1. "¿Qué hombre conoce el designio de Dios?" (Sb 9, 13). Esta pregunta,
formulada por el libro de la Sabiduría, tiene una respuesta: sólo el Hijo de
Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación en el seno virginal de María,
puede revelarnos el designio de Dios. Sólo Jesucristo sabe cuál es el
camino para "adquirir un corazón sensato" (Salmo responsorial) y
obtener paz y salvación.
Y ¿cuál es este camino? Nos lo ha dicho él en el evangelio de hoy: es el
camino de la cruz. Sus palabras son claras: "Quien no lleva su cruz detrás
de mí, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 27).
"Llevar la cruz detrás de Jesús" significa estar dispuestos a cualquier
sacrificio por amor a él.
Significa no poner nada ni a nadie antes que él, ni
siquiera a las personas más queridas, ni siquiera la propia vida.
2. Amadísimos hermanos y hermanas, que os habéis dado cita en esta "espléndida
explanada de Montorso", como la ha llamado el arzobispo monseñor Comastri, al
que agradezco de corazón las cordiales palabras que me ha dirigido. Saludo,
asimismo, a los cardenales, a los arzobispos y a los obispos presentes; saludo a
los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a las personas consagradas;
y, sobre todo, os saludo a vosotros, jóvenes miembros de la Acción católica,
que, guiados por el consiliario general, monseñor Francesco Lambiasi, y por la
presidenta nacional, doctora Paola Bignardi, a la que agradezco su afectuoso
saludo, habéis querido reuniros aquí, bajo la mirada de la Virgen de Loreto,
para renovar vuestro compromiso de adhesión fiel a Jesucristo.
Vosotros sabéis que adherirse a Cristo es una opción exigente. Jesús no
habla de "cruz" por casualidad. Sin embargo, precisa inmediatamente: "detrás de
mí". Esta es la gran verdad: no estamos solos al llevar la cruz. Delante
de nosotros camina él, abriéndonos paso con la luz de su ejemplo y con la fuerza
de su amor.
3. La cruz aceptada por amor genera libertad. Lo experimentó el apóstol
san Pablo, "anciano y prisionero por Cristo Jesús", como se define a sí
mismo en la carta a Filemón, pero en su interior plenamente libre. Esta
es precisamente la impresión que produce la página recién proclamada: san Pablo
se encuentra encadenado, pero su corazón está libre, porque habita en él el amor
de Cristo. Por eso, desde la oscuridad de la prisión en la que sufre por su
Señor puede hablar de libertad a un amigo que está fuera de la cárcel. Filemón
es un cristiano de Colosas: a él se dirige san Pablo para pedirle que libere a
Onésimo, todavía esclavo según el derecho de la época, pero ya hermano
por el bautismo. Al renunciar al otro como su posesión, Filemón recibirá
como don un hermano.
La lección que se desprende de toda esta historia es clara: no existe amor
más grande que el de la cruz; no hay libertad más verdadera que la
del amor; no existe fraternidad más plena que la que nace de la cruz de
Jesús.
4. De la cruz de Jesús fueron humildes discípulos y testigos heroicos los
tres beatos recién proclamados.
Pedro Tarrés i Claret, primero médico y después sacerdote, se dedicó al
apostolado laical entre los jóvenes de la Acción católica de Barcelona, de los
cuales, después, fue consiliario. En el ejercicio de la profesión médica se
entregó con especial solicitud a los enfermos más pobres, convencido de
que "el enfermo es símbolo de Cristo sufriente".
Ordenado sacerdote, se consagró con generosa intrepidez a las tareas del
ministerio, permaneciendo fiel al compromiso asumido en vísperas de la
ordenación: "Un solo propósito, Señor: sacerdote santo, cueste lo que cueste".
Aceptó con fe y heroica paciencia una grave enfermedad, que lo llevó a la
muerte con sólo 45 años. A pesar del sufrimiento repetía frecuentemente: "¡Cuán
bueno es el Señor conmigo! Y yo soy verdaderamente feliz".
5. Alberto Marvelli, joven fuerte y libre, hijo generoso de la Iglesia de
Rímini y de la Acción católica, concibió toda su breve vida de sólo 28 años como
un don de amor a Jesús por el bien de sus hermanos. "Jesús me ha envuelto
con su gracia", escribió en su diario; "sólo lo veo a él, sólo pienso en él".
Alberto había hecho de la Eucaristía diaria el centro de su vida. En la
oración buscaba inspiración también para el compromiso político,
convencido de la necesidad de vivir plenamente como hijos de Dios en la
historia, para transformarla en historia de salvación.
En el difícil período de la segunda guerra mundial, que sembraba muerte y
producía violencias y sufrimientos atroces, el beato Alberto alimentó una
intensa vida espiritual, de la que brotaba el amor a Jesús que lo llevaba a
olvidarse constantemente de sí mismo para cargar con la cruz de los pobres.
6. También la beata
Pina Suriano -natural de Partinico, en la diócesis de
Monreale- amó a Jesús con un amor ardiente y fiel, hasta el punto de que
escribió con toda sinceridad: "No hago otra cosa que vivir de Jesús". A Jesús
le hablaba con corazón de esposa: "Jesús, hazme cada vez más tuya. Jesús,
quiero vivir y morir contigo y por ti".
Se adhirió desde su adolescencia a la Juventud femenina de la Acción católica,
de la que después fue dirigente parroquial, encontrando en la Asociación
importantes estímulos de crecimiento humano y cultural en un clima de intensa
amistad fraterna. Maduró gradualmente una sencilla y firme voluntad de
entregar a Dios como ofrenda de amor su joven vida, en particular para la
santificación y la perseverancia de los sacerdotes.
7. Queridos hermanos y hermanas, amigos de la Acción católica, que habéis venido
a Loreto de Italia, de España y de tantas partes del mundo, hoy el Señor, a
través del acontecimiento de la beatificación de estos tres siervos de Dios, os
dice: el mayor don que podéis hacer a la Iglesia y al mundo es la santidad.
Preocupaos por lo que interesa a la Iglesia: que muchos hombres y mujeres de
nuestro tiempo sean conquistados por la fascinación de Cristo; que su
Evangelio vuelva a brillar como luz de esperanza para los pobres, los
enfermos y los que tienen hambre de justicia; que las comunidades cristianas
sean cada vez más vivas, abiertas y atractivas; que nuestras ciudades
sean acogedoras y habitables para todos; que la humanidad siga a Cristo
por los caminos de la paz y la fraternidad.
8. A los laicos os corresponde testimoniar la fe mediante las virtudes
que son específicas de vosotros: la fidelidad y la ternura en la familia,
la competencia en el trabajo, la tenacidad al servir al bien común, la
solidaridad en las relaciones sociales, la creatividad al emprender obras útiles
para la evangelización y la promoción humana. A vosotros os corresponde también
mostrar -en íntima comunión con los pastores- que el Evangelio es actual,
y que la fe no aleja al creyente de la historia, sino que lo sumerge más a fondo
en ella.
¡Ánimo, Acción católica! Que el Señor guíe tu camino de renovación.
La Inmaculada Virgen de Loreto te acompaña con tierna solicitud; la Iglesia te
mira con confianza; el Papa te saluda, te sostiene y te bendice de corazón.
Acción católica italiana, ¡gracias!
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