenes para los sacramentos y para la vida cristiana. Teniendo en cuenta los horarios y las exigencias familiares, proponed encuentros de espiritualidad y de formación en las urbanizaciones y en las casas. Haced todo lo posible para que precisamente las familias sean el primer lugar de la educación cristiana de los hijos.

Acompañad con solicitud a las familias que atraviesan dificultades o se encuentran en condiciones precarias, ayudándoles a comprender y realizar el designio auténtico de Dios sobre el matrimonio y la familia.

5. Queridos hermanos, sé que por el momento disponéis sólo de locales provisionales para la vida litúrgica y el servicio pastoral. Deseo que cuanto antes también vosotros dispongáis de locales adecuados. Pero, mientras tanto, esforzaos por lograr que vuestras parroquias sean auténticos edificios espirituales apoyados sobre la piedra angular, que es Cristo, Cristo y siempre Cristo.

A este propósito, el apóstol san Pablo nos recuerda: «Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 9). El núcleo de la fe que estáis llamados a proclamar con vuestra vida es este: Jesús, muerto y resucitado por nosotros. A esta verdad fundamental haced referencia para vuestro crecimiento espiritual, que debe ser constante, y para vuestra misión apostólica.

María, la Madre del Redentor, testigo privilegiada de la pasión de su Hijo y partícipe en sus sufrimientos, os ayude a conocerlo y a servirlo con entusiasmo generoso. Que ella os acompañe en el itinerario de la Cuaresma, para que podáis gustar con ella la alegría de la Pascua.
Amén.

 

 

© Copyright 2004 - Libreria Editrice Vaticana

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